04 Febrero 2012 Seguir en 
En vez de clavar el freno y de poner punto muerto, cruzás la esquina de San Juan y Salta como si fueras volando. Si no tenés la mala suerte de que el rojo te frene, vas a demorar apenas unos instantes en llegar a San Juan y Muñecas. Ojo: no es de madrugada, sino el mediodía.
Camino a la oficina, todas las mañanas parecen de sábado en las calles del centro. La gente está, pero la histeria y el barullo se van de vacaciones. De hecho, cuesta resistir la tentación de sentarse a tomar un café y dejar que el tiempo avance despacito (aunque la demora haga hervir de indignación al jefe).
De noche, casi todos los bares y los restaurantes están abiertos; igual, no es necesario salir muy temprano de casa para conseguir una buena mesa: los espacios libres sobran. Y no importa si el mozo que te toca es lento o rápido, malhumorado o bien dispuesto, porque los pedidos salen de la cocina y de la barra a una velocidad sorprendente.
El mercurio del termómetro pica para arriba, es cierto, pero no mucho más alto que durante el resto del verano. Es que basta pasar unos días de enero en la ciudad para advertir que, a pesar de lo mal que se habla de él durante el resto del año, ese mes posee algo de encanto. Lo empezás a extrañar cuando llega febrero cargado de ruidos, broncas, histeria y demoras. Y el mismo calor.
Camino a la oficina, todas las mañanas parecen de sábado en las calles del centro. La gente está, pero la histeria y el barullo se van de vacaciones. De hecho, cuesta resistir la tentación de sentarse a tomar un café y dejar que el tiempo avance despacito (aunque la demora haga hervir de indignación al jefe).
De noche, casi todos los bares y los restaurantes están abiertos; igual, no es necesario salir muy temprano de casa para conseguir una buena mesa: los espacios libres sobran. Y no importa si el mozo que te toca es lento o rápido, malhumorado o bien dispuesto, porque los pedidos salen de la cocina y de la barra a una velocidad sorprendente.
El mercurio del termómetro pica para arriba, es cierto, pero no mucho más alto que durante el resto del verano. Es que basta pasar unos días de enero en la ciudad para advertir que, a pesar de lo mal que se habla de él durante el resto del año, ese mes posee algo de encanto. Lo empezás a extrañar cuando llega febrero cargado de ruidos, broncas, histeria y demoras. Y el mismo calor.







