Nosotros lo rompemos; nosotros lo pagamos

Mientras Roberto y Elena Pérez protegen la placita de su barrio, la ciudad gasta millones al año para arreglar lo que otros vecinos dañinos destruyen.

NO DEJARON NADA. El refugio de una parada en la avenida Belgrano. LA GACETA / FOTO DE EZEQUIEL LAZARTE
NO DEJARON NADA. El refugio de una parada en la avenida Belgrano. LA GACETA / FOTO DE EZEQUIEL LAZARTE
21 Octubre 2011
Acaba de llegar del casamiento de su tía. Pero la ceremonia no le quitó vitalidad. Lógico, con apenas cinco años, Lucía sólo piensa en jugar. Por eso, en cuanto se baja del auto, corre hacia el pasamanos muy bien pintado de amarillo, pero se queda con las ganas de treparse a las hamacas, porque alguien las robó. "Y bueno... a eso no lo pudimos evitar", se lamenta su abuelo, Roberto Pérez. Él y su esposa, Elena Miranda, son los guardianes de la plaza Nuestra Señora del Valle, en el barrio Oeste I. A los 70 años, este matrimonio de jubilados hace lo que está a su alcance por ahuyentar a los dañinos y para mantener el espacio verde en las mejores condiciones posibles.

Cada año, a la ciudad le cuesta millones reparar lo que los vándalos destruyen. Por ejemplo, sólo para mantener los espacios verdes, reponer los artefactos lumínicos destruidos y restituir o arreglar los cestos papeleros robados y dañados, entre otros elementos, es necesario gastar alrededor de $ 4 millones, según un informe elaborado por la Municipalidad. La cifra impacta por sí misma, pero es mucho más fuerte si pensamos que a los daños los cometemos los ciudadanos (porque, al fin y al cabo ¿quiénes son los vándalos?) y que a esos millones terminamos pagándolos nosotros. En definitiva, Roberto y Elena parecen ser la excepción a la regla.

Él es un empleado municipal jubilado y ella, conocida en el barrio como "Nena", trabajó como docente. Se mudaron al Oeste I en la década del 70, participaron de la construcción de la placita (en Italia al 4.000 y Segunda Diagonal) y de su mantenimiento a lo largo de los años. "Pero entregaron el Oeste II y se vino todo abajo: los vándalos no perdonan nada", reniega "Nena".

Además de cortar el césped, de mantener la gruta y de limpiar cuando los municipales demoran en aparecer, Roberto se las tiene que ver con los enemigos de la placita. Y no siempre es fácil vivir con ellos del otro lado de la calle. "Cuando veo que quieren romper un foco, algún juego o graffitear, me acerco y les pido de frente que respeten lo que es de todos. Si reaccionan mal, ahí no más llamo a la seccional 12. Por suerte hasta ahora no me pasó nada", resalta. Inmediatamente señala a un adolescente en bicicleta y agrega en voz bien alta: "ahí va uno de los peorcitos".

Esta placita es apenas una pequeñísima muestra de los golpes que los ciudadanos le damos a la ciudad. La Subdirección de Alumbrado Público informó que, por semana, son destruidos, en promedio, cinco artefactos lumínicos de sodio de alto rendimiento; para reponerlos, hay que invertir $ 28.000 por mes (cada uno cuesta $ 1.400). Una vez al año la repartición debe reponer todo el sistema de alumbrado del parque Guillermina, porque rompen cada una de las lámparas. ¿Cuánto cuesta esto? $ 130.000, según el mismo informe.

Espacios Verdes gasta $ 2 millones al año para reparar lo que los vándalos arruinan en plazas y parques: pintar las estructuras graffiteadas, arreglar las fuentes, las pistas de salud, los juegos infantiles, las esculturas y reponer los árboles (rompen o roban el 30% de los que se plantan). Además, invierte $ 1 millón anual para limpiar los paseos.

En los últimos meses, la Municipalidad colocó 200 cestos papeleros naranjas y 300 grises en el centro, según la Dirección de Higiene Urbana. La mitad de los primeros ya desapareció y el 8% de los segundos está dañado (escriben sobre ellos, doblan sus bases y los rompen). Sólo para reponer los naranjas habrá que gastar unos $ 30.000 (cada uno cuesta entre $ 300 y $ 480).

Es difícil; quizás imposible. Pero ojalá que el contraste entre estas cifras oscuras y el ejemplo luminoso de Roberto y Elena inspire a futuros defensores del espacio público para que terminemos con la incoherencia de romper lo que nos pertenece.

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