11 Septiembre 2011 Seguir en 
Andrés Rivera (Buenos Aires, 1928) podría dejar de escribir hoy mismo sin mella en su condición de uno de los más notables novelistas argentinos de finales del siglo XX. La revolución es un sueño eterno (Premio Nacional de Literatura en 1992) ya es parte de iconografía dorada de estas tierras. En idéntica frecuencia, o a lo menos en franca contigüidad, podemos reponer la saga El amigo de Baudelaire y La sierva, e incluso títulos como En esta dulce tierra, El farmer, La lenta velocidad del coraje, Ese manco Paz, Cría de asesinos.
En Kadish, flamante obra de un obrero textil que selló un singular modo de agasajar las palabras, Rivera vuelve a acudir a la voz de su alter ego por antonomasia, Arturo Reedson, yendo de aquí para allá en el filoso hilván de sus recuerdos: las remotas reverberaciones de su niñez, sus escarceos sexuales bautismales, su formación sindical y política, frescos del despunte de Juan Domingo Perón ("Buenos Aires, en el 45, era una fiesta"), la dictadura videliana, las mixturas genealógicas, ideológicas, étnicas, culturales ("Un judío y bolchevique y porteño, que tomaba café en La Pura, había jugado las imprescindibles partidas de ajedrez como para saber esperar. Entonces, esperé".)
Ironía quirúrgica
Hasta el desaparecido anciano Jorge Julio López vuelve, al modo de un eslabón, a cobrar sentido en los sinsentidos que repone la feroz lucidez de Rivera encarnado en Reedson, viceversa. A propósito de López: ¿quién se acuerda de él? ¿Quién? ¿Quiénes? Vos, sí, ¿y quiénes más? Y sucede, sencillamente, que Rivera/Reedson se acuerda de López porque en realidad Kadish es la tácita autobiografía, o en todo caso, un vigoroso capítulo autobiográfico, o cuanto menos el descarnado testimonio de un hombre de 82 años que aposentado en su departamento del barrio de Belgrano, vaso de whisky en mano, se pregunta quién fue, quién es, qué hizo y qué no hizo para ser quien es. Un hombre capaz de preguntarse si la melancolía tiene horarios, y responderse que la suya, su melancolía, llega de cinco a siete de la tarde. Un Rivera poco o nada proclive a las concesiones. El Rivera de cada libro, de cada página, de cada fragmento. El que emplea la ironía con pericia de cirujano. El que en Cría de asesinos definió cierta etapa de la Argentina como la de un país rico y satisfecho con sus mitos, y que ahora, en Kadish, va hasta el hueso, preciso como siempre y lapidario como nunca: vos, Arturo Reedson, sos argentino, y además porteño. Y argentinos y porteños son indulgentes consigo mismo: depositan la memoria en el fondo de los inodoros y aprietan los botones. El agua de los tanques se lleva las crueldades de eventuales infartos.
Andrés Rivera, el que parafraseando a Gustave Flaubert asocia la escritura con los placeres de la copulación, nos ofrece uno de esos textos que, como sugería otro francés, Georges Perec, nos incita a leerlo tumbados de bruces sobre la cama. © LA GACETA
En Kadish, flamante obra de un obrero textil que selló un singular modo de agasajar las palabras, Rivera vuelve a acudir a la voz de su alter ego por antonomasia, Arturo Reedson, yendo de aquí para allá en el filoso hilván de sus recuerdos: las remotas reverberaciones de su niñez, sus escarceos sexuales bautismales, su formación sindical y política, frescos del despunte de Juan Domingo Perón ("Buenos Aires, en el 45, era una fiesta"), la dictadura videliana, las mixturas genealógicas, ideológicas, étnicas, culturales ("Un judío y bolchevique y porteño, que tomaba café en La Pura, había jugado las imprescindibles partidas de ajedrez como para saber esperar. Entonces, esperé".)
Ironía quirúrgica
Hasta el desaparecido anciano Jorge Julio López vuelve, al modo de un eslabón, a cobrar sentido en los sinsentidos que repone la feroz lucidez de Rivera encarnado en Reedson, viceversa. A propósito de López: ¿quién se acuerda de él? ¿Quién? ¿Quiénes? Vos, sí, ¿y quiénes más? Y sucede, sencillamente, que Rivera/Reedson se acuerda de López porque en realidad Kadish es la tácita autobiografía, o en todo caso, un vigoroso capítulo autobiográfico, o cuanto menos el descarnado testimonio de un hombre de 82 años que aposentado en su departamento del barrio de Belgrano, vaso de whisky en mano, se pregunta quién fue, quién es, qué hizo y qué no hizo para ser quien es. Un hombre capaz de preguntarse si la melancolía tiene horarios, y responderse que la suya, su melancolía, llega de cinco a siete de la tarde. Un Rivera poco o nada proclive a las concesiones. El Rivera de cada libro, de cada página, de cada fragmento. El que emplea la ironía con pericia de cirujano. El que en Cría de asesinos definió cierta etapa de la Argentina como la de un país rico y satisfecho con sus mitos, y que ahora, en Kadish, va hasta el hueso, preciso como siempre y lapidario como nunca: vos, Arturo Reedson, sos argentino, y además porteño. Y argentinos y porteños son indulgentes consigo mismo: depositan la memoria en el fondo de los inodoros y aprietan los botones. El agua de los tanques se lleva las crueldades de eventuales infartos.
Andrés Rivera, el que parafraseando a Gustave Flaubert asocia la escritura con los placeres de la copulación, nos ofrece uno de esos textos que, como sugería otro francés, Georges Perec, nos incita a leerlo tumbados de bruces sobre la cama. © LA GACETA







