Los punteros reales no se parecen a los de la TV

Los dirigentes barriales trabajan como intermediarios entre el vecino y los políticos. Escuchan reclamos por baches y pérdidas cloacales. También gestionan chapas, zapatillas o cajas de leche. Cuatro trabajadores de la política contaron sus historias a LA GACETA. Sueñan con llegar a ocupar cargos políticos y afirman que por las "fulerías" de algunos, ellos son víctimas de toda clase de estigmatizaciones. Revelan, también, que su trabajo como gestores es más sencillo cuando el político está en la calle y conoce los problemas de los vecinos.

Gabriela Baigorri
Por Gabriela Baigorri 06 Agosto 2011
En el ambiente sórdido y cumbianchero del conurbano bonaerense se tejen traiciones y arreglos oscuros. En la escena, dos hombres desprolijos, transpirados, armados y mal hablados transan con el político de turno. Frente a la pantalla, a más de mil kilómetros del escenario que muestra la serie El puntero (Canal 13), los punteros tucumanos se ríen de los estereotipos. "¡Nos muestran como unos mafiosos a los que no les importa nada!", exclama uno de ellos, indignado. Se quejan de que por las "fulerías" de unos pocos, se estigmatiza a la mayoría.

En los barrios de la provincia quizás muchos vecinos saben dónde hay un quiosco, pocos dónde vive tal o cual familia, pero todos están seguros de dónde encontrar al puntero de cada zona.

En el contexto de una interna feroz, en la que sobran los candidatos para los cargos electivos en juego, los dirigentes barriales más creíbles, leales y efectivos son figuritas tan codiciadas por los políticos como los mismísimos votantes. Por ello, hay candidatos que no dudan en reclutar a punteros infieles de otro político. Según se dice en voz baja, los ofrecimientos superan en ocasiones los $ 3.000, pero no todos se venden.

Verdaderos mediadores y gestores ante las autoridades, se ilusionan con forjar su propia carrera política desde el llano. Cuatro de ellos contaron a LA GACETA sus historias de zapatillas gastadas y amor por la política.

Un "gordo bueno"

"Prefiero que me llamen dirigente barrial", se ataja Juan Domínguez, presidente de una cooperativa del plan Argentina Trabaja que cumple tareas en el barrio Oeste I. Según cuentan sus vecinos, los políticos "se pelean por ?El Gordo?, porque es muy bueno". "Desde hace mucho que soy dirigente, pero yo trabajo para el barrio, no para los políticos. Ya gasté como 15 pares de zapatillas ", explica. Afirma que muchos políticos le ofrecieron trabajar para ellos, pero que por ahora sólo se identifica con la gestión del intendente capitalino, Domingo Amaya. "La gente pide cosas pequeñas. A una vecina se le quema un foco y te pide que le ayudes. Me ven buenito y todos me piden cosas. Cuando te das cuenta, ya tenés un pelotón de vecinos que esperan que los ayudes y eso me gusta. Después me convidan una empanadita, un pescadito... y así estoy", dice con una carcajada mientras se señala la panza. Antes de despedirse, pregunta con una sonrisa y un guiño cómplice: "¿me ve capacitado para ser puntero?"

"Patito"

Ella grita, arenga y celebra. Le pone una cuota de humor a las recorridas del intendente bandeño, Zacarías Khoder. Sus "¡Aguante Zacarías!" y "¡Zacarías te amo!" son una marca registrada. Rosalía tiene 31 años, una voz aguda y vive en el humilde barrio de El Palomar. Se declara apasionada por la política y en sus exclamaciones también baja línea. Cada tanto intercala un "¡vamos los dirigentes, a trabajar por el pueblo!". La joven es madre de cuatro chicos y es más conocida como "Patito" ("debe ser por las cag... que me mando y por como camino", explica risueña). Un gorro de lana apenas deja ver sus ojos brillantes, brillo que se agudiza cuando interrumpe las risas para decir que su vida es muy "sufrida". "Mi mamá es discapacitada e iba a los actos políticos. Desde que tenía 11 que la acompaño y me apasiona la política. Pero, por trabajar tanto en la calle, dejé solo a mi hijo mayor, que cayó en las adicciones. Se recuperó en una fundación. Mis otros tres nenes van a una escuela en el campo y realmente necesito que alguien me ayude con los abonos del colectivo", relata. Y pide. Ella prefiere que no la llamen puntera, sino dirigente: "no me da vergüenza; vergüenza es robar. Yo trabajo". Devela que le gustaría llegar a ser concejal y, mientras, lucha para mantener a su familia con la política.

La otra "lista"

Rosa tiene puesta una pechera fluorescente, no pide eufemismos y dice estar orgullosa de ser puntera. La bandeña reniega cuando ve la serie porteña y dice tajante que nada tiene que ver con la realidad local. "Muestran mucha violencia en la tele", reclama. La mujer dice que ahora trabajan más tranquilos que hace 10 años. "Antes, la gente nos echaba: nos decían mentirosos. Pero ahora, creo que ven las obras y saben que algo cambió. Los bolsones ya no alcanzan", reflexiona. Critica que algunos candidatos menos conocidos siguen ofreciendo mercadería y $ 50 para que los elijan. Al mismo tiempo, recalca que es clave la personalidad del político: "tienen que ser amables y escuchar a la gente; si no, nuestro trabajo es mucho más complicado".

Dolores Silva, puntera en Villa Piolín, está convencida de que los candidatos deben recorrer los barrios y conocer las necesidades de cada sector. "Por ejemplo, aquí la gente necesita saber si nos desalojarán o no. Todo se puede hablar, pero hay muchas necesidades", asevera. En la lista de pedidos de los habitantes de la zona tiene anotadas desde una caja de leche o un par de zapatillas, hasta chapas y una bolsa de cemento.

"No piden cosas grandes, y tras gestionarlas, ver cuando las reciben es muy satisfactorio. Nuestra tarea está cumplida. Camino mucho y golpeo puertas, así se hace", afirma.

¿Por qué se convirtió en puntera? "Porque a mí los punteros me mintieron mucho, cuando tuve necesidades me engañaron. Muchos están quemados, marcados. Pero hay una nueva generación".

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