No es cómodo para nadie que alguien identificado con la madre política venga, a domicilio, a decirle acomodaticio. Mucho menos a pedir que no lo voten. Más desconcertante resulta que, en el mismo momento en que la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, le decía estas cosas, José Alperovich ingresaba al despacho de Amado Boudou, una suerte de delfín de la presidenta Cristina Fernández. El alperovichismo no terminó de decodificar el mensaje. Pero fue a Buenos Aires a pedir plata y es posible que le abran el grifo, como siempre sucedió desde que la letra K es la sigla del poder. Y, si es antes del 28 de agosto, será mucho mejor para él, porque ese día sabrá cuántos tucumanos serán los que lo apoyarán para los próximos cuatro años.
¿Por qué el gobernador pide más plata a la Nación si, como dicen las planillas oficiales, los fondos coparticipables están llegando a cifras récord este mes? La respuesta, a prima facie, es que la batalla salarial con los policías le ha restado margen de maniobra financiera. Nadie en el Ejecutivo pensaba gastar $ 230 millones adicionales al año sólo para atender la demanda de un solo sector del Estado. Mucho menos estaba en los cálculos del Gobierno que el gasto salarial se dispare en $ 1.500 millones por el costo que tuvieron -este año- las paritarias estatales. Esa estimación de erogaciones extra, por mayor costo salarial, es equivalente al monto que la Dirección General de Rentas recauda durante 10 meses al año.
Eso quiere decir que -hacia septiembre- el Poder Ejecutivo no se pondrá colorado para pedirle a la Legislatura una ampliación de partidas, de tal modo que el gasto público alcance los $ 13.500 millones. Mucha, pero mucha plata, para tener tantos frentes de conflictos sin resolver: con una policía en estado de alerta -en la Casa de Gobierno están convencidos de que el problema no se resolvió del todo- y con médicos en la calle que le reclaman a Alperovich el mismo trato que a los efectivos de seguridad.
"Hay que aguantar", dice un alto funcionario del Palacio de Gobierno. La misma postura asumió el Ejecutivo cuando le estalló en las manos el conflicto policial. En esa batalla, el costo financiero fue más elevado que el político. Alperovich accedió a todo lo que le pedían los manifestantes, pero con la menor caída posible de funcionarios debido al impensado conflicto. En los hechos, las luces de la Casa de Gobierno seguirán funcionando con menos fusibles porque a estos no está previsto cambiarlos ahora y porque otros -en breve- se meterán de lleno a la campaña proselitista.
Otro escenario
Gobernar con menos dinero de lo proyectado es un nuevo escenario para Alperovich. Siempre lo hizo con una situación de holgura fiscal, producto de los años de bonanza y de la acumulación de recursos superavitarios. La caja es más chica y hay necesidad de ajustar tuercas para que el bólido llegue a la meta, victorioso, en las elecciones de agosto. Pocas dudas quedan que la fórmula oficialista se complemente con Juan Manzur. El ministro de Salud de la Nación es casi la sombra de Alperovich; lo acompaña más que antes cuando hace gestiones en Buenos Aires, como ayer, durante la entrevista con Boudou.
En algunas reparticiones hay caras largas de funcionarios que se enteraron que el verdadero ajuste llegó para quedarse. No se habilitarán, con la mecánica de siempre, la compra de bienes de capital. Tampoco avanzarán -al ritmo habitual- algunas obras públicas que, según la evaluación oficial, no son tan prioritarias. Se está poniendo más celo en la conducta fiscal de los municipios y las comunas rurales para no tener mayores sorpresas a la hora de aprobar gastos en personal.
La cara del ajuste no es la misma que en otros tiempos, cuando el déficit era moneda corriente. Sólo quedan fuera de este esquema de contención del gasto público algunas áreas sensibles para la generación de dinero. Rentas seguirá consolidando su estructura administrativa, con sistemas de última generación. No vaya a ser cosa de que se caiga la recaudación justo en tiempos en que más necesita el Estado de fondos frescos. Hoy plata no sobra (tanto). Lo que faltan son lealtades que aseguren que la política no le pondrá más ruidos a la economía o a las finanzas públicas. He aquí el dilema alperovichista. Las dos caras de una misma moneda.
¿Por qué el gobernador pide más plata a la Nación si, como dicen las planillas oficiales, los fondos coparticipables están llegando a cifras récord este mes? La respuesta, a prima facie, es que la batalla salarial con los policías le ha restado margen de maniobra financiera. Nadie en el Ejecutivo pensaba gastar $ 230 millones adicionales al año sólo para atender la demanda de un solo sector del Estado. Mucho menos estaba en los cálculos del Gobierno que el gasto salarial se dispare en $ 1.500 millones por el costo que tuvieron -este año- las paritarias estatales. Esa estimación de erogaciones extra, por mayor costo salarial, es equivalente al monto que la Dirección General de Rentas recauda durante 10 meses al año.
Eso quiere decir que -hacia septiembre- el Poder Ejecutivo no se pondrá colorado para pedirle a la Legislatura una ampliación de partidas, de tal modo que el gasto público alcance los $ 13.500 millones. Mucha, pero mucha plata, para tener tantos frentes de conflictos sin resolver: con una policía en estado de alerta -en la Casa de Gobierno están convencidos de que el problema no se resolvió del todo- y con médicos en la calle que le reclaman a Alperovich el mismo trato que a los efectivos de seguridad.
"Hay que aguantar", dice un alto funcionario del Palacio de Gobierno. La misma postura asumió el Ejecutivo cuando le estalló en las manos el conflicto policial. En esa batalla, el costo financiero fue más elevado que el político. Alperovich accedió a todo lo que le pedían los manifestantes, pero con la menor caída posible de funcionarios debido al impensado conflicto. En los hechos, las luces de la Casa de Gobierno seguirán funcionando con menos fusibles porque a estos no está previsto cambiarlos ahora y porque otros -en breve- se meterán de lleno a la campaña proselitista.
Otro escenario
Gobernar con menos dinero de lo proyectado es un nuevo escenario para Alperovich. Siempre lo hizo con una situación de holgura fiscal, producto de los años de bonanza y de la acumulación de recursos superavitarios. La caja es más chica y hay necesidad de ajustar tuercas para que el bólido llegue a la meta, victorioso, en las elecciones de agosto. Pocas dudas quedan que la fórmula oficialista se complemente con Juan Manzur. El ministro de Salud de la Nación es casi la sombra de Alperovich; lo acompaña más que antes cuando hace gestiones en Buenos Aires, como ayer, durante la entrevista con Boudou.
En algunas reparticiones hay caras largas de funcionarios que se enteraron que el verdadero ajuste llegó para quedarse. No se habilitarán, con la mecánica de siempre, la compra de bienes de capital. Tampoco avanzarán -al ritmo habitual- algunas obras públicas que, según la evaluación oficial, no son tan prioritarias. Se está poniendo más celo en la conducta fiscal de los municipios y las comunas rurales para no tener mayores sorpresas a la hora de aprobar gastos en personal.
La cara del ajuste no es la misma que en otros tiempos, cuando el déficit era moneda corriente. Sólo quedan fuera de este esquema de contención del gasto público algunas áreas sensibles para la generación de dinero. Rentas seguirá consolidando su estructura administrativa, con sistemas de última generación. No vaya a ser cosa de que se caiga la recaudación justo en tiempos en que más necesita el Estado de fondos frescos. Hoy plata no sobra (tanto). Lo que faltan son lealtades que aseguren que la política no le pondrá más ruidos a la economía o a las finanzas públicas. He aquí el dilema alperovichista. Las dos caras de una misma moneda.







