25 Julio 2010 Seguir en 
Era la segunda vez en 15 minutos que el hombre de boina gris se fijaba en su reloj pulsera. Con el cuello largo miraba constantemente en todas las direcciones y con la otra mano sostenía el pocillo, vacío ya hace horas. Era como si no pudiese o simplemente no le interesara ocultar su ansiedad, que parecía que lo iba a hacer explotar en pocos minutos.
Es media mañana y todos los cafés céntricos están repletos de inaudibles diálogos y de silencios evidenciados; de compañías llenas de afecto, negociaciones misteriosas y de soledades compartidas. Para charlar, para pensar, escribir, ver gente o simplemente para pasar el tiempo, la costumbre de pisar el freno y sentarse a tomar un café está tan arraigada entre los tucumanos que las cafeterías son uno de los rubros más numerosos en la ciudad y que más perduran en el tiempo.
"El ?cafeteo? siempre fue una de las actividades preferidas en nuestra ciudad. Creo que muchas veces el café es una excusa para encontrarse, para sociabilizar, más que para tomar la bebida en sí", cuenta Cristina Bernasconi. En otras épocas, ella trabajaba en el bar al paso que en 1934 instaló su abuelo al frente de la plaza Independencia y que perduró en manos de su familia con el paso de las generaciones.
Sólo en la capital tucumana hay un total de 857 bares habilitados, según datos de la Municipalidad. De ellos, 300 se emplazan dentro de las cuatro avenidas y más de 200 en el microcentro. "El tucumano tiene una cultura cafetera muy grande, algo que no pasa tanto en otras provincias del norte; a las 6 de la mañana ya hay gente sentada en los bares, leyendo el diario o conversando. Por eso, la cafetería es uno de los rubros que más resiste el paso del tiempo: cambian de nombre, de dueño o aggiornan el lugar, pero casi siempre el local mantiene el rubro", asegura Carlos Gómez, director de la Dipsa.
En promedio, un bar céntrico expide entre 400 y 500 cafés por día, según estima Hugo Barrionuevo, un joven encargado de una tradicional cafetería de la ciudad. Además, lo que más piden los tucumanos son los cortados (café con un chorrito de leche).
"Es muy común atender todos los días a la misma gente. Hay una clientela fija que no solo busca el bar, sino que pide que lo atienda determinada persona", cuenta Juan Segovia, un mozo que hace 32 años escucha las penas y las glorias de los cafeteros. "Eso es lo que más me gusta de este trabajo, estar en contacto con la gente, prestarle el oído a los que están mal y poder compartir bromas con los que vienen a pasar un buen rato", cuenta el mesero.
Otras épocas
"En las épocas de mayor movimiento del bar llegamos a vender hasta 2.000 cafés por día. Una barbaridad. Es que todo el mundo terminaba su actividad a media mañana y estuviera donde estuviera se daba una vuelta para tomarse un café y, sobre todo, para enterarse de las últimas en ?el serpentario? como lo habían apodado los habitués", recuerda Bernasconi. "Teníamos un libro -prosigue- donde tomábamos recados y los transmitíamos al interesado, porque era obvio que iba a ir en algún momento. De repente el bar era el escritorio de todo Tucumán y la cajera, la secretaría", se divierte.
"Un café es el lugar donde se pueden decir grandes verdades y grandes mentiras. Es un ámbito muy especial que invita al diálogo profundo", dice el psicólogo Alfredo Ygel. Y encuentra quienes le dan la razón. "La veces que invité a alguien a tomar un café, fue para hablar de cosas importantes para mí. En cambio, si voy a tomar un licuado, la situación entera es menos comprometida. El café es un ritual profundo del que formamos parte vos, yo y el pocillo como mediador", describe Gonzalo Beceda, un estudiante de psicología de 23 años que concurre a las cafeterías acompañado de su notebook.
En otra mesa y en otro mundo del que habitaba el hombre de boina gris, otro veía pasar el tiempo con la mirada clavada en ningún lado. No había tristeza ni soledad, más bien se podía ver en su cara una mueca de alegría, o de triunfo. "Me acabo de enterar de que voy a ser abuelo por primera vez. Necesitaba sentarme a tomar un café para caer. ¡Mozo!".
Es media mañana y todos los cafés céntricos están repletos de inaudibles diálogos y de silencios evidenciados; de compañías llenas de afecto, negociaciones misteriosas y de soledades compartidas. Para charlar, para pensar, escribir, ver gente o simplemente para pasar el tiempo, la costumbre de pisar el freno y sentarse a tomar un café está tan arraigada entre los tucumanos que las cafeterías son uno de los rubros más numerosos en la ciudad y que más perduran en el tiempo.
"El ?cafeteo? siempre fue una de las actividades preferidas en nuestra ciudad. Creo que muchas veces el café es una excusa para encontrarse, para sociabilizar, más que para tomar la bebida en sí", cuenta Cristina Bernasconi. En otras épocas, ella trabajaba en el bar al paso que en 1934 instaló su abuelo al frente de la plaza Independencia y que perduró en manos de su familia con el paso de las generaciones.
Sólo en la capital tucumana hay un total de 857 bares habilitados, según datos de la Municipalidad. De ellos, 300 se emplazan dentro de las cuatro avenidas y más de 200 en el microcentro. "El tucumano tiene una cultura cafetera muy grande, algo que no pasa tanto en otras provincias del norte; a las 6 de la mañana ya hay gente sentada en los bares, leyendo el diario o conversando. Por eso, la cafetería es uno de los rubros que más resiste el paso del tiempo: cambian de nombre, de dueño o aggiornan el lugar, pero casi siempre el local mantiene el rubro", asegura Carlos Gómez, director de la Dipsa.
En promedio, un bar céntrico expide entre 400 y 500 cafés por día, según estima Hugo Barrionuevo, un joven encargado de una tradicional cafetería de la ciudad. Además, lo que más piden los tucumanos son los cortados (café con un chorrito de leche).
"Es muy común atender todos los días a la misma gente. Hay una clientela fija que no solo busca el bar, sino que pide que lo atienda determinada persona", cuenta Juan Segovia, un mozo que hace 32 años escucha las penas y las glorias de los cafeteros. "Eso es lo que más me gusta de este trabajo, estar en contacto con la gente, prestarle el oído a los que están mal y poder compartir bromas con los que vienen a pasar un buen rato", cuenta el mesero.
Otras épocas
"En las épocas de mayor movimiento del bar llegamos a vender hasta 2.000 cafés por día. Una barbaridad. Es que todo el mundo terminaba su actividad a media mañana y estuviera donde estuviera se daba una vuelta para tomarse un café y, sobre todo, para enterarse de las últimas en ?el serpentario? como lo habían apodado los habitués", recuerda Bernasconi. "Teníamos un libro -prosigue- donde tomábamos recados y los transmitíamos al interesado, porque era obvio que iba a ir en algún momento. De repente el bar era el escritorio de todo Tucumán y la cajera, la secretaría", se divierte.
"Un café es el lugar donde se pueden decir grandes verdades y grandes mentiras. Es un ámbito muy especial que invita al diálogo profundo", dice el psicólogo Alfredo Ygel. Y encuentra quienes le dan la razón. "La veces que invité a alguien a tomar un café, fue para hablar de cosas importantes para mí. En cambio, si voy a tomar un licuado, la situación entera es menos comprometida. El café es un ritual profundo del que formamos parte vos, yo y el pocillo como mediador", describe Gonzalo Beceda, un estudiante de psicología de 23 años que concurre a las cafeterías acompañado de su notebook.
En otra mesa y en otro mundo del que habitaba el hombre de boina gris, otro veía pasar el tiempo con la mirada clavada en ningún lado. No había tristeza ni soledad, más bien se podía ver en su cara una mueca de alegría, o de triunfo. "Me acabo de enterar de que voy a ser abuelo por primera vez. Necesitaba sentarme a tomar un café para caer. ¡Mozo!".









