14 Junio 2010 Seguir en 
La ciudad embrutece, acelera y enceguece. El asfalto es una barrera contra la que chocamos tercamente a diario mientras nos desesperamos por llegar a tiempo a todos lados y, en definitiva, a ninguno.
Ayer, los integrantes del equipo de LA GACETA dejamos la ciudad empujados por ese apuro que, por irracional, termina volviéndose rutina. Transitamos la ruta 38 y nos llenamos con la eterna indignación que causan las rastras cañeras en infracción, los autos desvencijados, los motociclistas sin casco y la habitual -aunque no por eso menos impactante- falta de controles.
Llegamos a Los Sarmientos tensos y ansiosos (como buenos hombres de ciudad). Inmediatamente se impuso una pregunta: "¿y la gente, dónde está?" ¡Qué estúpidos! La multitud estaba en todos lados; sólo había que saber mirarla.
Era necesario encontrar a cada uno de los habitantes sentados en las puertas de sus casas, tomando mate, fumando un cigarrillo en la vereda, rasqueteando un caballo matungo -pero hermoso a sus ojos- o disfrutando de un partido de fútbol en una cancha de pastos desparejos. De diferentes maneras, todos nos estaban esperando y tenían ganas de ver el partido.
Unas cuantas vueltas por las calles de tierra del pueblo nos permitieron advertir que la vida palpitaba a mil por hora. De a poco, los vecinos empezaron a acercarse a la camioneta y los chicos nos rodearon ¡Qué estúpidos que fuimos! Como a buenos hombres de ciudad, nos había asustado la tranquilidad.
Ayer, los integrantes del equipo de LA GACETA dejamos la ciudad empujados por ese apuro que, por irracional, termina volviéndose rutina. Transitamos la ruta 38 y nos llenamos con la eterna indignación que causan las rastras cañeras en infracción, los autos desvencijados, los motociclistas sin casco y la habitual -aunque no por eso menos impactante- falta de controles.
Llegamos a Los Sarmientos tensos y ansiosos (como buenos hombres de ciudad). Inmediatamente se impuso una pregunta: "¿y la gente, dónde está?" ¡Qué estúpidos! La multitud estaba en todos lados; sólo había que saber mirarla.
Era necesario encontrar a cada uno de los habitantes sentados en las puertas de sus casas, tomando mate, fumando un cigarrillo en la vereda, rasqueteando un caballo matungo -pero hermoso a sus ojos- o disfrutando de un partido de fútbol en una cancha de pastos desparejos. De diferentes maneras, todos nos estaban esperando y tenían ganas de ver el partido.
Unas cuantas vueltas por las calles de tierra del pueblo nos permitieron advertir que la vida palpitaba a mil por hora. De a poco, los vecinos empezaron a acercarse a la camioneta y los chicos nos rodearon ¡Qué estúpidos que fuimos! Como a buenos hombres de ciudad, nos había asustado la tranquilidad.
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