20 Diciembre 2009 Seguir en 
En el origen de todas las agrupaciones urbanas surge la plaza como espacio común, diferente al privado del domus donde se reside. En ese dominio público crece la memoria colectiva: ejecuciones, liturgias religiosas, asunciones del poder, mercadeo, etcétera, van configurando el alma del lugar.
En las ciudades actuales, la importancia de la plaza se desplazó hacia su función como ámbito de esparcimiento, de espacio verde que reconcilia al habitante con el entorno campesino perdido. Monumentos y fuentes de agua quedan como testimonio de pasados remotos. A la plaza se acude hoy en busca de paz, de sombra, de belleza, de arboledas habitadas por pájaros, de tiempo vacante. Aun cuando trajinamos acelerados por la ciudad, preferimos atravesar la plaza siquiera como consuelo transitorio a nuestras premuras.
Los vándalos de hoy atacan justamente ese espacio encantador desde un ánimo incivil, desde una barbarie niveladora que mediante la transgresión ensaya arrasar con el oasis de las plazas acopiado por las centurias. No sólo hay ánimo de rebelión adolescente. Sobre todo está la impunidad con que el vandalismo se ejerce en nuestra sociedad.
Somos testigos diarios de asesinos liberados por 'inimputables' que luego retoman el asesinato, la violación, el saqueo y la destrucción amparados por esa impunidad que la sociedad les concede.
Ninguna sociología ha podido explicar por qué aparece un hábito social, ni por qué permanece o desaparece. Nuestra sociedad es permisiva con el vándalo, con el transgresor del orden civil. Al parecer, los indios Lules no sólo saqueaban a sus tribus vecinas, también eran antropófagos. ¿Cuán lejos está en nuestro pasado esa vocación incivil?
Lo cierto es que practicamos lo que llamo el mito del pobrecito; esto es, el elogio del incompetente, del que no hace o hace mal sus labores, y convertimos en víctima a ese victimario ("pobre, se vio obligado a robar, a matar y a destruir, qué infancia habrá tenido").
Las sociedades que entienden al hombre como ser libre y, por lo mismo, responsable de sus actos, castigan severamente los extravíos del delincuente. Nosotros los fomentamos. ¿Cómo sorprendernos de sus éxitos?
En las ciudades actuales, la importancia de la plaza se desplazó hacia su función como ámbito de esparcimiento, de espacio verde que reconcilia al habitante con el entorno campesino perdido. Monumentos y fuentes de agua quedan como testimonio de pasados remotos. A la plaza se acude hoy en busca de paz, de sombra, de belleza, de arboledas habitadas por pájaros, de tiempo vacante. Aun cuando trajinamos acelerados por la ciudad, preferimos atravesar la plaza siquiera como consuelo transitorio a nuestras premuras.
Los vándalos de hoy atacan justamente ese espacio encantador desde un ánimo incivil, desde una barbarie niveladora que mediante la transgresión ensaya arrasar con el oasis de las plazas acopiado por las centurias. No sólo hay ánimo de rebelión adolescente. Sobre todo está la impunidad con que el vandalismo se ejerce en nuestra sociedad.
Somos testigos diarios de asesinos liberados por 'inimputables' que luego retoman el asesinato, la violación, el saqueo y la destrucción amparados por esa impunidad que la sociedad les concede.
Ninguna sociología ha podido explicar por qué aparece un hábito social, ni por qué permanece o desaparece. Nuestra sociedad es permisiva con el vándalo, con el transgresor del orden civil. Al parecer, los indios Lules no sólo saqueaban a sus tribus vecinas, también eran antropófagos. ¿Cuán lejos está en nuestro pasado esa vocación incivil?
Lo cierto es que practicamos lo que llamo el mito del pobrecito; esto es, el elogio del incompetente, del que no hace o hace mal sus labores, y convertimos en víctima a ese victimario ("pobre, se vio obligado a robar, a matar y a destruir, qué infancia habrá tenido").
Las sociedades que entienden al hombre como ser libre y, por lo mismo, responsable de sus actos, castigan severamente los extravíos del delincuente. Nosotros los fomentamos. ¿Cómo sorprendernos de sus éxitos?
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