"Tenemos las rejas en la cabeza y en nuestro corazón"

Por Edith Castellano - Arquitecta.

20 Diciembre 2009
el debate planteado sobre si enrejamos o no la plaza Urquiza me parece un planteo que parte de una óptica reduccionista, una visión sesgada de la realidad. Es no entender el sentir de quienes nos rodean y circunscripta a nosotros mismos, a nuestras necesidades, a nuestras inquietudes, etcétera. Peter M. Senge, autor de La Quinta Disciplina, opina: "el punto de cada persona constituye una perspectiva única acerca de la realidad más amplia. Si yo puedo mirar a través de tu perspectiva y tú de la mía, veremos algo que no habríamos visto solos".
No nos escuchamos. No aceptamos la opinión del otro. Estamos fragmentados, separados de lo que nos rodea. También, y es lo más grave, de la naturaleza. Allí es donde comienzan nuestros desencuentros. Es de este modo que se plantea un debate que puede llevar a la confrontación entre vecinos. Porque la plaza de la que hablamos y todas las plazas de la provincia son nuestras plazas y todos debemos velar por ellas. La plaza cumple diversas funciones y cito algunas: esparcimiento, tanto de niños como de mayores, ofreciendo generosamente el color y la sombra de sus verdes árboles que nos cobijan del calor, el aire puro y vivificante que expande nuestros pulmones, el sonido del viento batiendo las hojas, el goce del niño en sus juegos, permitirnos caminar sus veredas cansadamente o sentarnos a leer, mirar y gozar de un poco de paz.
¿Quién se hubiera imaginado hace algunos años instalar un dilema como el de cercar o no la plaza? Se enreja a los reos condenados por delitos, ¿pero, enrejar la plaza? Inaudito e increíble.

Mensaje silencioso
No sé cómo estarán las plazas de otras localidades; pero sí sé que es imperativo reflexionar sobre cuál es el mensaje silencioso pero artero que los adultos estamos transmitiendo a las nuevas generaciones: gobernantes, políticos, educadores y padres, principales responsables de la educación, ya que se educa con el ejemplo como con las palabras. ¿O acaso los que destruyen las plazas no son los mismos que lo hacen con cuanta cosa encuentran a su paso en la ciudad, en pleno centro y a la luz del día, acaso todavía con sus uniformes escolares, golpeándose salvajemente y agrediendo a otros?
Lo que pasa es que ya no importa la educación, tanto la del claustro como la del hogar. La reja no podrá contener esa energía que todo niño y adolescente tiene porque no está encauzada con el desarrollo del saber y el desarrollo de la ética, ya que sólo el compromiso ético nos da la posibilidad de desplegar nuestra humanidad.
Somos los mayores quienes tenemos que desprendernos del individualismo y del egoísmo que nos tienen prisioneros y no nos permiten mirar al otro. Se necesitan nuevas propuestas educativas a largo plazo y en la coyuntura vigilar mejor el espacio público, evitando la acción del vándalo, aplicando las sanciones pertinentes a quien comete infracciones. Ello resultará infructuoso si no se aplica una nueva visión de la enseñanza.
Tenemos las rejas en nuestra cabeza y en nuestro corazón; somos incapaces de formar buenos ciudadanos que respeten y quieran lo que les pertenece.
La plaza es el espacio público emblemático de una provincia que se supo llamar "El Jardín de la República".

Comentarios