20 Diciembre 2009 Seguir en 
Podemos discutir acerca del proyecto de los lugares públicos y también acerca de nuestras propias certezas. Atravesamos una época de cambios acelerados. Y en consecuencia, no es fácil la discusión acerca del carácter y la definición de los lugares públicos que hoy necesitamos y tenemos: un parque, una plaza, un sector verde. El espacio público es una dimensión que media entre la sociedad y el Estado, en la que se hacen públicas múltiples expresiones políticas de la ciudadanía en diversas formas de asociación y conflicto frente al Estado.
Hoy lo nuestro es producto de una colisión, fugaz e inestable, entre sitios y política. Estamos en un tiempo de incertidumbres y cabe entonces la pregunta: ¿es posible contar con espacios públicos que puedan ser la referencia simbólica de la mayoría de la sociedad? Nuestra ciudad ha desarrollado nuevas formas culturales de relación con la naturaleza. Ha sido la periferia de la ciudad actual, en particular, la que nos sitúa frente a una nueva experiencia: la de la coexistencia de lo urbano, lo periférico, en un nuevo anillo cultural. Todo ello en el uso de la naturaleza. Tenemos espacios fragmentados, maltratados, mal conservados, mal construidos. Discutimos domésticamente, y de manera básica, "cercar o no cercar" una plaza o un parque. Estos sitios son un problema cultural, y en consecuencia, tienen un significado.
Los arquitectos indagamos, junto a otras disciplinas, sobre esos significados, cada vez más complejos. Sin sitios donde se logren acuerdos sociales, difícilmente se permitan mejoras aisladas. Todos los actores sociales carecemos cada vez más de cultura urbana, de urbanidad. Talar un árbol es un acto de minutos. Plantarlo y verlo crecer es de años. Podar de manera brutal, es un acto visto como normal. Quejarse por las raíces que levantan veredas es algo de rutina. Molestarse por las hojas caídas es algo cotidiano. No hay propietario de las soluciones.
Ante el qué hacer, debiéramos cambiar la estructura del pensar. Nadie tiene recetas de soluciones porque nadie hoy las sabe. Sí, se debe educar, corregir, aportar creatividad y criterios innovadores, salir de la mediocridad urbana. Debemos apropiarnos de las plazas, de los parques. Nuestras plazas siguen siendo un lugar de encuentro, mal empleadas en lo físico. Hay que crecer en el cuidado y, difícilmente en nuestro caso, hoy las rejas sean la solución de temas meramente culturales. Dice David Harvey: "los lugares, como el espacio y el tiempo, son construcciones sociales y tienen que ser leídos e interpretados como tales". Nuestra ciudad lleva un largo período social y económico de situaciones complejas y preocupantes. ¿Podemos exigir mejorar, cambiar una plaza, cuando gran parte de todo lo otro aún falta que suceda? Para pensarlo.
Hoy lo nuestro es producto de una colisión, fugaz e inestable, entre sitios y política. Estamos en un tiempo de incertidumbres y cabe entonces la pregunta: ¿es posible contar con espacios públicos que puedan ser la referencia simbólica de la mayoría de la sociedad? Nuestra ciudad ha desarrollado nuevas formas culturales de relación con la naturaleza. Ha sido la periferia de la ciudad actual, en particular, la que nos sitúa frente a una nueva experiencia: la de la coexistencia de lo urbano, lo periférico, en un nuevo anillo cultural. Todo ello en el uso de la naturaleza. Tenemos espacios fragmentados, maltratados, mal conservados, mal construidos. Discutimos domésticamente, y de manera básica, "cercar o no cercar" una plaza o un parque. Estos sitios son un problema cultural, y en consecuencia, tienen un significado.
Los arquitectos indagamos, junto a otras disciplinas, sobre esos significados, cada vez más complejos. Sin sitios donde se logren acuerdos sociales, difícilmente se permitan mejoras aisladas. Todos los actores sociales carecemos cada vez más de cultura urbana, de urbanidad. Talar un árbol es un acto de minutos. Plantarlo y verlo crecer es de años. Podar de manera brutal, es un acto visto como normal. Quejarse por las raíces que levantan veredas es algo de rutina. Molestarse por las hojas caídas es algo cotidiano. No hay propietario de las soluciones.
Ante el qué hacer, debiéramos cambiar la estructura del pensar. Nadie tiene recetas de soluciones porque nadie hoy las sabe. Sí, se debe educar, corregir, aportar creatividad y criterios innovadores, salir de la mediocridad urbana. Debemos apropiarnos de las plazas, de los parques. Nuestras plazas siguen siendo un lugar de encuentro, mal empleadas en lo físico. Hay que crecer en el cuidado y, difícilmente en nuestro caso, hoy las rejas sean la solución de temas meramente culturales. Dice David Harvey: "los lugares, como el espacio y el tiempo, son construcciones sociales y tienen que ser leídos e interpretados como tales". Nuestra ciudad lleva un largo período social y económico de situaciones complejas y preocupantes. ¿Podemos exigir mejorar, cambiar una plaza, cuando gran parte de todo lo otro aún falta que suceda? Para pensarlo.
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