Narrar el suicidio de un hijo
"Occidente transformó la muerte en un episodio antinatural"
Después de 26 años de silencio, Abel Posse acomete un desafío mayúsculo: ponerle palabras al mayor dolor, a aquel que se resiste ferozmente a ser relatado. En Cuando el hijo muere (libro recientemente editado por Emecé), y en la entrevista que aquí publicamos, el reconocido escritor argentino enfrenta la muerte de su único hijo (quien a sus 15 años decidió matarse con el revólver de su padre) y cuenta cómo construyó, junto a su esposa, una filosofía para soportar lo insoportable.
25 Octubre 2009 Seguir en 
En 1983, Abel Posse era el consejero cultural de la embajada argentina en París. Se había trasladado, junto a su familia, a Francia, después de seis años en los que fue cónsul en Venecia y de un período en el que estuvo destinado en Argentina. El domingo 9 de enero, luego de una salida matinal, entró a su departamento parisino junto a su esposa y un amigo. Se sorprendió al no recibir respuesta de su único hijo, al anunciarle que habían llegado. Subió hasta su cuarto y lo encontró sentado frente a su escritorio, con un balazo en su cabeza. A partir de allí, el escritor y su esposa empezaron a buscar la salida del abismo. En esa búsqueda encontraron rastros de su hijo, escritos en los que revelaba sus pasiones ocultas. Y también hallaron la manera de enfrentar la muerte, de entenderla, sin perderse en ella. De todo eso habla Abel Posse en su último libro y en esta entrevista que concedió a LA GACETA Literaria, la semana pasada, en su departamento de Buenos Aires. Allí convive con fotos en las que está junto a algunos de los escritores y políticos más célebres del planeta, con 3.000 libros, su esposa Sabine y ese hijo que ambos llevan dentro.
- ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte?
- Porque Occidente transformó la muerte en un episodio antinatural, a diferencia del nacimiento. Por eso nos sorprende, nos espanta, nos parece ilegítima y nos impulsa a la queja, al llanto. La muerte, entonces, se convierte en un hecho vergonzoso que debe ser ocultado, disimulado. En mi último libro describo la experiencia más terrible que tuve con la muerte. Pensé que, después de haber escrito sobre tantas cosas, no podía eludir el golpe más terrible que sufrí en mi vida. Mi libro traspasa lo literario para entrar en una dimensión de lo existencial; se convierte en un texto necesario, en el que el brillo se subordina a la gravedad. Se trata de una crónica de hechos reales, de esos detalles que una situación límite inscribe definitivamente en nuestra memoria. Y también es el relato de la búsqueda de ideas que hicimos con mi mujer para soportar, siguiendo la idea del verso de Rilke que dice "soportar es todo". Porque el que soporta el golpe, sobrevive; pero el que quiere sobrevivir sin soportar, no lo logra.
- En el libro dice que en el límite, en el dolor de la muerte, es cuando experimentamos con sorpresa e impotencia que estamos desnudos ante el cosmos. ¿Qué sintió al encontrarse con la muerte de su hijo?
- Sentí que no podía ser como él; comprendí que él tenía la razón del suicida, que había pensado en lo que Occidente no quiere pensar. Camus decía que el suicidio es la opción filosófica fundamental; decidir si la vida tiene o no sentido. Pero, salvo excepciones como las de Dostoievsky o Nietzche, Occidente no ha reflexionado en profundidad sobre ello.
- En un pasaje del libro cuenta que temía encontrarse con conocidos que lo hacían sentir autor de un hecho absolutamente descomedido y asocial. ¿Cómo lidió con esa sensación?
- Fue terrible. Primero cerré mi casa para todo el mundo. Al tercer día, salí a la calle, me encontré con una conocida y me crucé de vereda para evitar la pregunta difícil, el silencio, la mirada fija, sabiendo que me había transformado en una persona incómoda por el exceso de mi desgracia. Me mandaban infinidad de cartas en las que la palabra inevitablemente arruinaba el acto efusivo; un simple sobre vacío con la mera consignación del remitente hubiese sido mejor. Todo eso integra la fenomenología de la muerte. Lo que resulta desolador es percibir las cosas que quedaron, las pertenencias que también empiezan a morir. Unos zapatos que comienzan a arquearse por la calefacción y la falta de uso, una raqueta condenada a la inmovilidad, una lapicera sin su capuchón, una camisa con un cuello que se aplasta por el peso de lo ausente.
Fragmentos de Cuando muere el hijo. Una crónica real
Subí hacia su cuarto en la planta alta. Iván estaba como reposando, en su sillón ante el escritorio de madera con las piernas extendidas entre las dos cajoneras, la cabeza echada hacia atrás como si estuviese dormido. El brazo izquierdo doblado sobre el pecho. El derecho, lacio, abandonado a lo largo del lateral del sillón. El meñique de la mano laxa concentraba el lento goteo de la última sangre que bajaba desde el cuello y se agregaba al gran charco escarlata. No recuerdo lo que sentí. Tal vez como si fuese barrido por una onda expansiva que me ensordecía y que quizá me enmudeció. Sentí que estaba muerto. Me lo dije sin regatear. La muerte había ocupado su rostro confiriéndole esa gravedad autoritaria que tienen los muertos. Ahora tanteo para agregar palabras, no las encuentro, porque aquello era absolutamente inefable. Era el fin del mundo, pero privado.
* * *
Vi debajo de la pileta el balde de plástico rojo y la pala y el escobillón de mano. Los tomé y fui hacia el cuarto de Iván. Los hombres trabajaban todavía acomodando el cuerpo. La placa escarlata junto al sillón de Iván estaba intacta. Creo haber percibido cierto estupor en las miradas de los gendarmes cuando deslicé la pala de plástico y empujé la vida todavía fresca de Iván con el escobillón de mano. Así fui descargando pala tras pala en el banal balde de la limpieza de todos los días a cargo de Fátima, nuestra silenciosa empleada. Trabajé cuidadosamente, abstraído como oficiante de un rito que de algún modo sentí que los gendarmes comprendían con respeto.
* * *
Ahora todo cambió, el huracán nos arrasó. Vientos siderales se llevan el tinglado de nuestra vida cotidiana, el palacio edificado con ingenuidad y cierta insolencia. Nada puede con la fuerza destructora de la muerte. Nada queda en pie. De todo lo habido, nada. Y nosotros en medio, desamparados, flotando patéticamente en la primera hora del naufragio.
* * *
Uno vive instalado y distraído en el seguir siendo. Olvidados del límite, de la sorpresa y de la expulsión fatídica, como si no estuviese todo programado para la catástrofe, antes o después. El bendito olvido es nuestro sonajero desde la cuna a la tumba. Es el caballito de la ilusoria cabalgata existencial en la calesita del parque.
Pienso (pero no se lo digo a S.) que quien es capaz de saltar al misterio por su propia voluntad asume en ese instante todos los poderes del mundo.
* * *
Quise releer a solas los otros documentos y me levanté a las tres de la mañana mientras S. dormía. Ella los encontró en un cajón de ropa.
Iván los había dejado en desorden, tal vez consideró que no había tiempo para explicaciones. El más terrible era el del 3 de enero:
Me voy a suicidar. Yo soy un privilegiado, me dicen. Pero no quiero saber nada de las malditas responsabilidades de prepararse para el futuro. Un solo instante de opresión o de tristeza echa a perder el sentido de la existencia. Los padres nos meten de cabeza en la educación. Es con la educación que nos hacen la faena de nuestra muerte moral. Maravilla de volver a la tierra. Rehacer el ciclo orgánico sumergiéndose en la maravilla de la no existencia. De la silenciosa y noble nada elevada sobre ese hormiguero febril y vano llamado vida. VIVA LA MUERTE.
- ¿Por qué nos cuesta tanto hablar de la muerte?
- Porque Occidente transformó la muerte en un episodio antinatural, a diferencia del nacimiento. Por eso nos sorprende, nos espanta, nos parece ilegítima y nos impulsa a la queja, al llanto. La muerte, entonces, se convierte en un hecho vergonzoso que debe ser ocultado, disimulado. En mi último libro describo la experiencia más terrible que tuve con la muerte. Pensé que, después de haber escrito sobre tantas cosas, no podía eludir el golpe más terrible que sufrí en mi vida. Mi libro traspasa lo literario para entrar en una dimensión de lo existencial; se convierte en un texto necesario, en el que el brillo se subordina a la gravedad. Se trata de una crónica de hechos reales, de esos detalles que una situación límite inscribe definitivamente en nuestra memoria. Y también es el relato de la búsqueda de ideas que hicimos con mi mujer para soportar, siguiendo la idea del verso de Rilke que dice "soportar es todo". Porque el que soporta el golpe, sobrevive; pero el que quiere sobrevivir sin soportar, no lo logra.
- En el libro dice que en el límite, en el dolor de la muerte, es cuando experimentamos con sorpresa e impotencia que estamos desnudos ante el cosmos. ¿Qué sintió al encontrarse con la muerte de su hijo?
- Sentí que no podía ser como él; comprendí que él tenía la razón del suicida, que había pensado en lo que Occidente no quiere pensar. Camus decía que el suicidio es la opción filosófica fundamental; decidir si la vida tiene o no sentido. Pero, salvo excepciones como las de Dostoievsky o Nietzche, Occidente no ha reflexionado en profundidad sobre ello.
- En un pasaje del libro cuenta que temía encontrarse con conocidos que lo hacían sentir autor de un hecho absolutamente descomedido y asocial. ¿Cómo lidió con esa sensación?
- Fue terrible. Primero cerré mi casa para todo el mundo. Al tercer día, salí a la calle, me encontré con una conocida y me crucé de vereda para evitar la pregunta difícil, el silencio, la mirada fija, sabiendo que me había transformado en una persona incómoda por el exceso de mi desgracia. Me mandaban infinidad de cartas en las que la palabra inevitablemente arruinaba el acto efusivo; un simple sobre vacío con la mera consignación del remitente hubiese sido mejor. Todo eso integra la fenomenología de la muerte. Lo que resulta desolador es percibir las cosas que quedaron, las pertenencias que también empiezan a morir. Unos zapatos que comienzan a arquearse por la calefacción y la falta de uso, una raqueta condenada a la inmovilidad, una lapicera sin su capuchón, una camisa con un cuello que se aplasta por el peso de lo ausente.
Fragmentos de Cuando muere el hijo. Una crónica real
Subí hacia su cuarto en la planta alta. Iván estaba como reposando, en su sillón ante el escritorio de madera con las piernas extendidas entre las dos cajoneras, la cabeza echada hacia atrás como si estuviese dormido. El brazo izquierdo doblado sobre el pecho. El derecho, lacio, abandonado a lo largo del lateral del sillón. El meñique de la mano laxa concentraba el lento goteo de la última sangre que bajaba desde el cuello y se agregaba al gran charco escarlata. No recuerdo lo que sentí. Tal vez como si fuese barrido por una onda expansiva que me ensordecía y que quizá me enmudeció. Sentí que estaba muerto. Me lo dije sin regatear. La muerte había ocupado su rostro confiriéndole esa gravedad autoritaria que tienen los muertos. Ahora tanteo para agregar palabras, no las encuentro, porque aquello era absolutamente inefable. Era el fin del mundo, pero privado.
* * *
Vi debajo de la pileta el balde de plástico rojo y la pala y el escobillón de mano. Los tomé y fui hacia el cuarto de Iván. Los hombres trabajaban todavía acomodando el cuerpo. La placa escarlata junto al sillón de Iván estaba intacta. Creo haber percibido cierto estupor en las miradas de los gendarmes cuando deslicé la pala de plástico y empujé la vida todavía fresca de Iván con el escobillón de mano. Así fui descargando pala tras pala en el banal balde de la limpieza de todos los días a cargo de Fátima, nuestra silenciosa empleada. Trabajé cuidadosamente, abstraído como oficiante de un rito que de algún modo sentí que los gendarmes comprendían con respeto.
* * *
Ahora todo cambió, el huracán nos arrasó. Vientos siderales se llevan el tinglado de nuestra vida cotidiana, el palacio edificado con ingenuidad y cierta insolencia. Nada puede con la fuerza destructora de la muerte. Nada queda en pie. De todo lo habido, nada. Y nosotros en medio, desamparados, flotando patéticamente en la primera hora del naufragio.
* * *
Uno vive instalado y distraído en el seguir siendo. Olvidados del límite, de la sorpresa y de la expulsión fatídica, como si no estuviese todo programado para la catástrofe, antes o después. El bendito olvido es nuestro sonajero desde la cuna a la tumba. Es el caballito de la ilusoria cabalgata existencial en la calesita del parque.
Pienso (pero no se lo digo a S.) que quien es capaz de saltar al misterio por su propia voluntad asume en ese instante todos los poderes del mundo.
* * *
Quise releer a solas los otros documentos y me levanté a las tres de la mañana mientras S. dormía. Ella los encontró en un cajón de ropa.
Iván los había dejado en desorden, tal vez consideró que no había tiempo para explicaciones. El más terrible era el del 3 de enero:
Me voy a suicidar. Yo soy un privilegiado, me dicen. Pero no quiero saber nada de las malditas responsabilidades de prepararse para el futuro. Un solo instante de opresión o de tristeza echa a perder el sentido de la existencia. Los padres nos meten de cabeza en la educación. Es con la educación que nos hacen la faena de nuestra muerte moral. Maravilla de volver a la tierra. Rehacer el ciclo orgánico sumergiéndose en la maravilla de la no existencia. De la silenciosa y noble nada elevada sobre ese hormiguero febril y vano llamado vida. VIVA LA MUERTE.







