El Muro de Berlín es el santuario de los grafittis

A lo largo de 300 metros se suceden las pinturas que, según una profesora de Bellas Artes, a veces no duran más de dos minutos. El lugar estuvo siempre al servicio de la denuncia social y de la causa de la libertad. Un símbolo de lo que fue la Guerra Fría.

GENTILEZA FOTOS DE IRENE BENITO
GENTILEZA FOTOS DE IRENE BENITO
07 Septiembre 2009
BERLIN (Especial para LA GACETA, por Irene Benito).- Una estructura hueca al tacto es lo que queda de la cortina de hierro en el Parque del Muro (Mauerpark), en Berlín. El corazón de cemento de la pared derruida palpita debajo de innumerables capas de pintura y aerosol. Los rescoldos de grafitis encenizan el aire del mediodía pegajoso. El detalle pasa inadvertido a los comprometidos miembros de la Interbrigada -agrupación cultural y política alemana solidaria con Latinoamérica- que acompañan a un pintor venezolano en su bautismo en la meca del arte callejero. Spray verde en mano, el invitado enfatiza las sombras de un reptil. La creación atrapa a los peregrinos que buscan en Mauerpark los escombros de la muralla física y espiritual taladrada en 1989.
El cambio permanente de decorado es el decorado permanente de este segmento -casi 300 metros- del Muro de Berlín. "El grafiti puede durar sólo dos minutos. Su futuro depende del próximo pintor", pronostica Arline Morillo, profesora de Bellas Artes y estudiante de un posgrado en Etnología que, con la ayuda de una cámara, registra minuciosamente el progreso de los murales. Un silencio de biblioteca acentúa la solemnidad de la ceremonia. Morillo precisa: "estos chicos son pacíficos y muy laboriosos. Vienen aquí a expresarse, a dejar consignas sobre los asuntos que les preocupan. La protesta mantiene vivo al Muro, que siempre ha estado al servicio de la causa de la libertad".
Dos décadas después de la aplastante y estrepitosa caída de la cortina de hierro, los vestigios de Mauerpark, ubicados en el vecindario vanguardista de Prenzlauer Berg, se resisten a desempeñar el papel superficial de otros remanentes. Este santuario de los grafiteros es la única porción del Muro que se mantiene fiel a la tradición artística de denuncia social espontánea surgida en la década de 1980, en la cara occidental del símbolo más recalcitrante de la Guerra Fría.    

Piqueta busca esplendor
El Muro del mundo bipolar fue construido por orden de las autoridades de la República Democrática Alemana (RDA) durante una noche de agosto de 1961. La muralla, que impidió el contacto físico entre los berlineses del oeste y del este durante 28 años, somatizó la rivalidad entre las dos potencias económicas y militares (Estados Unidos y lo que entonces era la Unión Soviética), y sus respectivas ideologías (capitalismo y comunismo). Otra noche, la del 9 de noviembre de 1989, puso término al aislamiento en cuyos límites fueron fusilados dos centenas de ciudadanos orientales.
Berlín conserva poco más del 1,5% de esa pared de 106 kilómetros de longitud y 3,6 metros de altura. La "East Side Gallery", con sus trece cuadras de extensión, fue destinada a exhibir 118 diseños de artistas de 21 países convocados en 1990. Este año, el Estado alemán invirtió un millón de euros (5.487.000 pesos) en la restauración de las obras. Otros pequeños bloques diseminados por la ciudad sobrevivieron a la piqueta incansable que, desde la reunificación de Alemania, se afana en devolver el esplendor arquitectónico a la ciudad capital.

A gusto del consumidor
La destrucción del Muro, originalmente un acto de euforia y liberación de los berlineses, ha producido 20 años de frutos económicos. El negocio abarca desde el multitudinario turismo nostálgico de la Guerra Fría hasta terrenos para el desarrollo inmobiliario. Ni los trozos demolidos fueron desaprovechados: entre los paradójicos y singulares compradores de los segmentos de la cortina de hierro están incluidos la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense, y el hotel y casino Main Street Station, de Las Vegas, que colocó los bloques en un baño para hombres.
Un comerciante berlinés, Volker Pawlowski, abrió una fábrica de reliquias y recuerdos turísticos con los 300 metros de Muro adquiridos en una de las muchas subastas organizadas durante la década de 1990. En el presente, Pawlowski es el proveedor líder de productos vinculados con la cortina. Este pionero en la elaboración de llaveros y otros objetos con fragmentos del cemento de la RDA afirma que el suyo es un negocio como cualquier otro. Con esa actitud pragmática decidió retocar los grafitis originales erosionados por el tiempo. Las piezas de colores intensos, asegura Pawlowski, son las preferidas de sus clientes.  

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