Vampiro, pero limpito

"Crepúsculo". Bella es una adolescente que vuelve a vivir con su padre (divorciado) en un pequeño pueblito del Estado de Washington. En la escuela conoce a un enigmático joven del que se enamora perdidamente; los sentimientos de Bella son correspondidos, pero el muchacho no es un ser humano sino un vampiro que se debate entre el impulso de su instinto y el respeto que le impone su amor por la joven. Regular. Por Juan Carlos Di Lullo - REDACCION LA GACETA

03 Enero 2009

La escritora Stephenie Meyer descubrió una fórmula con éxito garantizado para una legión de adolescentes de todo el planeta: el romance (peligroso, casi prohibido) entre una introvertida jovencita y un apuesto muchacho que exhibe (o, mejor dicho, trata de ocultar) una singular característica: es un vampiro. Claro que no se trata de un chupasangre salvaje y violento; tampoco es un refinado seductor ante cuyo magnetismo se ofrecen mansamente los cuellos de las víctimas. En este caso, el héroe es un atormentado ser que destroza las yugulares de animales silvestres para aplacar su sed porque ha aprendido a vivir sin beber sangre humana (se autocalifica como “vegetariano”) y que, enamorado a primera vista de la protagonista, debe reprimir la pulsión de su especie para no matar a la destinataria de su pasión. Un vampiro, en resumen, civilizado y con principios éticos. Con este material, Meyer construyó una saga literaria que alcanzó un éxito espectacular (se viene el cuarto libro) y que rápidamente despertó el interés de los productores cinematográficos. Esta versión para la pantalla, obviamente la primera parte de una serie, sirve para presentar (demasiado esquemáticamente) a los personajes y para jugar -a veces con escaso sentido del ritmo- con los nervios de la platea adolescente que espera que se concreten de una buena vez los arrumacos con los que amaga constantemente la pareja protagónica. Por lo demás, la película derriba viejos preceptos de la literatura vampiresca (no hay problemas con los ajos, la luz del sol no los incinera sino que provoca destellos purpúreos de sus pieles blanquecinas, no tienen colmillos filosos ni ojos sanguinolentos, no están condenados a esconderse durante el día ni a reposar en ataúdes) y atenúa convenientemente la carga terrorífica de estas criaturas frecuentemente identificadas como monstruos. El producto está inteligentemente realizado con la mente puesta en el segmento de público al que va dirigido, por lo que todas las críticas que puedan hacérsele se desvanecen ante el entusiasmo de la platea adolescente, que chilla puntualmente ante cada aparición del lánguido Robert Pattinson y, una vez terminada la proyección, empieza a contar los meses que faltan para que llegue el próximo capítulo de la saga.

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