Antes de entrar de lleno en la entrevista, Tomás Eloy Martínez recorre el estudio de Aldo Sessa. Admira una foto enmarcada de Manuel Mujica Láinez, con quien trabajó durante su juventud, escritorio de por medio, en La Nación. “Es la imagen más conocida de Manucho”, le dice a su autor.
Siguen caminando por una galería en la que están retratados otros escritores, como Ernesto Sabato. También hay allí otros registros representativos del artista, como el de una manos jóvenes y desgastadas que sostienen un mate un momento antes de traspasárselo a un compañero que no se ve, pero que está implícito, y de ese modo motorizar ese ritual que expresa tanto sobre los argentinos. Tomás Eloy se sorprende con unas fotografías, tomadas en el teatro Colón, de unas bailarinas que están en medio de unos ejercicios. “Parece un Degas”, señala el escritor y el fotógrafo le cuenta los detalles y secretos de esa captura.
Luego, se paran frente a dos fotos que muestran dos caras opuestas del edificio Chrysler, un emblema de Nueva York, ciudad que ambos confiesan que aman. Martínez es quien esta vez asombra a Sessa con un detalle de la torre de Van Allen, quien fuera, en su momento, arquitecto del edificio más alto del mundo.
Sessa y Martínez son dos hombres cosmopolitas con una obsesión común por su país. A lo largo de su obra han rastreado una y otra vez las claves para comprender la Argentina, intentando enfocar sus lados ocultos, pintando lo que existe y lo que no, capturando los instantes y las frases que contienen múltiples variantes de la verdad. Acerca de todo eso hablan.
Finalmente, se detienen frente a una de las mayores, de la las más sugerentes fotografías de Sessa, en la que se aprecia cómo la luz quiebra las reglas de la geometría, cómo las sombras pueden burlar las leyes de la realidad. Como bien dijo Ray Bradbury, de esa y de otras imágenes fantasmagóricas de Sessa, aparece allí una cuarta dimensión que se esconde detrás de la mirada obvia, un espíritu que capta lo que no está. Y eso es lo que rescata también Martínez en su última novela: lo que no existió, lo que merece ser.
La conversación se desliza hacia esa faceta del arte. Martínez habla de una foto del fotógrafo checo-francés Josef Koudelka que muestra a un gitano esposado que es trasladado por la policía ante la mirada de otros miembros de su aldea, pero que refleja mucho más que eso: lo que revela es casi una novela. Martínez ha escrito sobre ello, sobre las fotos de Stern que prefiguraron la muerte de Marilyn Monroe, sobre la belleza de lo que las fotos se niegan a decir.
Aldo Sessa conoce y se mueve bien entre los pliegues de la nada que obsesionan al autor de Purgatorio, ha condensado muchos de los conceptos a los que se está por referir el escritor en unos minutos. Juntos atraviesan la puerta que lleva a un patio de ensueño, Martínez empieza a hablar, a tejer anécdotas perfectas, a guiarnos por los laberintos de la historia y de la literatura.
Sessa, como un cazador experimentado, busca los ángulos adecuados, logra apostarse en los rincones que le permiten detener el tiempo, captar las luces que iluminan la esencia del relato. Entre ambos componen la sinfonía de imágenes y palabras que aquí podemos disfrutar.
© LA GACETA
21 Diciembre 2008 Seguir en 











