- ¿En cuánto se parece la fotografía, teniendo en cuenta su relación con el azar y la capacidad de construir una realidad alternativa, a la literatura?
- La fotografía es un arte autónomo. Depende del manejo del tiempo y del espacio. Hay un espacio que se expande más allá del encuadre y que puede verse en una buena foto. El fotógrafo aprende a prever el azar. Un escritor no debe ser ajeno a nada, debe ser una esponja que absorba toda forma de conocimiento, la pintura, la música, el cine, etc. Y debe tratar de introducir todo ello en su obra, mientras no disloque su estructura.
Off the record
Termina la entrevista con Tomás Eloy Martínez pero las anécdotas no cesan. Y cada una de ellas es un relato cautivante, redondo, perfecto. Aquí van tres, que le escaparon al grabador, pero que no merecen perderse.

Dos tucumanos buscando el cadáver de Eva Perón
“Fui a entrevistar al presidente del Congreso Judío Mundial, en Gstaad (Suiza), que se llamaba Naum Goldman. Y su secretaria me cuenta, en uno de los intervalos, que ella tenía una amiga que era secretaria de la embajada argentina en Alemania. Le había dicho que habían cambiado de lugar la carbonera que estaba en el patio trasero de la embajada. En París, se lo comenté a Walsh y él me dijo: “lo que están mudando no es la carbonera sino el cadáver de Eva”. Me fui en auto desde París hasta Bonn. Por puro azar encontré a un tucumano, un ex compañero del colegio primario, Adolfo Saracho, que estaba de guardia, a cargo de la embajada. Adolfo me ayudó a buscar documentos pero no encontramos más que un papel de traslado de un cajón de carbonera de Bonn a Milán. Era una pista falsa. Pero a mí me parecía una pista. En ese momento lo buscaba a Walsh porque pensaba: “si encuentro el cadáver, ¿qué hago?”.

“Señor príncipe, thirty dollars”
“Hace poco recordábamos con Vargas Llosa anécdotas sobre Dalle Nogare, el editor de Primera Plana. Algunas de las que más me divierten son las que reflejan su relación con el dinero. Me costó muchísimo convencerlo para que me mandara a Hiroshima y Nagasaki en 1965, cuando se cumplía el 20º aniversario del bombardeo atómico. Para cerrar la discusión le dije, sin pensar cómo lo haría, que le reintegraría todo el dinero del viaje. Eran 5.000 dólares y esa era una suma inaccesible para mí. Pude cumplir mi promesa cuando logré venderle las notas que hice en Japón, que serían publicadas antes en nuestra revista, a L’ Express por esa cifra. Pero hay otra anécdota mejor. Gustaf Waren, representante de importantes papeleras suecas, me había invitado a Estocolmo. Aprovechando que estaba allí, le dije a Dalle Nogare que valía la pena ir a Gotemburgo, una ciudad sueca cercana, para cubrir el estreno de una obra de Ingmar Bergman y hacerle una entrevista. El me contestó que no podía asumir costos. Será muy barato, le dije, solamente estaré unas pocas horas y lo único que hay que pagar es el pasaje de ida y de vuelta en tren, que costaba el equivalente a 30 dólares. Me replicó que le pidiera al gobierno sueco, a través de la embajada, que cubriera ese monto. Me pareció absurdo, no lo hice y, cuando ya me había olvidado por completo del pedido, pasé los pocos gastos del viaje a la revista. Tiempo después, la embajada sueca en Buenos Aires nos invitó a una recepción que se hacía al príncipe de Suecia. Durante las presentaciones, el embajador sueco le dijo al príncipe que yo había escrito las notas de Primera Plana sobre Suecia. Luego, lo señaló a Dalle Nogare y le dijo que él era el editor de la revista. Dalle Nogare le pidió al traductor, que traducía del castellano al inglés, que le dijera al príncipe que en Suecia lo habían tratado muy bien a su enviado especial pero que él había hecho un viaje para ver la obra de un sueco del que no se acordaba el nombre y que el gobierno no le había pagado el pasaje que valía treinta dólares. El traductor tradujo la primera parte y eludió disimuladamente la última. No, no - dijo Dalle Nogare en castellano -, señor príncipe, hay algo muy importante que el traductor no le dijo: thirty dollars, thirty dollars”.
“Si no sale en LA GACETA, no es importante”
“Poco después de que se publicara Santa Evita en los Estados Unidos, llamo a mi madre un domingo y le cuento que ese día The New York Times me había dedicado una página completa. ¿Y es eso importante?, me preguntó. Bueno, le contesté, se trata del diario más prestigioso del mundo y los domingos tiene 10 millones de lectores. ¿Y cuándo sale en LA GACETA?, me replicó. Probablemente nunca, le dije. Hijo, concluyó intentando atemperar un entusiasmo que ella adjudicaba a mi ingenuidad, si no sale en LA GACETA, no es importante ”.
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