- Tucumán estuvo presente en toda tu obra. Allí comenzó, concretamente en LA GACETA, tu carrera periodística y ahí también se afianzó tu carrera literaria.
- Me recibiste, cuando tenía 16 o 17 años, en una oficina que luego sería la de Joaquín Morales Solá (padre). Empecé a colaborar en la Página Literaria. En el diario primero me propusiste que hiciera las pizarras con letras movibles. Luego pasé a Corrección de Pruebas, que creo que fue mi verdadera escuela de periodismo. Había una comunidad intelectual riquísima en esa sección, dirigida por Luis Véliz Toscano, en la que estaban Roger Labrousse, María Elena Vela, Celma Agüero, Raúl Dorronzoro. Hablábamos de Platón, de (Jean-Paul) Sartre, de (Franz) Kafka. Yo les mostraba, osadamente, mis ejercicios de literatura. Eran amigos que nunca me desalentaban, nunca se burlaban de mí, a pesar de que eran ejercicios horribles. Luego me trasladaste a hacer los títulos de las páginas Nacional e Internacional, que armaba luego en el taller. Finalmente fui cronista de temas universitarios y, ocasionalmente, de temas políticos. La primera -e inolvidable- nota política que hice fue durante la convención radical de 1957, que proclamó candidato a presidente a (Arturo) Frondizi. Por azar, me tocó entrevistar a quien sería candidato a vicepresidente, vicepresidente fallido, Alejandro Gómez. También escribí críticas de cine, como segundo de Julio Ardiles Gray, que era el crítico titular de LA GACETA. Una de esas notas le gustó a Juan Valmaggia, entonces subdirector del diario La Nación, que pasaba por Tucumán. El diario se había quedado sin críticos de cine y yo entré a ocupar ese espacio? Allí conocí a (Eduardo) Mallea, a Manucho Mujica Láinez, a (Octavio) Hornos Paz. La literatura entraba por todos los poros. Seguí unido a Tucumán, a través de mis colaboraciones en LA GACETA Literaria, que nunca se interrumpieron.
- A través de seis décadas...
- El texto que recuperaron hace poco en LA GACETA Literaria (Noticia de Vicente Barbieri, LGL 30/11/08) fue completamente inesperado. Me sorprendió constatar que yo lo había escrito en 1952, con 18 años.

- Lo notable es que en Purgatorio, tu última novela, hay fuertes reminiscencias de ese texto.
- Lo que ocurre es que uno es siempre el mismo. El ser es idéntico; lo que cambian son los aprendizajes, las impregnaciones que el mundo te deja. Si tenés una sola entidad, un solo ser, sos fiel a vos mismo. Y sos el mismo escritor, mejor o peor, siempre.
- ¿Cuánto te aportó el periodismo a tu obra literaria?
- El aprendizaje del periodismo fue muy útil en mi vida. Me permitió ser un mejor escritor. Desarrolló mi curiosidad, aprendí a investigar, a apasionarme con la investigación, a desentrañar todos los datos de un personaje. Sin eso no hubiera podido escribir La novela de Perón, Santa Evita y los libros de investigación. Y me lo dio en gran medida LA GACETA, que fue una escuela entrañable. Había gente de primer nivel y todavía la hay. Pero en ese entonces lo notable era su generosidad intelectual. Con María Eugenia Valentié, Labrousse y Dorronzoro compartíamos las lecturas de los presocráticos, de (Edmund) Husserl? LA GACETA Literaria me permitió tener mis primeros amigos literatos en Buenos Aires, como Augusto Roa Bastos y una de las más grandes poetas argentinas, la injustamente olvidada Amelia Biaggioni, una poeta, para mi gusto, mejor que Alejandra Pizarnik. También me permitió pelearme, a través de las polémicas literarias que estimulaba y que oxigenaban el clima cultural. Lo que Tucumán dio y da a la literatura argentina lo hizo a través del caldo de cultivo que LA GACETA Literaria fue siempre. Allí surgieron figuras de relieve, escritores de enorme talento como Juan José Hernández y Víctor Massuh, que lograron reconocimiento a nivel nacional.

La muerte y la felicidad
- En tu última novela hay otras presencias importantes: las de la enfermedad y la muerte. ¿Cómo enfrentás a estos dos fantasmas?
- La enfermedad llega como un rayo. En 1998 un médico norteamericano me dijo que tenía un tumor en el riñón, metástasis y seis meses de vida. Esa experiencia me enseñó que siempre hay esperanza. El fantasma de la muerte está ahí pero yo trato de no darle importancia. Llegará quizás cuando menos la espere pero me gustaría, como dijo alguna vez Margarite Yourcenar, morir con los ojos abiertos, saber qué hay del otro lado. Purgatorio fue escrita en medio de una enfermedad muy grave que tuve, y que tengo.
- Mi sensación como lector es que la enfermedad atraviesa la novela pero no se si se trata de una lectura subjetiva.
- No, de hecho parte de la novela la escribí pensando en vos; en tu temor a la enfermedad y a la muerte, como una forma de compartir con mis amigos esa experiencia. Pero la enfermedad y la muerte no deben impregnar la vida, no deben ocupar los espacios que nos quedan. A la vida hay que gozarla. ¿Cuánto nos queda? No lo sé, nunca se sabe. Nada pasa como uno cree que va a pasar. Por ejemplo, la mujer a la que yo amé tanto, Susana Rotker, fue atropellada por un camión que también me atropelló a mí, en un suburbio de Estados Unidos. Yo pude haber muerto entonces pero fue ella la que tuvo esa muerte injusta, imposible, a los 45 años. Afronté esa muerte y salí adelante. Todos los días hay que buscar razones y proyectos para seguir viviendo.
- Alguna vez te escuché decir muy convencido que uno de los momentos más felices de tu vida lo tuviste en Japón. ¿Cómo fue exactamente?
- Fue un amanecer en que yo iba en un tren de Osaka a Hiroshima. De repente miré a través de la ventana y vi un paisaje de otro mundo. Una salpicadura de islas que emergían del mar del Japón bajo una luz irrepetible. Me pellizqué para darme cuenta de que no estaba soñando. Fue una experiencia de vida muy profunda.
La crisis
- Viviste muchos años en los Estados Unidos y hoy seguís muy conectado a ese país, que en la actualidad atraviesa una de las mayores crisis de su historia. Los norteamericanos creyeron, hasta hace poco, tener un destino manifiesto. Tenían fe en el capitalismo y en el sistema republicano. Pero George W. Bush socavó las bases del liberalismo con un déficit monstruoso, dos guerras innecesarias y el avasallamiento de libertades esenciales. En uno de tus artículos hablabas del fin de la arrogancia ¿Ha llegado también el fin de la confianza norteamericana en los principios de los padres fundadores?
- Esos principios fueron destruidos sistemáticamente por Bush y por (Dick) Cheney; no hay que olvidar al vicepresidente, que tuvo un papel central en ello. Ambos instalaron una falta de tolerancia hacia el otro, hacia otras culturas; pregonaron la necesidad de invadir los territorios de la privacidad individual y defendieron a la tortura como un medio válido de interrogación. Acabaron con todos esos ideales de los padres fundadores. A partir de Bush y de Cheney, los Estados Unidos dejaron de ser lo que siempre habían sido; el de ellos fue un gobierno legal pero ilegítimo. Ilegítimo porque perdió las elecciones y fue impuesto a la población por una fallo cuestionable de una Corte Suprema de Justicia ultraconservadora. Estados Unidos se encuentra hoy despertando de esa pesadilla. Espero que el país se recupere; pero es mucho más difícil recuperarse de las heridas morales que de las económicas.
- ¿Debajo de la crisis económica existe una crisis cultural?
Sí, si la entendemos como una crisis de valores. En Purgatorio hay un momento en el que el personaje de Emilia, cuando regresa en tren a su empresa de mapas, dice "ya no vale la pena vivir en este país". Eso expresa, de algún modo, mi desaliento con los Estados Unidos.
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