"Mi trabajo está en venta, mi firma no"
El autor de Santa Evita reconstruye su paso por el periodismo porteño, su traspié con La Nación, su llegada a Primera Plana y los inicios de su amistad con los que, como él, se convirtieron en los grandes escritores de América latina. Los consejos de García Márquez, una profecía de Fuentes, y sus pisadas sobre Cien años de Soledad. Fotografías de Aldo Sessa. Entrevistado por Daniel Alberto Dessein y por Daniel Dessein. Videos.
Primera Plana
- Tomás Eloy Martínez es, entre muchas otras cosas, el hombre que prendió la mecha del boom latinoamericano, desde la mítica Primera Plana. ¿Cómo llegaste a la revista?
- Llegué a Primera Plana por azar, a raíz de un entredicho que tuve con La Nación y que hoy recuerdan en el diario como un ejemplo de periodismo. Yo firmaba mis críticas de cine y a causa de ellas las distribuidoras retiraron sus avisos. El diario aguantó unos 15 o 20 días la pérdida y un buen día me llamó el administrador, me dijo que yo debía saber que era un empleado de La Nación y que tenía que escribir lo que me indicaran. Le dije que así lo haría pero siempre y cuando me retiraran la firma. El me dijo que eso no era posible y le contesté: mi trabajo está en venta, mi firma no. Ahora, los dueños del diario me pidieron que cuente esa anécdota en la redacción, como muestra del orgullo que debe sentir un periodista por su nombre y de la defensa que debe hacer de él, hasta las últimas consecuencias. Pero en los 60 quedé en la calle, durante un año trabajé en una agencia de publicidad. Luego me llamó (Jacobo) Timerman para que me sumara a Primera Plana, ignorando que la revista estaba asociada al movimiento militar azul. Me enteré un año después, cuando Timerman renunció a la dirección y le vendió la revista a su copropietario, Victorio Dalle Nogare, que era completamente ingenuo en materia periodística. Reunió a las tres cabezas de la redacción: Ramiro de Casasbellas, Julián Delgado y yo, ninguno de los cuales había cumplido 30 años. Nos dijo: muchachos, hagan el Billiken de la familia. No podíamos creerlo. Después de eso, lo conversamos y nos lanzamos a trabajar, dividiéndonos las tareas. Yo me encargaría de Cultura, área que hasta entonces había cometido graves errores. Había destrozado libros como Zama, de (Antonio) Di Benedetto, La ciudad y los perros, de (Mario) Vargas Llosa, Pedro Páramo, de (Juan) Rulfo. Convoqué a colaboradores valiosos como (Edgardo) Cosarinsky y Luis Harss. Eramos muy osados y democráticos en las discusiones en las que elegíamos la tapa. Por ejemplo, en el 63 discutimos cuál era el hecho cultural del año. Yo propuse a la aparición de los Beatles pero me dijeron que estaba loco y perdí la votación. Cuando el tiempo me dio la razón, me dieron margen de acción. Así pude poner en tapa a (Leopoldo) Marechal, a (Carlos) Fuentes, a Rulfo y la revista de convirtió en un vocero de la cultura latinoamericana. Fue el primer promotor del instituto Di Tella, del teatro de Griselda Gambaro, de muchos que eran despreciados por sus posiciones vanguardistas. Marta Minujin y El Greco también aparecieron en las portadas. Estuve a punto de publicar a Boquitas pintadas, de Manuel Puig, como folletín.

Gabo y el boom latinoamericano
- Recordanos tu primer contacto con Cien años de soledad y con su autor.
- Luis Harss está escribiendo el libro Los nuestros, con el que fijará el canon del boom latinoamericano. A raíz del libro conoce a Fuentes, éste lo lleva a (Gabriel) García Márquez. Harss le recomienda a Sudamericana publicar la obra del escritor colombiano. La editorial de García Márquez en México, Era, no había querido publicar Cien años de soledad. Cuando le llega a Paco Porrúa el primer capítulo de la novela, queda completamente deslumbrado. Me llama y me invita a su casa a leer las primeras páginas. Llovía atrozmente y cuando pasé me encontré con una gran cantidad de papeles en el piso que yo supuse que estaban allí para evitar que se ensuciara el piso. Para eso los usé, sin percatarme que eran los originales de Cien años... Hoy se los puede reconocer por mis pisadas, que van de la página 92 a la 108.

- Bueno, podés decir que dejaste tu impronta en Cien años de soledad.
- Así es. García Márquez se volvió famoso cuando llegó a Buenos Aires, la gente lo aplaudía en la calle. El dueño de Café de Colombia le hizo una fiesta y allí García Márquez, que tenía fama ya entonces de gitano, de adivino, encontró a una chica en un rincón. Me la señaló y me dijo: tiene ganas de llorar. El se le acercó, le dijo algo y ella soltó unos lagrimones. Después volvió, le pregunté qué le había dicho y me contó que simplemente le había preguntado por qué estaba triste. ¿Y cómo supiste que estaba triste?, le pregunté. Y me contestó: ¿has conocido alguna mujer que no esté triste? Allí me mostró una gran sabiduría sobre la condición humana y nos empezamos a hacer amigos. Tiempo después Gabo fue mi confidente en un momento en que dudaba si separarme o no de mi primera mujer. Eso se resuelve con mucha simplicidad, me dijo. Tenés que responderme, con un sí o con un no, si la querés o no la querés, agregó. Bueno, le contesté, no sé, la quiero pero? No, Tomás, me dijo García Márquez, el que duda no ama. Esa frase la usé después en Bazán, un cuento que publiqué en LA GACETA Literaria. Gabo tiene una sabiduría instintiva, resuelve los más complejos problemas humanos con frases muy breves.
- ¿Cómo conociste a Carlos Fuentes?
- Fue en un balcón de la calle Quintana, en Buenos Aires, cuando yo tenía 24 años. Desde allí vimos una espalda maravillosa de una mujer, una espalda de otro mundo, propia de una diosa griega. Fuentes nos decía, a los que estábamos en el balcón, que se tenía que acercar a ella porque estaba obnubilado con lo que veía. Pero de pronto llegó un escritor que estaba allí, le dijo algo al oído de la mujer, le pasó un brazo por la cintura y se la llevó. No sé quién será ese escritor pero lo que sí se es que nunca formará parte de la "mafia" de los grandes escritores, sentenció Fuentes. Era Ernesto Sabato.
- Fuiste uno de los grandes difusores del boom latinoamericano y uno de los descubridores de su obra cumbre. ¿Qué fue, cuándo nació y cuándo murió el boom?
- En la conversación que tuve con Luis Harss el año pasado, él recuerda muy bien cómo va llegando de un autor a otro. Todo empieza por Rayuela. El libro lo lleva a Harss a entrevistar a Cortázar y éste le recomienda otros autores. Se creó una especie de "mafia" de amigos que se recomendaban mutuamente. El 63, con la salida de Rayuela, que es el primer libro que instala la "mafia", podría considerarse el año del comienzo del boom y la identificación con la Revolución Cubana, uno de los elementos aglutinantes del grupo. Victoria Ocampo desconfiaba mucho de los escritores latinoamericanos y eso hace que Sur pierda la batalla contra Primera Plana, que defendía los valores nuevos de la literatura.
- Le preguntaste a Luis Harss a quién incluiría hoy en Los nuestros, como muestra de la mejor y más novedosa literatura latinoamericana. Y no se animó a contestar. ¿A quiénes incluirías vos?
- No incluiría a los escritores argentinos que suenan. Actualmente, no hay nada novedoso o transformador en la literatura argentina. Sí incluiría al mexicano Juan Villoro, a los colombianos (Juan Gabriel) Vázquez y (Andrés) Caicedo, el peruano (Santiago) Roncagliolo y a un latinoamericano que escribe en inglés, que es Junot Díaz. En esta especie de internacionalización de la literatura aparece este curioso rasgo: la lengua castellana es renovada por autores que escriben en inglés.
- ¿No rescatás ningún autor argentino?
- Hace unos meses, hubiese rescatado a Washigton Cucurto. Pero ha caído en una caricatura, una repetición de sí mismo que anula la renovación que introducía antes. Hay una escritora joven, Samanta Schweblin, de la que he leído poco pero en la que he encontrado aires de renovación.
- Harss incluye en su canon a Borges junto a García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa. Muchos críticos han señalado la influencia que ha tenido Borges sobre los escritores del boom latinoamericano en lo que hace a la ruptura de géneros o el cuestionamiento a la verdad histórica.
- Muchas veces he pensado que así como cuando uno quiere innovar en el campo de la novela, descubre que todo está prefigurado en El Quijote, también sucede que todo aquello que queremos escribir en la literatura argentina ya está prefigurado por Borges. Todo. El cruce de géneros está en su Historia universal de la infamia, por ejemplo. Borges es demasiado grande y es difícil avanzar más allá de sus límites.
- También marcaste la influencia negra de Borges en lo que hace a su intento de erradicar los sentimientos de la literatura.
- Sí, lo dije en un texto que se llama Sombra terrible de Borges. Es una fórmula aplicable a su caso porque él es capaz de escribir gran literatura sin sentimientos. El problema se genera cuando eso se transforma en un mandato porque todos los mandatos, tanto en la literatura como en la vida, son malos. Ese mandato ha secado buena parte de la literatura argentina posterior a Borges como lo hizo le Nouveau roman, que secó la novela francesa. Pocos se han salvado del mandato borgeano. Puig, tan denostado en su época, es uno de esos pocos. En paralelo, hay muchos escritores sobrevalorados. Rodolfo Walsh, por ejemplo. Fue un muy buen periodista que escribió uno o dos buenos cuentos, Esa mujer y Nota al pie. Hay santos que se eligen por falta de imaginación.
La novela de Perón
- Las entrevistas con Juan Domingo Perón llegaron casi por casualidad y cambiaron tu vida. La novela de Perón transformó en gran medida la imagen que los argentinos tenían de él. ¿Cuánto ha cambiado hoy la imagen que vos tenías de Perón cuando escribiste la novela?
- Acabo de leer las pruebas de página de Las vidas del general, que reúne las declaraciones que me hizo Perón en Puerta de Hierro, junto a los textos que escribí alrededor de esas declaraciones. Y me doy cuenta de que ese retrato le queda corto. Perón era un simulador y un gran manipulador de los sentimientos argentinos. No es afortunado que los argentinos hayamos tenido a Perón ni que sigamos viviendo todavía en el caldo de cultivo de su autoritarismo. Creo que sin Perón la Argentina sería mejor.
- ¿Cuánto hay de Perón en el kirchnerismo?
- El gobierno se declara peronista pero me parece que es peronista a medias. El problema es que no es fácil saber qué es el peronismo. Creo que el peronismo es un trampolín para determinados políticos con afán de poder. Es una especie de burbuja en la que adentro, como en toda burbuja, hay nada.
- Hay una conexión interesante entre las discusiones de los personajes de Purgatorio, Simón y Emilia, acerca de la naturaleza de los mapas y una reflexión que hace Cristine Mattos, en el prólogo a tu antología, sobre tus textos. Ella dice que el lector, en tus escritos, no cuenta con cartografías de apoyo, no encuentra un horizonte de expectativas. Griselda Zuffi, por su parte, en su ensayo Demasiado real, te coloca en el postboom, junto a Augusto Roa Bastos, y califica a tu escritura como postestimonial. ¿Te sentís cómodo dentro de esas categorías?
- No, creo que las calificaciones genéricas son cómodas para los profesores para poder orientarse. Yo prefiero desorientarlos, moverme en fronteras imprecisas. Por ejemplo, y sin ánimo de compararme con el autor, ¿dónde situás a un texto como El artista del hambre o En la colonia penitenciaria, de Kafka? ¿Son visiones del futuro? ¿Son textos apocalípticos? ¿Qué son?
- La "literatura latinoamericana" también es una categoría. ¿Crees que hay características que le dan unidad a los autores de nuestros países?
- Creo que, sin ser latinoamericano, Borges era profundamente argentino. ¿Cómo asociar dentro de un mismo haz a Borges y García Márquez? Sí podría establecerse algún tipo de parentesco entre García Márquez y (Manuel) Mujica Láinez, por la riqueza de la escritura, la calidad de la imaginación, pero no entre el primero y Borges. También puede conectarse a Rulfo con Roa Bastos, por la inserción de diversas lenguas en sus obras. Pero no, pensando en los poetas, a (Juan) Gelman con Gonzalo Rojas, o a Alejandra Pizarnik e Idea Vilariño o la mexicana Coral Bracho. No hay ningún vínculo, ninguna semejanza.
- La editorial Alfaguara está por reeditar la mayoría de tus libros, constituyéndose en una suerte de Obras completas voluntariamente incompletas. ¿Qué camino de lectura le recomendarías a un joven que quiere adentrarse en tu obra?
- Le diría que empiece con Lugar común la muerte, que está por salir ahora; que siga con Purgatorio y que luego retroceda hasta Santa Evita, Réquiem por un país perdido y La mano del amo, libro que no hay que desdeñar. Sin embargo, los jóvenes escritores argentinos, con quienes hablo mucho, prefieren de manera casi masiva La novela de Perón, que no es el libro que más me gusta, aunque quizás haya sido aquel en el que más trabajé.
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