Bienvenidos a la final de la Copa Davis. El estadio “Islas Malvinas” estaba lleno de carteles que, en letras de distintos tamaños, entregaban el mismo mensaje. Todos sabíamos lo que estaba pasando en ese lugar, aunque la realidad tardó un poco en mostrarlo. Las dos primeras horas, las del triunfo de Nalbandian sobre Ferrer, parecieron otra cosa. Fue un partido sin nervio, con poca incertidumbre, ausente de drama, vacío de misterio. Una vez más, David convirtió un viernes copero en el escenario exacto para mostrar su mejor tenis. De a ratos fue una máquina, de a ratos también, se aprovechó de un Ferrer que jugó igual que en sus últimas veces en el circuito. Un canto a la lucha y a la fortaleza mental para no darse por vencido, y a la vez, una muestra contundente de limitaciones técnicas y falta de confianza. David, en cambio, sacó muy bien, desequilibró cada una de las veces que jugó su revés paralelo, y regaló varios lujos cuando subió a la red a cerrar rápido los puntos.
Desde la lógica Del Potro era el candidato para el segundo punto. ¿Qué pasó entonces? Evidentemente la atmósfera copera hizo lo suyo. Durmió poco y mal la noche del jueves, y eso significó más cansancio para un cuerpo cansado. Sus movimientos no tuvieron la frescura de otras tardes, y esto va más allá del dolor en las uñas de los pies. De tono parejo, el desarrollo del juego mostró además a un López que dio buenas respuestas anímicas y que una vez situado en el terreno buscado (llegar al tie break) se bancó el peso de la responsabilidad. Conceptualmente fue el mismo jugador de siempre: saque influyente, acción en la red, y un slice que hizo trabajar mucho las cansadas piernas del tandilense. ¿Qué hubiera pasado si Juan Martín no se lesionaba? Nadie lo sabe pero vale decir que ya estaba perdiendo cuando mostró los primeros gestos de dolor.
Hoy es día de dobles. Y más que nunca, con la serie 1-1, este partido tendrá doble valor.
22 Noviembre 2008 Seguir en 










