¡Uno, dos, tres, cuatro! ¡Media vuelta! ¡Vuelta entera! Con obstinado entusiasmo, el profesor de danzas folclóricas repite una y otra vez las consignas por micrófono. Y la chacarera va tomando forma en la marea de bailarines principiantes.
Alberdi, con sus ojos de mármol, observa desde lo alto de su monumento cómo va llegando gente al baile de su plaza. Las luces de la tarde se apagan y cobran sentido las farolas encendidas desde muy temprano. Sones picantes de guitarra, bombo y violín despiertan al barrio de la vieja estación del Mitre y la gente va a la plaza, dispuesta a cambiar la melancolía inexorable del domingo por un rato de fiesta.
En la hilera de parejas de aprendices de toda edad hay un chico alto que sobresale porque baila casi sin mover la cabeza. Es Juan; sonrisa plena, morocho, buen mozo, menos de 20 años; la mano derecha apoyada siempre sobre el hombro de María, su mamá, que le dicta al oído la coreografía, como si le hiciera falta... ¡Zapateo! -grita el profesor- y Juan se enciende, golpea rudamente el suelo y su cuerpo retumba al compás que dictamina el bombo.
La mirada ciega clavada en la nada, como Alberdi. -¡Media vuelta, giro, abrazo... juntitos! Y Juan abraza a Mirta, su pareja, en un trío con la madre; suspiro y alegría por la chacarera que se ha extinguido. A algunos de los que, por vergüenza, no bailamos, se nos humedecen un poco los ojos.
19 Noviembre 2008 Seguir en 







