Luis Gerardo Caro tenía 14 años y su fanatismo por Atlético Tucumán lo había llevado a la cancha de La Ciudadela para ver el clásico con San Martín el 15 de setiembre de 2001, a pesar de que no les había pedido permiso a sus padres.
Adrián Roberto Brito también tenía 14 años. Estaba feliz de que lo hubieran invitado al cumpleaños de 15 de su amiga Florencia. A él no le gustaba el fútbol. Tenía poco tiempo para dedicarse a otra cosa que no fuera estudiar y trabajar para ayudar a su familia.
Ambos murieron baleados por cobardes.
Ayer, la tragedia no tuvo nada que ver con el fútbol. Se desencadenó lejos de una cancha. Atlético y San Martín no se ven las caras desde hace más de un año. Pero los miembros de sus barras bravas siguen manteniendo sus negocios. Y muchas veces interfieren en los de las otras. El enfrentamiento tuvo el sello que distingue a los mafiosos. Y la mafia, tanto en Tucumán como en el resto del mundo, se caracteriza por su manejo de los negocios ilegales. Apuestas, aprietes, venta de droga y, sobre todo, poder. Dejar bien en claro cuál de las dos barras es la más “pesada”. Los líderes de las dos facciones viven a pocas cuadras de distancia. Se cruzan permanentemente. Pocos creen que lo de ayer se haya iniciado sólo con un insulto. Se habla de un ajuste de cuentas. De una vendetta. De un negocio turbio del que “Tancho” Brito no estaba enterado, pero que le costó la vida.
Cuando lo sacaban de la comisaría, “El Gordo” González dijo que era inocente. “Yo no maté a nadie. Soy una víctima”, gritó. Tal vez no recordaba que la verdadera víctima era un chico de sólo 14 años.
14 Octubre 2008 Seguir en 
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Violencia en el fútbol
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