El clamor del pueblo futbolero fue categórico; cuestionó a los protagonistas del caso, aun cuando no se haya producido en un estadio. Los simpatizantes, sin importar camisetas, levantaron la voz para decir basta. Cuestionaron el hecho y pidieron que se aplique todo el peso de la ley para que el crimen no quede impune.
El verdadero hincha está horrorizado. Un simpatizante puede aguantar 36º en una tribuna de cemento; que el valor de las entradas sea cada vez más alto; los interminables viajes y hasta que el club de sus amores pierda injustamente dentro de un campo de juego. Pero no soporta estos hechos de violencia, porque sabe que puede ser víctima de los bárbaros que caminan libremente por los estadios.

Los simpatizantes, con razón, desde hace varios años exigen que los directivos, la Policía y la Justicia hagan bien los deberes para que los violentos no pisen más una cancha. El problema es que nadie hace nada y, con el correr del tiempo, son los hinchas los que no vuelven a pisar una popular.










