Los impostores

El alperovichismo pretende haber frenado a tiempo en el embate contra la Justicia. Pero en realidad, chocó y volcó. Desactivó un foco de conflicto pero perdió autoridad. Por Alvaro Aurane - Editor de Política.

04 Octubre 2008

En una entrevista que dio en 1984, Jorge Luis Borges recomendó enfrentarse con él éxito y con el fracaso sabiendo que ellos eran dos históricos impostores: nunca se triunfa tanto como se cree ni se fracasa tanto como se piensa. Un cuarto de siglo después, Borges sigue enseñándoles a los tucumanos que, en realidad, el ciego no es él.
El Poder Ejecutivo provincial ha retrocedido una vez más. Esta semana, dio marcha atrás con el proceso de destitución contra el juez René Goane. En la Casa de Gobierno, funcionarios del entorno más próximo del gobernador sonríen satisfechos. Sostienen que el gobernador es un "vivo". Que le dio un escarmiento al vocal de la Corte que fue clave para fulminar de inconstitucionalidad el nefasto Régimen de Enmiendas Legislativas (con 33 votos, la Legislatura de 44 alperovichistas podía cambiar cualquier parte de la Constitución) y la cobarde delegación de la conformación del Consejo Asesor de la Magistratura, que le permite al Gobierno llenar de políticos el sistema de selección de jueces. Que se mostró públicamente la pasada participación del juez en gobiernos militares, y su presente acumulación de remuneraciones. Y que luego del ensayo, se desarmó la puesta en escena para no pagar costos.
Otros funcionarios, más moderados en su fe alperovichista, advierten que el Gobierno quedó magullado. Pero también dicen que se frenó justo a tiempo. Que peor hubiera sido seguir adelante con el proceso. Que es una señal de debilidad haber cedido, pero que seguir hubiera convertido el juicio político contra Goane en el equivalente provincial del conflicto de la Nación con el campo. Ellos asumen que Goane ha quedado blindado contra futuros embates, pero también consideran que, a raíz del enfrentamiento, hay "hechos sobrevinientes" para recusarlo en futuros pleitos.
Sin embargo, el alperovichismo, con estas maniobras, no ha triunfado tanto como cree. Y lo reconocen funcionarios de un minoritario tercer grupo: los que no se engrupen. Para ellos, sin más, el oficialismo pasa por su peor momento. "Estamos para la cachetada", resume uno de ellos. En términos menos barriales, la gestión de José Alperovich ha perdido autoridad. "Lo único que la gente sacó en claro es que este es un Gobierno que sí retrocede: que cuando nos apuran, reculamos", alerta.

Estrellas y estrellados
Es muy altruista la intención del mandatario de unir a los tucumanos. A la par, debería abocarse a reunir las estalladas piezas de su gobierno. Porque, como concede uno de sus operadores, pretender que detuvieron a tiempo el operativo para remover a Goane es hacerse "sana, sana". Lo cierto, admite, es que se estrellaron. "Nunca debimos meternos en esto. Pero cuando lo hicimos, debimos haber ido hasta el final y mostrar fortaleza. No hicimos ni lo uno, ni lo otro", se resigna.
Ahora bien, Alperovich y compañía tampoco fracasaron tanto. Aunque sus errores y sus flaquezas están a la vista, no menos real es que desactivaron exitosamente un foco de conflicto. Al poner reversa, enfriaron la plaza y evitaron que las marchas pasaran de importantes a multitudinarias. A la par, le quitaron a la oposición el argumento que le habían prestado para reunirse: la defensa del Poder Judicial. Y en el Gobierno apuestan asados a que a la multisectorial le quedan, a los sumo, dos reuniones de vida. Finalmente, conjuraron un juicio político en el que el actor principal no iba a ser tanto Goane como su defensor, Ricardo Falú. Y si algo celebra con razón el funcionario oficial es no tener que ver al ex diputado dispararles a mansalva con munición política gruesa desde una tribuna que iba a tener mucho rating. "Para Falú, iba a ser como salir de zafari en el zoológico", dice, risueño, un ministro.

Costuras e hilachas
Por esto mismo, la oposición no ha triunfado tanto como piensa. Su fractura sigue siendo una ventaja para Alperovich. Una costura común hilvana el déficit de unidad de ese sector: la falta de grandezas. En un extremo, hay dirigentes que no miden muy bien en las encuestas y que tienen más elecciones perdidas que ganadas, pero que no están dispuestos a dar un paso al costado. Son los que muestran la hilacha y quieren estar en primera fila. Esta, por cierto, es la queja común de los opositores que sí tienen buena imagen pública, pero muchos de ellos están en el otro extremo: son los que no dan puntada sin hilo, y quieren discutir las candidaturas antes que los acuerdos. Falú, en principio, reconoció esa debilidad de origen en el esquema. Y por ello, al menos en una reunión con referentes de un partido, manifestó que debían establecerse bases programáticas para una alianza, y bosquejar no sólo las postulaciones de 2009 sino también las de 2011. En estas conductas privadas de altruismo, la sociedad sólo lee incoherencias y, por ello, repite contradicciones. Entonces, el pueblo les reclama a los opositores que se unan pero, al mismo tiempo, les dice que no le gusta el rejunte. Luego, les exige que enfrenten al alperovichismo, pero les pide que no marchen a la cabeza de las manifestaciones.
Pese a esto, la oposición está lejos de haber fracasado en esta circunstancia. Todo por el contrario. Aunque atado con alambre, un grupo importante de fuerzas políticas logró estar unida y al lado de actores sociales que demandaban el acompañamiento de políticos. Por supuesto, eso no soluciona la crisis que atraviesan las fuerzas que no están en el Gobierno, pero sí las coloca en mejor posición que la que tiene hoy el partido que está gobernando.
La provincia está atravesada por diversas crisis. En Tucumán se abonan los peores sueldos del país y a esto, para peor, lo dice el Indec manejado por el Gobierno. La pobreza mantiene niveles alarmantes. El alperovichismo paga el 60% de los salarios en negro. Los jubilados ganan miserias y les niegan el 82% móvil. La inseguridad es peste. Y frente a esto, el congreso provincial del PJ se reunió para debatir si había que demoler o no la sede de la capital para construir un nuevo edificio. Si toda la agenda política del justicialismo es un asunto inmobiliario, el oficialismo, en lugar de cuestionar a los opositores, debería mirar un poco el ombligo de su intrascendencia.

En el Caribe sur
Los tucumanos están en la calle, precisamente, denunciando toda esa realidad que hace que Tucumán se parezca al Caribe, no por la quietud de las infestadas aguas del Salí sino porque se parece peligrosamente a una república bananera del siglo XIX.
A pesar de esto, la sociedad civil, que es mucho más que el conjunto de organizaciones que se manifiesta en la plaza Independencia, no ha triunfado tanto como cree. Los tucumanos marchan a favor de preservar el patrimonio edilicio, en defensa de la Justicia, en contra del aumento de las retenciones al campo, para denunciar que una comuna se queda sin agua o que un barrio se queda sin energía eléctrica, en repudio a lo mal que les pagan a los trabajadores y a los pasivos, en demanda de puestos de trabajo o de asistencia social, para denunciar que crímenes que siguen impunes. Y este exceso de acciones directas de los ciudadanos muestra que esta es una democracia activa, pero también débil.
En otros términos, el pueblo hace todos esos reclamos debido a que no los hacen sus representantes. Y esto es así porque la más descuidada de las instituciones es el voto.
Complementariamente, sería errado pretender que la sociedad civil ha fracasado. Por el contrario, que no haya tenido pereza en movilizarse terminó por enseñar que el oficialismo no es todopoderoso. Por el contrario, el alperovichismo tiene miedo de que la gente esté en las calles, protestando. Porque entonces, como advierte el politólogo Juan Pablo Lichtmajer, el Estado ya no tiene mayor jerarquía que el pueblo. Y porque, como desnuda el sociólogo Héctor Caldelari, lo que importa no es cuántos marchan, sino a qué sector representan. "No sé si podremos reconciliarnos con la clase media: lo que sí sé es que no podemos divorciarnos de ella", repitió un hombre cercano a Alperovich. A la síntesis la dio un analista político que ve de vez en cuando al gobernador: "la gente se cansa de los que solamente pelean. Por eso se hartó de los Kirchner".

Desánimos y animados
El alperovichismo, en este plano, también tiene miedo de que todo el consenso que pierde sea aprovechado por otro. Y si se hiciera una encuesta en Casa de Gobierno referida a quién podría enfrentar a Alperovich, el intendente Domingo Amaya se alzaría con la mayoría de las menciones.
Claro que unos dicen que no está preparado para gobernar la provincia, pero otros contestan que ese es otro debate: que de lo que se habla es de ganar elecciones. Y, por supuesto, no faltan los que dicen que el jefe municipal no sería capaz de enfrentar al gobernador, pero otros contestan que hace rato que se le viene animando. Después de vetar la instalación de un supermercado en centro, para furia del Alperovich, Amaya le recordó a la Provincia, ordenanza en mano, que tienen que pedirle permiso a él para hacer obras en la capital. Y justo en este contexto, la diputada Beatriz Rojkés saludó al diputado Gerónimo Vargas Aignasse llamándolo "intendente"...

Las excepciones
Ahora bien, Tucumán no podía privarse de fijar dos excepciones a la máxima de Borges.
La primera consiste en que, en el caso Goane, la Legislatura ha fracasado de manera absoluta e inapelable en su papel de poder independiente. Postrada ante el Ejecutivo, ha sido la marioneta de los caprichos del gobernador.
El alperovichismo ha convertido el Poder Legislativo en un poder que no puede mantener su palabra. A fines de 2007, por ley, pusieron en venta edificios centenarios, porque -fundamentaron- con esas enajenaciones reactivarían la economía de la capital. A principios de 2008, dieron marcha atrás. Este año aplaudieron el pliego de Francisco Sassi Colombres para que asumiera en la Corte, pero no llegó. Más tarde, cuando la Justicia abortó los adefesios de la Constitución de 2006, propusieron una reforma total de la Carta Magna: a los dos días, retiraron el proyecto. Finalmente, pregonaron que Goane, con antecedentes laborales muy similares a los de Sassi Colombres, no debía seguir en la Corte. Y después se desdijeron una vez más. La comisión de Juicio Político había aceptado sin chistar la orden de destituir al juez y trabajó a destajo durante 20 días para ello. Gracias a que no se pronunciaba, en ese lapso se montó una descomunal campaña de desprestigio contra el vocal de la Corte. Y después de tres semanas, llegó la contraorden. Todo el arsenal argumentativo que tenían para promover la acusación contra el magistrado fue volcada en la incoherente resolución 281, del 29 de septiembre, que halla culpable (con ese concepto) a Goane, pero archiva las actuaciones porque no hay causales constitucionales para procesarlo. LA GACETA había dicho eso mismo el 11 de setiembre. Pero el oficialismo parlamentario arguyó que debía analizar con detenimiento el caso, porque se trataba de un asunto trascendente. Es curioso que dijera eso: el 19 de febrero de este mismo año, demoró menos de seis horas para rechazar un pedido de juicio política en contra del mismísimo gobernador, que no estaba solicitado por un particular sino nada menos que por la Cámara Penal. Había ingresado a las 9.50 y estaba archivado antes de las 15.30.
"Si hubiera tenido (sic) otra Legislatura, hoy no habría sido gobernador", razonó el mandatario. Y esa es la segunda excepción al postulado borgiano: Alperovich acertó tanto con esa definición...

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