El desafío de mirar más allá de los síntomas
El juicio a Antonio Domingo Bussi obliga a preguntarse por qué tuvo tanto apoyo popular el ex militar que acaba de ser condenado por crímenes de lesa humanidad. Por Nora Lía Jabif - Redacción LA GACETA.
29 Agosto 2008 Seguir en 
El juicio histórico contra Antonio Domingo Bussi y Luciano Benjamín Menéndez por violaciones a los derechos humanos retrotrae a la polémica que generó hace 48 años, en Israel, la escritora Hannah Arendt por su cobertura del juicio contra el criminal nazi Adolf Eichmann para la revista "New Yorker". La filósofa judeoalemana acuñó entonces un término que todavía desata controversias: el de la banalidad del mal. "Fue como si en aquellos últimos minutos resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes", escribió la pensadora, ante las reacciones previas de Eichmann a su linchamiento. Con ese concepto, el de la banalidad del mal, Arendt señaló que detrás de los responsables de las mayores atrocidades hubo "personas comunes" que cometieron actos horrorosos que ni el pensamiento ni el lenguaje son capaces de expresar. Actos cuya "banalidad" (como el llanto de Bussi, una vez más, ayer ) no los liberan de la responsabilidad civil y penal -prisión perpetua para el acusado por crímenes de lesa humanidad- ni del juicio de la historia. Las reflexiones de la autora de "La condición humana" siempre fueron perturbadoras, sobre todo para quienes suelen leer la realidad en blanco y negro.
No se discutirá aquí la validez de los argumentos que introdujo ayer Luciano Benjamín Menéndez en su defensa -insistió en que hubo una guerra contra una subversión apátrida de cuño prosoviético marxista leninista-. Baste, en todo caso, con reiterar el mea culpa institucional del ex jefe del Ejército, teniente general Martín Balza, en abril de 1995 (reconoció que en 1976 las Fuerzas Armadas abandonaron la constitucionalidad) y recordar que las relaciones comerciales entre la Argentina y la URSS durante el último proceso militar fueron más que fructíferas.
Lo que sí se señala aquí es que los juicios contra los militares que gobernaron de facto la Argentina entre 1976 y 1983 obligan tanto a revisar la historia como a darse el esfuerzo de interpretar, y de comprender, qué le pasó a la sociedad argentina, y a la tucumana en particular, no sólo en el período señalado sino en los períodos democráticos que le confirieron a Bussi un poder político legitimado por las urnas, y que él ha usado como argumento en su defensa.
Es cierto, como le dijo hace un par de semanas a LA GACETA el filósofo Mario Cabanchik, que la sociedad argentina no ha saldado todavía su historial de violencia, del que el terrorismo de Estado es una parte sustancial. Y esa es la que hoy está en el estrado.
A la luz de la sentencia de la Justicia Federal, resulta casi grotesco que aquel que en 1995 cosechó 262.000 votos -casi la mitad de las voluntades de aquella contienda por la gobernación- ayer haya vivido su hora final casi en soledad, sólo rodeado por su familia y por un puñado de simpatizantes. Ayer, Bussi tiró del mantel, cuando afirmó que "pudiendo manejar con bandos y consejos de guerra, lo hice con instrumentos políticos", citó el ejemplo de la comisión asesora legislativa (CAL) e involucró, casi como al pasar, al jurista Fernando López de Zavalía, como estrategias de legitimidad de sus tiempos de mandato militar en Tucumán.
Cierto. Bussi no estuvo solo ni entonces ni en todos los años en los que una parte de la ciudadanía tucumana lo acompañó con el voto. Si se analizan sin pasiones las respuestas electorales de los tucumanos, desde el advenimiento de la democracia de 1983 a esta parte, se verá que si Fuerza Republicana creció en 1989 y en 1995, lo hizo a expensas de un electorado que migró tanto de los comités radicales como de las unidades básicas, sumado al núcleo duro que todavía avala al Bussi "combatiente", como él mismo se definió, y de aquellos "borocotizados" que aprovecharon la estrella ascendente del ex militar para lograrse un espacio en la arena política. Si se siguiera la lógica del mantel propuesta ayer por Bussi, la cadena de "colaboracionistas" o simpatizantes puede llegar a límites insospechados. Sin embargo, ello implicaría, otra vez, una lectura propia de aquellos que ven la historia con los anteojos en blanco y negro.
Entre las cuestiones que ha removido el juicio a Bussi está la pregunta sobre las causas que han motivado al pueblo tucumano a adherirse a liderazgos confrontativos, guerreros, más que políticos. Y esa actitud se repite hasta en las formas de participación pública (civil o política) que ejercitan los tucumanos, que buscan más la confrontación que los consensos. Son todos síntomas de una comunidad históricamente partida, que cada vez se siente más alejada de la cosa pública porque no la ve como un modelo virtuoso para seguir.
Si este juicio histórico no deja enseñanzas para la convivencia democrática, la venganza habrá triunfado por sobre la justicia, y el pasado no habrá funcionado como aprendizaje, que es una de las funciones de la historia.
Precisamente, tanto al Gobierno provincial como a las universidades y centros de estudios de la Provincia se les plantea el desafío de indagar con el mayor desapasionamiento posible sobre los orígenes de este "gen" violento que muestran muchos tucumanos tanto en su accionar político como en el social.
Si esas instituciones se conforman con el síntoma en la cárcel -Bussi- y no bucean en las profundidades, siempre habrá en espera algún otro "hombre corriente" capaz de hacer cosas horrorosas.
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