Un amigo que susurra al oído

Punto de vista. Por Joaquín Acevedo - Profesor de Letras - Plan Nacional de Lectura.

24 Agosto 2008
¿Alguna vez vieron una librería sin gente en Tucumán? He visto bares sin gente, plazas desiertas, pero nunca librerías sin gente. Y no por ser acogedoras: cuando no espanta la música a todo volumen es la intromisión de los vendedores o la mala organización de los espacios los que hacen de barrera entre el lector y el libro.
A los que se quejan por la pérdida del hábito de la lectura suelo preguntarles: ¿Cuándo fue la última vez que regaló un libro? ¿Qué revistas compra regularmente? Los circuitos sociales de lectura y las revistas pueden ser interrumpidos por la censura, pero también por la desidia intelectual. ¿Comentamos lo que leemos? ¿O nos resignamos a ser apóstoles del reality show de turno?
A mi amiga  Sonia Saracho no le gusta hablar del hábito de la lectura, por lo rutinario del concepto. Ella prefiere estimular el deseo de leer -emoción más cercana al instinto que a la razón- para vincular el acto de la lectura con una suma de actividades intelectuales que tengan efectos directos en la persona, efectos sentidos que puedan adivinarse en el rostro del lector: la risa, el asombro, la conmoción, el llanto, el goce erótico. Para que estas emociones afloren hay que crear ciertas condiciones: estimular a los jóvenes a descubrir, no ya un libro, sino una corriente de lectura en la cual se zambullan gustosos, sin prejuzgar, sin censurar, sino avanzando sobre lo que hay. Ayudar a que cada uno descubra cuál es su itinerario como lector, su selva oscura o su plácido remanso. Abrir la mente, y animarse a probar nuevos autores, géneros no transitados. Abolir las barreras entre la gente y los libros, empezando por democratizar el acceso a los libros. En el aturdimiento y la soledad -aún en medio de la multitud- a que nos condena el trajín del día a día, un libro es un amigo dispuesto a susurrarnos al oído siempre que lo necesitemos.

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