07 Agosto 2008 Seguir en 
MADRID (por Irene Benito, especial para LA GACETA).- El escritor y "bloguelista" Hernán Casciari (Buenos Aires, 1971) evocó su pasado en alguna de las múltiples bitácoras que escribe recurriendo a la imagen del provinciano que hacía una vida promedio y previsible en la Capital Federal, hasta que, un día, el "chat" puso en su pantalla a Cataluña y en su corazón, a una catalana. El necesario paso de lo virtual a lo real (o de la distancia a la intimidad) condujo a Casciari hasta España justo antes de que la furia de la crisis de 2001 expulsara del país a decenas de miles de argentinos. Con una vida por detrás, otra por hacer, y poca cosa que perder, el bonaerense decidió sacarle partido a la tecnología, herramienta a la que añadió ingenio, voluntad firme, pasión y una cuota de la llamada "picardía criolla". Esta combinación le permitió hacer literatura con el formato "weblog", experimento que, según su perfil en Wikipedia, lo convirtió en el inventor de la "blogonovela". O bien, en un "bloguelista".
La manera más rápida de conocer la vida y la obra de Casciari es ingresar su nombre en un buscador de la red. Esa investigación derivará a las bitácoras que escribe diariamente ("Orsai" y "Espoiler") y a sus antecedentes profesionales más relevantes. Entre ellos consta que uno de sus libros ("Más respeto que soy tu madre") apareció primero en la red y luego en papel.
Casciari admite a LA GACETA que pasa todo el día en internet: "la red no está sólo en la computadora sino también en el celular, en la televisión...Es mi teléfono para hablar con mis padres, mi cine privado para ver películas, mi diccionario para despejar una duda, mi equipo de música, mi diario a la mañana con el café... en menor medida, también es mi forma de ganarme el pan".
Alpiste, perdiste
Casciari se gana el pan escribiendo ficción y comentarios sobre las novedades de la televisión, y respondiendo las miles de preguntas e inquietudes que, jornada tras jornada, dejan en los "blogs" el universo intangible de sus fieles lectores. Si entre los españoles es reconocido por las "blogonovelas" "El diario de Letizia Ortiz" y "Weblog de una mujer gorda", entre los argentinos con residencia en la Península ha trascendido por "España, perdiste", libro que la Editorial Sudamericana comercializa en Argentina con el título "España, decí alpiste".
Con ironía y humor, él presenta la obra de esta forma: "fuimos, mentimos, vencimos. Después de la crisis económica del año 2001, una nueva camada de argentinos desembarca en España. Son muchos, están muertos de hambre, son profesionales de clase media y tienen un afán secreto: corroer la cultura ibérica hasta desestabilizarla".
-"España, decí alpiste" parece una proclamación de victoria...
-Sí, pero es una victoria infantil, de guerra de piedras en la plaza. "Decí alpiste" es una locución de chicos. Una proclama estruendosa, bélica, sería "España, mordé el polvo", o "España, estás rodeada maldita bastarda". Yo prefiero indicarle que diga alpiste, porque perdió de mentira.
-¿Podría resumir el mensaje de este libro?
-No lo escribí con la intención de generar un mensaje. Fui anotando cosas durante mis primeros cuatro años de inmigrante quejoso. Sobre todo, anoté mis rabias frívolas: la falta de bidet, la ausencia de cantitos chanchos en el fútbol... Con el tiempo, descubrí que todos los argentinos tenemos quejas frívolas en el exterior porque ya no podemos quejarnos de las grandes cosas: ni de la inseguridad, ni del descalabro social o económico. Nos quejamos de las pequeñeces con el mismo ímpetu con que nos quejábamos de lo trascendente. El libro se burla de eso.
-En su discurso hay piedad por la España que recibió una invasión de argentinos melancólicos. ¿No será que España ha ganado también con esta inmigración?
-Por supuesto. Todos los pueblos ganan cuando llega una óptica externa a convivir y a debatir con la óptica autóctona. Ganamos todos. Al español le encanta saber qué piensan sus extranjeros sobre ellos. Es una raza festiva y amigable y, particularmente a nosotros, a los argentinos y a los uruguayos, nos quieren mucho. Somos un matrimonio que se quiere de puertas para adentro, y que, en público, prefiere no besarse.
-Cuando critica a "los argentinos", ¿en qué medida sólo se refiere a los porteños?
-Mis burlas toman, por lo general, ese estereotipo. Porque los estereotipos son más fáciles de caricaturizar y porque me encanta burlarme del porteño. Soy de Mercedes, Buenos Aires, y, si bien es cierto que nací a sólo 100 kilómetros del puerto, me he sentido siempre del interior: mucho más cerca de un tucumano que de un capitalino.
El "bloguelista" asegura que lo mejor de tener una existencia digital es que no hay que hacer reuniones para generar proyectos: "no hay que almorzar con desconocidos, ni seducirlos con carpetas para que te den fondos. No hay que golpear puertas, no hay que perder media vida en la burocracia de la creación. Ahora vas, hacés y esperás los resultados".
-¿Cómo se las arregla para atender los requerimientos de su público sin mecanizarse?
-Estar en contacto con los lectores es una elección que yo prefiero hacer porque los lectores tienen muchísimo para decir, sobre todo cuando me escriben en caliente, dos segundos después de haber leído algo que los emocionó o que los indignó. Es veloz la respuesta, y me ayuda a entender qué produce lo que escribo.
-¿Qué hay de cierto en aquella máxima que insiste que la gente ha dejado de leer?
-Nunca, en la historia de la humanidad, el ser humano ha leído y ha escrito más que ahora.
Casciari ha publicado en internet tanto sus textos y opiniones como su vida familiar, su dirección de correo electrónico, su número de teléfono y hasta sus contradicciones. Esta enorme exposición personal no le impide, sin embargo, comprender que haya millones de usuarios de internet que no se atrevan a realizar una compra virtual con la tarjeta de créditos. Casciari asegura que, al principio, es complicado no desconfiar: "pero, con el tiempo, creo que todo el mundo comprende las ventajas de que su propia sala sea el supermercado más grande del mundo".
La manera más rápida de conocer la vida y la obra de Casciari es ingresar su nombre en un buscador de la red. Esa investigación derivará a las bitácoras que escribe diariamente ("Orsai" y "Espoiler") y a sus antecedentes profesionales más relevantes. Entre ellos consta que uno de sus libros ("Más respeto que soy tu madre") apareció primero en la red y luego en papel.
Casciari admite a LA GACETA que pasa todo el día en internet: "la red no está sólo en la computadora sino también en el celular, en la televisión...Es mi teléfono para hablar con mis padres, mi cine privado para ver películas, mi diccionario para despejar una duda, mi equipo de música, mi diario a la mañana con el café... en menor medida, también es mi forma de ganarme el pan".
Alpiste, perdiste
Casciari se gana el pan escribiendo ficción y comentarios sobre las novedades de la televisión, y respondiendo las miles de preguntas e inquietudes que, jornada tras jornada, dejan en los "blogs" el universo intangible de sus fieles lectores. Si entre los españoles es reconocido por las "blogonovelas" "El diario de Letizia Ortiz" y "Weblog de una mujer gorda", entre los argentinos con residencia en la Península ha trascendido por "España, perdiste", libro que la Editorial Sudamericana comercializa en Argentina con el título "España, decí alpiste".
Con ironía y humor, él presenta la obra de esta forma: "fuimos, mentimos, vencimos. Después de la crisis económica del año 2001, una nueva camada de argentinos desembarca en España. Son muchos, están muertos de hambre, son profesionales de clase media y tienen un afán secreto: corroer la cultura ibérica hasta desestabilizarla".
-"España, decí alpiste" parece una proclamación de victoria...
-Sí, pero es una victoria infantil, de guerra de piedras en la plaza. "Decí alpiste" es una locución de chicos. Una proclama estruendosa, bélica, sería "España, mordé el polvo", o "España, estás rodeada maldita bastarda". Yo prefiero indicarle que diga alpiste, porque perdió de mentira.
-¿Podría resumir el mensaje de este libro?
-No lo escribí con la intención de generar un mensaje. Fui anotando cosas durante mis primeros cuatro años de inmigrante quejoso. Sobre todo, anoté mis rabias frívolas: la falta de bidet, la ausencia de cantitos chanchos en el fútbol... Con el tiempo, descubrí que todos los argentinos tenemos quejas frívolas en el exterior porque ya no podemos quejarnos de las grandes cosas: ni de la inseguridad, ni del descalabro social o económico. Nos quejamos de las pequeñeces con el mismo ímpetu con que nos quejábamos de lo trascendente. El libro se burla de eso.
-En su discurso hay piedad por la España que recibió una invasión de argentinos melancólicos. ¿No será que España ha ganado también con esta inmigración?
-Por supuesto. Todos los pueblos ganan cuando llega una óptica externa a convivir y a debatir con la óptica autóctona. Ganamos todos. Al español le encanta saber qué piensan sus extranjeros sobre ellos. Es una raza festiva y amigable y, particularmente a nosotros, a los argentinos y a los uruguayos, nos quieren mucho. Somos un matrimonio que se quiere de puertas para adentro, y que, en público, prefiere no besarse.
-Cuando critica a "los argentinos", ¿en qué medida sólo se refiere a los porteños?
-Mis burlas toman, por lo general, ese estereotipo. Porque los estereotipos son más fáciles de caricaturizar y porque me encanta burlarme del porteño. Soy de Mercedes, Buenos Aires, y, si bien es cierto que nací a sólo 100 kilómetros del puerto, me he sentido siempre del interior: mucho más cerca de un tucumano que de un capitalino.
El "bloguelista" asegura que lo mejor de tener una existencia digital es que no hay que hacer reuniones para generar proyectos: "no hay que almorzar con desconocidos, ni seducirlos con carpetas para que te den fondos. No hay que golpear puertas, no hay que perder media vida en la burocracia de la creación. Ahora vas, hacés y esperás los resultados".
-¿Cómo se las arregla para atender los requerimientos de su público sin mecanizarse?
-Estar en contacto con los lectores es una elección que yo prefiero hacer porque los lectores tienen muchísimo para decir, sobre todo cuando me escriben en caliente, dos segundos después de haber leído algo que los emocionó o que los indignó. Es veloz la respuesta, y me ayuda a entender qué produce lo que escribo.
-¿Qué hay de cierto en aquella máxima que insiste que la gente ha dejado de leer?
-Nunca, en la historia de la humanidad, el ser humano ha leído y ha escrito más que ahora.
Casciari ha publicado en internet tanto sus textos y opiniones como su vida familiar, su dirección de correo electrónico, su número de teléfono y hasta sus contradicciones. Esta enorme exposición personal no le impide, sin embargo, comprender que haya millones de usuarios de internet que no se atrevan a realizar una compra virtual con la tarjeta de créditos. Casciari asegura que, al principio, es complicado no desconfiar: "pero, con el tiempo, creo que todo el mundo comprende las ventajas de que su propia sala sea el supermercado más grande del mundo".







