El cielo está a sólo 15 minutos de Loma Bola
En el cerro San Javier, personas de todas las edades pueden experimentar la sensación de volar en un parapente biplaza. A pocos kilómetros de la capital se encuentra el club de vuelo Loma Bola. Allí hay instructores que llevan a los turistas a realizar vuelos cortos con todas las medidas de seguridad necesarias.
25 Julio 2008 Seguir en 
Es como si la brisa le pusiera a uno la mano en el pecho y no lo dejara avanzar. Hay que hacer mucha fuerza, correr hacia la nada, pero como si tuviera una pared adelante. La inmensa vela que está detrás se hincha y entorpece el avance. Pero hay que seguir. De golpe, las piernas dejan de patear el suelo y comienzan a moverse histéricas en el aire. Debajo de las plantas de los pies ya no hay nada. Y enfrente, la imagen de Yerba Buena vista desde 800 metros de altura. El parapente comienza a surcar vientos que lo llevarán aún más alto.
El vuelo se inicia en Loma Bola y hay dos opciones: si las corrientes térmicas y dinámicas son buenas y permiten tomar altura, se podrá aterrizar en el mismo lugar. Si no, habrá que descender hasta El Corte. Tras los primeros instantes de nerviosismo, Aldo Carona, instructor y piloto con ocho años de experiencia (salió tercero en el campeonato Nacional 2005/2006), le dice al pasajero que girará sobre una saliente del cerro para buscar vientos que permitan ascender.
Por debajo sólo hay árboles, cañadas y más árboles. Hacia el este, la inmensa llanura tucumana se pierde debajo de la bruma de smog. “Es mejor mirar hacia el horizonte. Si mirás hacia abajo te podés marear”, aconseja Aldo mientras una especie de succión repentina y persistente empuja al pasajero hacia abajo. Pero sólo se trata de una travesura de los sentidos. Lo que está ocurriendo, en realidad, es lo contrario: el parapente se topó con una corriente de aire dinámica que lo lleva hacia arriba y no para de subir.
Los sonidos del aire
En las alturas parece que no existe más sonido que el murmullo que genera el viento entre los cables que sostienen a los pasajeros de la vela. Sin embargo, cuando el ascenso comienza, un ruido mínimo -un “pip” intermitente- empieza a horadar los oídos. El zumbido del viento se hace más fuerte y el “pip” aumenta su intensidad como si quisiera competir con él. “Es una buena señal; estamos subiendo mucho”, explica Aldo refiriéndose al aparato que le marca por medio del sonido los metros que asciende.
De golpe, el cerro queda abajo. El parapente continúa su ascenso haciendo círculos en el vacío. Ahora es posible observar Loma Bola desde arriba, el verde intenso y las irregularidades caprichosas de la montaña, los autos que se trasladan desde Villa Nougués hasta San Javier y el hotel Club Sol. Más lejos, la ciudad parece diminuta, como si sólo se tratara de una maqueta hecha por un arquitecto. En ese momento, se siente que se cumplió con ese anhelo humano que viene impreso en cada uno desde un pasado remoto: el de poder volar. Y se llega a desear poder cambiar las piernas por alas para quedarse a vivir en el aire.
La hipnosis de la altura
En la inmensidad del cielo, el amarillo furioso de otro parapente que aparece dando vuelta varios metros más abajo lo saca al pasajero de esa especie de hipnosis que genera la altura. “Quedate tranquilo, en el aire no hay ningún obstáculo; sólo está él y nosotros. Y estamos lejos”, dice Aldo al percibir la inquietud.
“Llegamos a 1.100 metros de altura”, agrega. Comienza el regreso tras 15 minutos de vuelo. El parapente sobrevuela nuevamente Loma Bola y, tras algunos giros, el suelo empieza a acercarse de forma casi imperceptible. Suavemente, vuela casi al ras del césped y se frena con calma, como si nada hubiera pasado y como si haber desafiado las leyes de la física y haberse burlado de la gravedad fuera tan sencillo como caminar.
El vuelo se inicia en Loma Bola y hay dos opciones: si las corrientes térmicas y dinámicas son buenas y permiten tomar altura, se podrá aterrizar en el mismo lugar. Si no, habrá que descender hasta El Corte. Tras los primeros instantes de nerviosismo, Aldo Carona, instructor y piloto con ocho años de experiencia (salió tercero en el campeonato Nacional 2005/2006), le dice al pasajero que girará sobre una saliente del cerro para buscar vientos que permitan ascender.
Por debajo sólo hay árboles, cañadas y más árboles. Hacia el este, la inmensa llanura tucumana se pierde debajo de la bruma de smog. “Es mejor mirar hacia el horizonte. Si mirás hacia abajo te podés marear”, aconseja Aldo mientras una especie de succión repentina y persistente empuja al pasajero hacia abajo. Pero sólo se trata de una travesura de los sentidos. Lo que está ocurriendo, en realidad, es lo contrario: el parapente se topó con una corriente de aire dinámica que lo lleva hacia arriba y no para de subir.
Los sonidos del aire
En las alturas parece que no existe más sonido que el murmullo que genera el viento entre los cables que sostienen a los pasajeros de la vela. Sin embargo, cuando el ascenso comienza, un ruido mínimo -un “pip” intermitente- empieza a horadar los oídos. El zumbido del viento se hace más fuerte y el “pip” aumenta su intensidad como si quisiera competir con él. “Es una buena señal; estamos subiendo mucho”, explica Aldo refiriéndose al aparato que le marca por medio del sonido los metros que asciende.
De golpe, el cerro queda abajo. El parapente continúa su ascenso haciendo círculos en el vacío. Ahora es posible observar Loma Bola desde arriba, el verde intenso y las irregularidades caprichosas de la montaña, los autos que se trasladan desde Villa Nougués hasta San Javier y el hotel Club Sol. Más lejos, la ciudad parece diminuta, como si sólo se tratara de una maqueta hecha por un arquitecto. En ese momento, se siente que se cumplió con ese anhelo humano que viene impreso en cada uno desde un pasado remoto: el de poder volar. Y se llega a desear poder cambiar las piernas por alas para quedarse a vivir en el aire.
La hipnosis de la altura
En la inmensidad del cielo, el amarillo furioso de otro parapente que aparece dando vuelta varios metros más abajo lo saca al pasajero de esa especie de hipnosis que genera la altura. “Quedate tranquilo, en el aire no hay ningún obstáculo; sólo está él y nosotros. Y estamos lejos”, dice Aldo al percibir la inquietud.
“Llegamos a 1.100 metros de altura”, agrega. Comienza el regreso tras 15 minutos de vuelo. El parapente sobrevuela nuevamente Loma Bola y, tras algunos giros, el suelo empieza a acercarse de forma casi imperceptible. Suavemente, vuela casi al ras del césped y se frena con calma, como si nada hubiera pasado y como si haber desafiado las leyes de la física y haberse burlado de la gravedad fuera tan sencillo como caminar.








