Cambia la historia

Por: Walter Vargas - TELAM

06 Julio 2008
Las conquistas de la Liga Universitaria de Quito y del seleccionado de España interpelan la creencia de que la historia es una línea horizontal a salvo de matices, discontinuidades y saltos de calidad.
La Liga de Quito, por ejemplo, consumó una especie de pequeño maracanazo. ¿Dónde estaba escrito que los frágiles ecuatorianos sacarían pecho de ese modo en la mismísima meca del fútbol?
Se dirá, y con asidero, que la Liga gozó de una impronta argentina (las que imprimieron algunos de sus futbolistas y el propio entrenador, Edgardo Bauza) pero tampoco dejaría de ser una verdad a medias; por qué no una falacia.
El flamante campeón de la Copa Libertadores tiene evidentes puntos de contactos con el flamante campeón de Europa, sobre todo cuando se aludía a una pretendida fragilidad anímica. Pero el equipo de Luis Aragonés jugó un fútbol excelso, apegado a la más profunda devoción a la redondez de la pelota, un fútbol de escuela, digamos, que en poco o nada se corresponde con el sello distintivo que durante décadas fue motivo de orgullo entre los españoles.
La célebre “furia” (una elegía a la guapeza que ponía en segundo plano, o directamente omitía, las más flagrantes tosquedades) le dejó paso a un perfil más inclinado a honrar las geometrías de certeras combinaciones de pie a pie, de metro a metro, de compañero a compañero.
Y esto no supuso que cualquiera se llevara por delante a España, más bien nadie pudo y nadie supo, tal vez porque los buenos equipos no necesitan más que moderadas dosis de templanza: su verdadera fuerza, su fuerza más radical, radicó en un control del juego establecido a puro toque, bien concebido y mejor entendido.
Dos campeones fuera de catálogo, pues, y dos campeones que nos reconcilian con el buen fútbol. La historia no es; la historia más bien va siendo, también en el fútbol.

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