Cristina y la máquina del tiempo

Si la Presidenta pudiera, iría a la médula del problema y aplicaría una receta que le dio excelentes resultados nada menos que a su esposo: deshacerse de su mentor. Por Fernando García Soto - Redacción LA GACETA.

12 Mayo 2008
¿Qué pensará la presidenta, Cristina Fernández de Kirchner, cada mañana, en esos breves minutos de intimidad que toda persona mantiene consigo misma previos a salir de la casa? Quizás repase mentalmente los principales problemas que deberá afrontar durante el nuevo día, o tal vez se imagine cómo hubiera sido todo si simplemente ella hubiese encarado su histórico mandato al frente de la Argentina al estilo Cristina, y no a la manera Néstor, como parece haber ocurrido. Lo más seguro es que en sus más profundos pensamientos anhele la posibilidad de que exista una máquina del tiempo, esa que cada persona alguna vez deseó tener aunque sea por pocos minutos para recomponer errores y lograr que todo sea distinto, que todo sea mejor.
Si la Presidenta tuviera acceso a esa tecnología de ficción, es posible que no viaje al pasado sólo con la idea de evitar aquel fatídico 11 de marzo, cuando se anunció la aplicación de retenciones móviles a la soja, medida que hoy la tiene en jaque y que transformó su gestión de cinco meses en una eternidad, para ella y para buena parte de los argentinos. Si pudiera cambiar algo, la primera mujer elegida por el voto popular para ocupar la más alta magistratura del país tal vez iría a la médula del problema, y a lo mejor aplicaría una receta que le dio excelentes resultados nada menos que a su esposo, y en Tucumán al aún poderoso gobernador, José Alperovich.
Lo primero que hicieron Kirchner y Alperovich cuando asumieron sus cargos, uno en la Nación y otro en la Provincia -en 2003, con diferencia de pocos meses-, fue deshacerse de sus mentores, de aquellos que impulsaron sus candidaturas y que consiguieron ubicarlos en la cúspide del poder. Coincidentemente, quienes forzaron los ascensos de Kirchner y de Alperovich -el ex presidente Eduardo Duhalde y el ex gobernador Julio Miranda, respectivamente-, eran sus predecesores en los cargos que aquellos iban a ocupar. Contrariamente a lo que hubiera podido suponerse, la neutralización total de las figuras de Duhalde y de Miranda permitió que se consolidara el enorme poder que luego esgrimieron Kirchner y Alperovich para llevar adelante las transformaciones que los posicionarán en la historia. De esta forma, el ex presidente y el reelegido gobernador tucumano pudieron sacarse de encima fuertes influencias que habrían condicionado sus gobiernos, para poder ejercer sus mandatos con libertad y con la impronta de cada uno de ellos.
No supo, no quiso o no pudo. La presidenta Cristina Fernández ni siquiera se atrevió a exigir que se la llamara precisamente así: Cristina Fernández, de sí misma y de nadie más, y menos a prescindir de figuras que podían opacar la suya propia. De esta manera, su identidad continuó diluida frente al apellido de su esposo que, de acuerdo con la evolución de los hechos, parece que cumplió el desafío de lograr que su esposa se convierta en jefa de Estado y que sea ella quien gobierne, en tanto y en cuanto las decisiones que tome no se desvíen de la línea de ideas y de métodos establecidos por el modelo Kirchner de gobernar un país.
Sí, es posible que antes de comenzar una de sus tantas jornadas frenéticas, la presidenta Fernández (de Kirchner) piense que tuvo la enorme posibilidad de pasar a la historia al nivel de su admirada Eva Duarte de Perón, o incluso superarla, ya que tenía a su favor la información sobre lo que históricamente convenía o no hacer. Una formación académica, experiencia en la función pública, y una situación económica y política inmejorables en la Argentina brindaban el escenario justo como para desarrollar una gestión maravillosa, plena de consecuciones y de un progreso que podría extenderse durante décadas. La primera mandataria tal vez hoy se imagine que su gobierno podría haberse desarrollado en un marco de apertura internacional, con una potenciación de las exportaciones por parte de sectores que apoyarían incondicionalmente su gestión, que se basaría en el diálogo personal con todos los actores sociales y económicos, y con alta calidad institucional. O sea, la evolución del modelo planteado por su marido; un nuevo modelo, mejorado, refinado, de verdadera distribución de la riqueza, pero con una base en el diálogo y en el consenso, y no en la confrontación y en la prepotencia como métodos excluyentes.
Tal vez la influencia de Néstor Kirchner en el gobierno de Cristina Fernández se asemeje a un cáncer que hizo metástasis en un cuerpo, o tal vez se pueda extirpar con sólo un par de movimientos certeros de bisturí. Lo cierto, lo real, es que nadie más puede tomar la decisión trascendental de propiciar un verdadero cambio de rumbo que no sea la propia Presidenta, si es que ella cree que algo anda mal, por supuesto.

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