"Para no discriminar a la comunidad coreana hay que conocer su cultura y su historia"

Profesores de la UNT investigan desde hace 15 años a las familias que llegaron desde Asia. El prejuicio de la explotación y el miedo a las primeras familias.

DESPLAZADO. Con alguna frecuencia, hay alguien que por decisión propia o del grupo, queda afuera del juego. LA GACETA / FRANCO VERA
DESPLAZADO. Con alguna frecuencia, hay alguien que por decisión propia o del grupo, queda afuera del juego. LA GACETA / FRANCO VERA
27 Abril 2008
Son sus ojos los que develan el secreto. En esa mirada alargada residen sus orígenes, sus costumbres, su idiosincrasia. En esas pupilas chatas está sellada su marca de inmigrantes. Tan visible se hace su presencia que parecen más de los que son: en Tucumán residen 20 familias coreanas, cuya suma de integrantes no alcanza la centena.
Respetuosa, introvertida, más bien conservadora. Así describen a esta comunidad Liliana Palacios de Cosiansi y Sergio Naessens, dos profesores de Geografía de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) que, junto con otros docentes, estudiaron a los coreanos que viven en la provincia, en un proyecto impulsado por la Facultad de Filosofía y Letras.
La investigación, que se inició hace 15 años y todavía está en marcha, trató -entre otros temas- qué prejuicios se forma el tucumano acerca de estas familias. Según los docentes, uno de los más arraigados es que el coreano explota a los empleados que trabajan en sus negocios.
"Para entender esa conducta, hay que conocer su bagaje cultural. Los primeros que llegaron a Tucumán, en el 80, tenían muy insertas las usanzas de su Corea natal. Cuando empezaron su inserción laboral, lo hicieron con sus propios códigos: muchas horas de trabajo y una organización comercial en la que el jefe manda tajantemente y el empleado obedece, sin reparar en el tono de la orden ni calcular los sentimientos que hay detrás de ella, como haría un argentino. Otra costumbre coreana es que el empleado no debe dejar el local hasta que no lo haga el jefe, modalidad que repetían aquí. Esas actitudes, extrañas para nosotros, generaron un prejuicio del que ellos son conscientes y que, a lo largo de los años que llevan acá, trataron de adaptar", explica Cosiansi.
Según la investigadora, los coreanos no suelen denunciar este tipo de prejuicios infundamentados. "Lo asumen como parte de las reglas de juego, como algo que ya se habían imaginado al salir de su país. Y, si lo sufren, es muy probable que no lo manifiesten para evitar confrontaciones y porque se sienten agradecidos con el pueblo que los acogió",explicó.
Naessens señaló que el desconocimiento genera un temor por lo extraño que, muchas veces, no tiene razón de ser. En ese sentido, graficó con una anécdota la discriminación que provocó, hace 20 años, la falta de información. "Hoy vemos varios comercios de capital coreana en el microcentro, pero esto no siempre fue así. Las dos primeras familias que intentaron ingresar al centro con sus locales tardaron cinco años en hacerlo: los propietarios no querían alquilarles los negocios porque, por sus rasgos físicos, saltaba a la vista su condición de extranjeros y desconfiaban", relató.
Cosiansi agregó que el idioma fue otro obstáculo a la hora de la adaptación en el nuevo medio. "Significó un cambio estructural en las familias coreanas, especialmente en el rol del hijo. Como son ellos los que manejan bien el español, por educarse en escuelas tucumanas, son también los encargados de sentarse ante un abogado o un contador para traducir a su padre a la hora de hacer negocios, por ejemplo. Eso es impensable en Corea, donde los hijos guardan un respeto inmenso por sus padres y jamás se sentarían a su lado para comerciar. También se modificó el rol de la mujer: en su país de origen, las madres están más bien confinadas a quedarse en la casa mientras su marido se ocupa del sustento económico. En Tucumán, ellas están al frente de los locales. Eso habla de una buena inclusión ", describió.

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