27 Abril 2008 Seguir en 
Alfonso Ganoza descubrió la provincia por culpa de un inglés. Esa es, en términos muy reducidos, la síntesis del periplo de este peruano de bigote inquieto y maneras afectuosas que hace 23 años se despierta entre paisajes tucumanos. Con gesto de caballero y una boca que se empecina en marcar las r, pide tiempo para completar la historia.
"Luego de recibirme de administrador de Personal en Trujillo, mi pueblo natal, realicé un viaje a Cuzco, la ciudad del Machu Picchu. Al llegar, describí en una oficina turística los tours que planeaba hacer, y este señor inglés, que estaba escuchando todo, me dijo que deseaba recorrer lo mismo. Desde entonces, no nos separamos e, incluso, nos reunimos con otros turistas hasta formar un grupo grande. Animados por lo numerosa de la pandilla y por los lugares que descubríamos, fuimos bajando desde Cuzco hasta Bolivia, y desde allí hasta Argentina. Cuando entré a Jujuy ya estaba solo, pero decidido a continuar la travesía", recuerda.
¿Qué llevó a Ganoza a, entre tantas vistas, decidirse por la local? "Lo mismo que trajo a cientos de peruanos: la educación libre y gratuita. El ingreso a la Universidad en nuestro país es muy difícil ya que hay que pasar varios exámenes y, si logras aprobarlos, los estudios se inician al año siguiente y son interrumpidos por frecuentes huelgas. Siendo algo exagerado, terminas tu carrera con bastón", sonríe.
Según Ganoza, los primeros peruanos que se asentaron en Tucumán lo hicieron en 1940, atraídos por tres carreras: medicina, abogacía e ingeniería. Actualmente, viven aquí entre 390 y 420 familias de esa nacionalidad. "Nuestra inclusión social resultó muy buena. Sucede que el peruano siempre ha sido un individuo de bajo perfil, poco extravertido y de gestos cariñosos. A la vez, los tucumanos nos recibieron con cordialidad y respeto. Eso creó un puente de afecto entre ambos", agradece.
El hombre -que nunca completó los estudios que lo aferraron a estos terruños- sólo recuerda un acontecimiento que puso en peligro el apego entre peruanos y argentinos.
"En la década del 90, hubo un éxodo en Perú que trajo gente que hacía cosas no lícitas: robaban, ejercían la prostitución y hasta se mostraban borrachos. Ese boom circunstancial, que encontraba sus causas en una muy mala situación económica peruana, cambió la mirada que se tenía de mis compatriotas: ya no venían a estudiar y trabajar, sino a hacer cosas poco halagueñas. Los medios comenzaron a dar cuenta de noticias poco felices protagonizadas por peruanos y eso provocó que la sociedad generalizara y nos tuviera a todos por sospechosos. El tucumano sentía miedo del peruano que desconocía y nosotros, los residentes, sentíamos vergüenza", relata.
Pasada esa época, Ganoza cuenta que su comunidad sólo siente discriminación en los ámbitos educativo y laboral.
"Tanto la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) como las instituciones provinciales y nacionales exigen que seamos nacionalizados para poder acceder a un trabajo en ellas. Uno de mis hijos, que estudia en la Universidad Tecnológica, no puede acceder a becas por la misma razón: lleva en su documento la numeración 92, que lo marca como extranjero y lo diferencia. A mí, como padre e inmigrante, me duele ¿Cómo puede ser que un extranjero que tiene buenas calificaciones, que ha faltado pocas veces a clases y que se esfuerza por mejorar no acceda a los mismos beneficios que un argentino que, tal vez, no tiene buen puntaje o la suficiente asistencia?", se preguntó.
"Este tipo de distinciones nos hacen sentir menoscabados porque creemos que es justo que el Estado premie a cualquier persona por su empeño. Incluso, puede resultar peligroso: un individuo que quiere incluirse y encuentra barreras, genera rechazo hacia aquellas personas que le cerraron las puertas", reflexionó.
"Luego de recibirme de administrador de Personal en Trujillo, mi pueblo natal, realicé un viaje a Cuzco, la ciudad del Machu Picchu. Al llegar, describí en una oficina turística los tours que planeaba hacer, y este señor inglés, que estaba escuchando todo, me dijo que deseaba recorrer lo mismo. Desde entonces, no nos separamos e, incluso, nos reunimos con otros turistas hasta formar un grupo grande. Animados por lo numerosa de la pandilla y por los lugares que descubríamos, fuimos bajando desde Cuzco hasta Bolivia, y desde allí hasta Argentina. Cuando entré a Jujuy ya estaba solo, pero decidido a continuar la travesía", recuerda.
¿Qué llevó a Ganoza a, entre tantas vistas, decidirse por la local? "Lo mismo que trajo a cientos de peruanos: la educación libre y gratuita. El ingreso a la Universidad en nuestro país es muy difícil ya que hay que pasar varios exámenes y, si logras aprobarlos, los estudios se inician al año siguiente y son interrumpidos por frecuentes huelgas. Siendo algo exagerado, terminas tu carrera con bastón", sonríe.
Según Ganoza, los primeros peruanos que se asentaron en Tucumán lo hicieron en 1940, atraídos por tres carreras: medicina, abogacía e ingeniería. Actualmente, viven aquí entre 390 y 420 familias de esa nacionalidad. "Nuestra inclusión social resultó muy buena. Sucede que el peruano siempre ha sido un individuo de bajo perfil, poco extravertido y de gestos cariñosos. A la vez, los tucumanos nos recibieron con cordialidad y respeto. Eso creó un puente de afecto entre ambos", agradece.
El hombre -que nunca completó los estudios que lo aferraron a estos terruños- sólo recuerda un acontecimiento que puso en peligro el apego entre peruanos y argentinos.
"En la década del 90, hubo un éxodo en Perú que trajo gente que hacía cosas no lícitas: robaban, ejercían la prostitución y hasta se mostraban borrachos. Ese boom circunstancial, que encontraba sus causas en una muy mala situación económica peruana, cambió la mirada que se tenía de mis compatriotas: ya no venían a estudiar y trabajar, sino a hacer cosas poco halagueñas. Los medios comenzaron a dar cuenta de noticias poco felices protagonizadas por peruanos y eso provocó que la sociedad generalizara y nos tuviera a todos por sospechosos. El tucumano sentía miedo del peruano que desconocía y nosotros, los residentes, sentíamos vergüenza", relata.
Pasada esa época, Ganoza cuenta que su comunidad sólo siente discriminación en los ámbitos educativo y laboral.
"Tanto la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) como las instituciones provinciales y nacionales exigen que seamos nacionalizados para poder acceder a un trabajo en ellas. Uno de mis hijos, que estudia en la Universidad Tecnológica, no puede acceder a becas por la misma razón: lleva en su documento la numeración 92, que lo marca como extranjero y lo diferencia. A mí, como padre e inmigrante, me duele ¿Cómo puede ser que un extranjero que tiene buenas calificaciones, que ha faltado pocas veces a clases y que se esfuerza por mejorar no acceda a los mismos beneficios que un argentino que, tal vez, no tiene buen puntaje o la suficiente asistencia?", se preguntó.
"Este tipo de distinciones nos hacen sentir menoscabados porque creemos que es justo que el Estado premie a cualquier persona por su empeño. Incluso, puede resultar peligroso: un individuo que quiere incluirse y encuentra barreras, genera rechazo hacia aquellas personas que le cerraron las puertas", reflexionó.
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