02 Abril 2008 Seguir en 
BUENOS AIRES.- La verdadera personalidad de Cristina Fernández de Kirchner se mostró ayer a pleno sobre el escenario para darle una respuesta política a un hecho que ella consideró "político" desde el mismísimo minuto cero: el paro del campo y las reacciones de amplios sectores medios urbanos.
Ante las secuelas aún no resueltas de la situación del agro y su percepción de que ha estado inmersa en un intento golpista, la Presidenta sacó las uñas en la Plaza de Mayo y redobló la apuesta. Su discurso osciló entre lo confrontativo y el llamado a un "Acuerdo del Bicentenario", aún bastante gaseoso, le permitió inyectar una dosis de esperanza hacia caminos de consenso. En relación con el mensaje, y bajo un razonamiento conspirativo bastante común a todos los políticos, Cristina primero se puso en víctima y habló, tras el cimbronazo que le generaron los cacerolazos, de golpismo liso y llano, al recordar el "lock out patronal" de febrero de 1976. Pero, en esta ocasión, la Presidenta emparentó esos golpes de cacerola con el "rostro de un pasado que pareciera querer volver" para evitar la tarea distributiva que el peronismo siempre ha enarbolado como bandera. En su lógica, Cristina magnificó el problema para decir que ella tiene el coraje para llevar adelante el mandato del pueblo, algo que podría ser cercenado por este "lock out" que, en esta ocasión, no ha venido acompañado de tanques sino por "generales multimediáticos", en una alusión a una parte del periodismo al que le pidió no dividir a la sociedad. Mostró el mismo apasionamiento que el día del discurso del Salón Sur, hace nada más que una semana, prolegómeno de los primeros golpes de cacerola. Ese tono tan poco amigable, que luego trocó por cierta moderación en Parque Norte, se dulcificó el lunes para que le permitiera pegar una elegante vuelta parcial en las retenciones para los ruralistas más chicos. La Presidenta no ha nacido para hacer discursos económicos y se siente como pez en el agua en tribunas políticas. En cuanto al "Acuerdo del Bicentenario", habrá que ver de aquí en más, si la oferta de "bisagra histórica" se hará amplia o si se dará bajo las reglas y el modelo gobernante.
Ante las secuelas aún no resueltas de la situación del agro y su percepción de que ha estado inmersa en un intento golpista, la Presidenta sacó las uñas en la Plaza de Mayo y redobló la apuesta. Su discurso osciló entre lo confrontativo y el llamado a un "Acuerdo del Bicentenario", aún bastante gaseoso, le permitió inyectar una dosis de esperanza hacia caminos de consenso. En relación con el mensaje, y bajo un razonamiento conspirativo bastante común a todos los políticos, Cristina primero se puso en víctima y habló, tras el cimbronazo que le generaron los cacerolazos, de golpismo liso y llano, al recordar el "lock out patronal" de febrero de 1976. Pero, en esta ocasión, la Presidenta emparentó esos golpes de cacerola con el "rostro de un pasado que pareciera querer volver" para evitar la tarea distributiva que el peronismo siempre ha enarbolado como bandera. En su lógica, Cristina magnificó el problema para decir que ella tiene el coraje para llevar adelante el mandato del pueblo, algo que podría ser cercenado por este "lock out" que, en esta ocasión, no ha venido acompañado de tanques sino por "generales multimediáticos", en una alusión a una parte del periodismo al que le pidió no dividir a la sociedad. Mostró el mismo apasionamiento que el día del discurso del Salón Sur, hace nada más que una semana, prolegómeno de los primeros golpes de cacerola. Ese tono tan poco amigable, que luego trocó por cierta moderación en Parque Norte, se dulcificó el lunes para que le permitiera pegar una elegante vuelta parcial en las retenciones para los ruralistas más chicos. La Presidenta no ha nacido para hacer discursos económicos y se siente como pez en el agua en tribunas políticas. En cuanto al "Acuerdo del Bicentenario", habrá que ver de aquí en más, si la oferta de "bisagra histórica" se hará amplia o si se dará bajo las reglas y el modelo gobernante.
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