"El folclore se convirtió en una pasión que me hizo revivir"

LA GACETA entrevistó a tres amantes de las zambas que comenzaron a danzarlas bien entrada la adultez. "En las clases me siento como ?pescao? en el agua".

SEDUCCION DE PAÑUELOS. La zamba es mágica, como “un juego propio del amor”, afirma Alba de Rodríguez. GENTILEZA PABLO ACOSTA
SEDUCCION DE PAÑUELOS. La zamba es mágica, como “un juego propio del amor”, afirma Alba de Rodríguez. GENTILEZA PABLO ACOSTA
20 Enero 2008
De repente, la conversación se distiende y cambia de eje. Los entrevistados aflojan los hombros, olvidan que una cronista registra sus expresiones y rememoran épocas pisadas. “Las formas de divertirse no son lo que eran”, murmura alguien en la punta de la mesa. Y, al unísono, todos recuerdan los asaltos que organizaban en sus casas.
“Las mujeres aportaban la comida y los varones, la gaseosa: de esa manera se armaba el vermú. Yo tenía mi traje separado, bien planchadito, para los sábados. Porque así era: los ‘changos’ íbamos de camisa larga ¿Y ellas? Las que se quedaban hasta las 12 eran las decentes; las que seguían hasta las 3, las atorrantas”, sentencia el hombre, entre las sonrisas melancólicas de sus compañeras de mesa.
No podrían ocultarlo ni aunque quisieran: tanto la anécdota como las expresiones reflejan la larga edad de los hablantes. Sin embargo, a esas décadas que se filtran por sus bocas no las acusan sus pies, que cada vez que una chacarera se desprende de un parlante jaranero se mueven casi sin consulta.
Liliana Ferro, René Gauna y Alba de Rodríguez se conocieron tomando clases de folclore en el Ballet “La unión”, que dirige el profesor Pablo Acosta. Aunque los tres están vinculados a esa danza hace tiempo, ninguno la había hecho vibrar en su piel hasta bien pasada la adultez. Pasadas las obligaciones y los temores, decidieron dar el paso definitivo y mezclarse entre los sones de las zambas y los malambos.

De chinitas y gauchos
A Gauna lo describen como “el más tremendito del grupo”. Y ha de ser también el más coqueto: es el único en no confesar su edad, de la que dice que “es más de 50 y menos de 60”. El hombre de la mirada traviesa se perfila también como un amplio conocedor del folclore, al que considera “la sal de la vida”.
“¿Por qué se demoró tanto en aprender la danza?”, le preguntan. “Me gusta desde chico: solía ir a los festivales para ver sólo a los bailarines. Siempre me decía que debía tomar clases, pero estaba ocupado con otra actividad. En cuanto me desocupé, me decidí a hacerlo ¡No veía las horas!”, recuerda.
Los casos de las mujeres son distintos al del hombre, pero similares entre sí. Ambas comenzaron a sentir la pasión por el folclore a partir de lo que llaman “la herencia invertida”: sus hijos se la contagiaron.
Rodríguez tiene 63 años y el gesto amable. Reconoce que al principio la frenaron ciertos temores, sobre todo por su edad, y que incluso consideró la posibilidad de hacer yoga. “Pero el médico me recomendó el baile: dijo que me cambiaría la vida, y así fue. Yo reviví gracias al folclore: es algo que me mueve y que no sé cómo explicar. Incluso, cuando estoy en casa, pongo música y empiezo a bailar sola”, se ríe.
Gauna la interrumpe: “toda manifestación cultural cambia el ánimo. No sólo porque se mueve el cuerpo sino también porque renueva la actividad social: el arte no crea rutina, es creatividad constante”, sentencia.
Ferro, de 42 años, coincide con él: en su devenir hay un antes y un después de las zambas. “Para mí se transformó casi en un estilo de vida. Es algo que me encanta, que llevo dentro de mí porque tiene que ver con mis raíces y con las tradiciones norteñas”, señala la mujer, quien confiesa que, al comenzar, tuvo prejuicios por su edad, pero que después se entusiasmó y se dedicó al disfrute.
“Uno se desenchufa, se olvida de todo lo que lo rodea: de la casa, del trabajo, de los problemas. Para los de nuestra edad es una terapia. Para los chicos, una diversión”, concluye Liliana, cuyo marido también comenzó a incursionar en esto de chinitas y gauchos.
Y cuando la mujer confiesa que lo que más le gustan son las zambas, los otros la secundan con un suspiro. “¡Son tan mágicas! Es el juego propio del amor y la seducción”, se sonroja Alba. “ Con las zambas, me siento como ‘pescao’ en el agua”, presume Gauna. “¿O sea que es adictivo?”, le pregunta la periodista. “¡Yes!”, contesta de inmediato. Y rápido aclara: “no, no ponga eso: yo soy bien gaucho”.

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