"La mendicidad esclaviza al hombre y le quita su dignidad"

Análisis. Por Roberto Espinosa - Redacción LA GACETA.

LA GACETA / ANTONIO FERRONI
LA GACETA / ANTONIO FERRONI
05 Agosto 2007
“Un maestro sufí relataba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían su significado. Una tarde, uno de los jóvenes le dijo:
- Maestro, tú nos cuentas los cuentos, pero no nos explicas su significado...
- Pido perdón por eso. Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.
“Gracias, maestro”, respondió halagado el discípulo.
- Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?
- Sí, muchas gracias.
- ¿Ya que tengo en mi mano el cuchillo, te gustaría que te lo cortara en trozos para que te sea más cómodo?
- Me encantaría... Pero no quisiera abusar de su hospitalidad, maestro...
- No es un abuso si yo te lo ofrezco. Sólo deseo complacerte... Permíteme que también te lo mastique antes de dártelo...
-¡No, maestro! ¡No me gustaría que hicieras eso!
El maestro lo miró sonriente y dijo: “Si yo les explicara el sentido de cada cuento sería como darles a comer una fruta masticada”, relató Scheherezade.
El rey Shahriyar se quedó pensativo. Su mirada se colgaba del horizonte... Se habían detenido a descansar en una enorme roca a la vera de la ruta 38. Estaban convencidos de que una nueva incursión en ese surrealista Jardín de la República les podía deparar apasionantes sorpresas. Vieron pasar a un centenar de personas, humildemente vestidas, que cargaban al hombro bolsones. “¿Qué transportan en las espaldas, morador?”, le preguntó el rey a un hombre joven. “Hoy nos repartieron los bolsones. Llevamos fideos, harina, arroz y algo de leche en polvo... Somos desocupados y a muchos les dan planes sociales”, contestó. “¿Planes sociales?”, inquirió asombrado  Shahriyar. “Sí, nos sirven de ayuda económica y a cambio, tenemos que brindar nuestro trabajo en donde el monarca Al Rachid lo requiera. Pero la mayoría se limita a recibir lo que les dan y no hacen nada más”, señaló el hombre. “Pero, ¿por qué no se agrupan y generan su propio trabajo? La mendicidad somete al hombre, lo esclaviza, lo lleva a perder su dignidad”, dijo el rey.
Un anciano que estaba escuchando el diálogo se acercó y manifestó: “Es muy difícil cambiar esta realidad porque desde arriba no se da el ejemplo. Acá tuvimos algún monarca militar que predicaba la rectitud y la honradez, pero luego le descubrieron cuentas en Suiza, y cuando lo descubrieron se puso a llorar, y no supo explicar de dónde provenían los ‘ahorros’. Hubo otro que no terminó la escuela primaria y que por su habilidad política, llegó a gobernarnos; su presente sigue siendo próspero; es más, el pueblo le paga para que lo represente ante el emperador, pero no se tienen noticias de él... Y así sucede con otros representantes, con otros pícaros”. “Pero es el pueblo el que elige a sus gobernantes. ¿Acaso nos les basta una experiencia para aprender y cambiar?”, replicó Shahriyar.
“El mal ejemplo cunde. Pocos son los que se esfuerzan para lograr una meta. Cuando hay elecciones, se candidatean miles de personas y una buena parte de ellas que nunca hizo nada por la comunidad, sólo aspira a morder la torta del poder para ganar buenos salarios y para crecer económicamente. Son contados con los dedos los monarcas que terminaron su mandato sin haberse enriquecido...”, señaló el viejo. “¿Ese es el ejemplo que les dan a los niños y a los jóvenes? Si una sociedad tiene ese comportamiento será muy difícil torcer el rumbo y recrear la cultura del esfuerzo, del trabajo”, acotó Scheherezade.
Un ruido ensordecedor los perturbó. Con asombro, vieron un pájaro de acero desplegar sus alas en el cielo y llovieron millones de papelitos. La bella doncella levantó uno del suelo y leyó: “Vote a Al Rachid, el camino del futuro”. “¿Cuál futuro?”, se preguntó Scheherezade. “El de la fruta masticada”, respondió el rey Shahriyar.