La esperanza supera al escepticismo

Punto de Vista por Roxana Laks - Magister en Sociologia Aplicada.

05 Febrero 2007
Quizás un adulto de clase media, de entre 35 y 50 años, sienta añoranzas de vacaciones en familia en alguna playa o en las sierras; de domingos de cine; de discusiones con los padres por sentirse obligados al estudio de un idioma con el argumento de que “hay que saber inglés para el futuro”; de los encuentros en el club; de la asistencia perfecta al circo o parque de diversiones que visitaba la provincia; de la compra semanal de las imperdibles revistas infantiles; o de los infaltables clásicos de la literatura infantil o juvenil.
Estas rutinas eran prácticas generalizadas en la amplia y heterogénea clase media argentina, que hacían al acervo cultural de sus hijos. Los padres buscaban la manera de sembrar “para el día de mañana”. Se trataba de patrones de consumo comunes para la familia que preparaba su descendencia.
Si bien las costumbres actuales no tienen por qué ser idénticas, muchos de aquellos que recibieron ese caudal de sus padres no pueden hoy planificar de la misma manera el mañana de sus propios hijos. ¿Cuánto demanda en un presupuesto familiar algunas o  todas estas actividades mencionadas para un promedio de dos hijos? Quizás los patrones actuales apunten más a la satisfacción inmediata que a la preparación de un futuro con dosis de incertidumbre. En muchos casos, lo instantáneo es más seguro que apostar poco o mucho a un mañana mejor.
Lo particular de todo esto no es solamente el cambio en el patrón de consumo, sino la pérdida de la gran expectativa de la clase media argentina: que cada generación podía esperar que la siguiente la supere en bienestar. Ese es el pilar que entró en crisis ya hace un par de décadas.
Hoy muchos padres descreen y dudan de que sus hijos puedan tener un futuro que supere al presente de ellos. Las sucesivas crisis han puesto en evidencia la imposibilidad de concretar el gran sueño, lejos de la movilidad social ascendente, en donde el progreso coronaba el esfuerzo.
Paradójicamente, los datos estadísticos muestran un marcado optimismo en relación con el mejoramiento en la calidad de vida y la posibilidad de ascenso social de los hijos. Pareciera que la esperanza, pese a las contingencias, supera al escepticismo.

Alta movilidad social

“El bienestar económico es un concepto variable y en permanente construcción. “Lo que hace 40 años se consideraba como bienestar no es lo mismo que lo que actualmente se considera como tal”, afirmó la economista Constanza Almirón. “Hoy, un individuo necesita más de inversión, bienes y educación para alcanzar lo que se percibe como bienestar económico”, agregó.
Almirón investigó la movilidad social en Tucumán en el período 1962-1997, con una muestra de 2.293 individuos, residentes en el Gran San Miguel de Tucumán, de entre 21 y 30 años y de entre 31 y 40 años. Una conclusión interesante del estudio fue que en Tucumán existe un alto grado de movilidad social desde el punto de vista económico, aunque con algunos matices en el plano educativo. “Encontramos que los hijos alcanzaban rápidamente el nivel de ingresos que tenían sus padres a esa misma edad. Pero también encontramos que, con respecto a la educación, ese desarrollo era más lento: los hijos tardan más en alcanzar el grado de educación que tenían sus padres a la misma edad”, consignó Almirón. Otra conclusión interesante del estudio fue que a partir del análisis de los ingresos, se vio que el nivel económico de los hijos tiende a ubicarse en una franja intermedia. “Es decir, que los hijos de padres pobres no son tan pobres como sus padres. Y que los hijos de quienes están en la posición más alta de la escala económica, no superan en riqueza a sus progenitores”, dijo.







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