Teñidos de populismo

Punto de vista. Por Samuel Schkolnik - Doctor en Filosofía.

28 Enero 2007
La falta de educación, el desempleo, la infracción permanente a todo tipo de normas tienen un papel causal en el incremento de la violencia. Sin embargo, hay un factor de fondo que obra sobre todos estos factores. Es una suerte de retorno a la barbarie como categoría cultural.
En la Argentina de fines del siglo XIX y principio del siglo XX había más analfabetos que ahora y la distribución de la riqueza era más injusta. Pero en aquel momento había una apetencia general por la instrucción. Toda la sociedad estaba convencida de que ir a la escuela era bueno. Había un apetito generalizado de conocimiento no sólo en el sentido propiamente cognitivo de la palabra, sino también en el de las prácticas deseables en torno de lo que se conocía en aquel momento como moral y urbanidad.
Ese paisaje valorativo se extinguió. Ahora asistimos a la paradoja de que una persona que va al volante de un auto cuya tecnología es de última generación y que lleva en su cinturón un teléfono celular que implica la cristalización de un conocimiento que incluye la física cuántica, sea prácticamente un bárbaro. No tiene idea ni hace la menor valoración de las inmensas hazañas de la ciencia para lograr esos artefactos que componen su paisaje cotidiano, por ejemplo. Eso está combinado con una suerte de apatía de fondo.
Ese modo de situarse en el mundo implica una especie de militancia en el rechazo a todo lo que valió la pena hasta hace muy poco tiempo. Se produjo una especie de vaciamiento de significados y lo que quedó en ese lugar es nada. Esto se agrava en las sociedades teñidas de populismo. Esta es una concepción de la realidad según la cual el hecho de nacer conlleva una serie de derechos que, para gozar de ellos, el único requisito es haber nacido y no trabajar o esforzarse para conseguirlos.
Este es, quizás, el telón de fondo contra el cual todos los factores que se aducen pueden tener su causal.