05 Mayo 2006 Seguir en 
Hay una amplia variedad de valores que muchas veces son presentados por el pensamiento económico actual como tajantemente antagónicos. Se trata de falsos dilemas tales como la dicotomía entre mercado y Estado; entre eficiencia y equidad; entre industrialización y “atraso”; entre políticas macroeconómicas de corto plazo y política de crecimiento de largo plazo. Relacionado con el conflicto argentino-uruguayo desatado por la construcción de las papeleras en Fray Bentos, puede señalarse como otro falso dilema aquel que contrapone el crecimiento industrial con el cuidado del medio ambiente. El origen de esta dicotomía puede rastrearse en una interpretación demasiado simplista de la fórmula de “desarrollo sustentable”, que se impuso en las últimas décadas como una forma de resaltar la sencilla idea que reza que los recursos que permiten el crecimiento económico están para ser usados en la satisfacción de las necesidades del presente, pero sin comprometer la capacidad de que las generaciones futuras puedan también satisfacer las suyas. Interpretada de manera estrecha, esta fórmula dio lugar a la aparición de una fuerte confrontación entre los llamados desarrollistas (que alientan el crecimiento industrial, el consumo creciente de energía, la irrigación intensiva de los suelos de uso agrícola y otras actividades que pueden considerarse responsables del deterioro del medio ambiente) y los ecologistas (descalificados por los primeros como “antidesarrollistas”). Como en el caso de la contraposición Estado-mercado, también en este caso estamos enfrente de una falsa dicotomía, que se desvanece cuando se define el desarrollo de una manera convenientemente amplia, asociándolo fundamentalmente a la expansión de la libertad humana (donde se incluye la libertad de gozar de un medio ambiente saludable y bello). Economistas de renombre han contribuido tristemente a empobrecer este debate, encerrándolo en un razonamiento de estricto “mercado”, de donde surgió el extraño consejo de utilizar la influencia de instituciones como el Banco Mundial para transferir la producción de industrias polucionantes desde los países más ricos hacia los más pobres. Con un razonamiento estrecho, de estricta lógica de mercado pobremente aplicada a un tema complejo, estos consejeros del Banco Mundial pueden llegar a una conclusión exótica, que pretende convertir este traslado de contaminación en un intercambio mutuamente ventajoso (para los ricos que exportan su basura, y para los pobres que la importan). (Especial para LA GACETA)









