"No piden ayuda porque se creen inmortales": un especialista explica cómo detectar si un adolescente empezó a apostar
Cambios abruptos de conducta, deudas, dinero que desaparece y una relación más secreta con el celular pueden encender una alerta. El psicólogo Alejandro Schujman explicó cómo acercarse y cuándo buscar ayuda profesional.
Resumen para apurados
- El psicólogo Alejandro Schujman advirtió que los cambios de conducta y el uso oculto del celular alertan sobre la adicción al juego online en adolescentes.
- La problemática crece impulsada por la facilidad de acceso digital, deudas ocultas y la creencia de invulnerabilidad de los jóvenes, que evita que pidan auxilio.
- Especialistas recomiendan a las familias detectar patrones de riesgo tempranos y recurrir a asistencia profesional para frenar la ludopatía juvenil.
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Un adolescente se vuelve más irritable, se encierra, pasa cada vez más tiempo con el celular o empieza a ocultar lo que hace. Ninguna de esas conductas confirma por sí sola que esté apostando, pero un cambio abrupto puede ser el primer indicio de un problema que todavía no logra expresar.
Alejandro Schujman, licenciado en Psicología y especialista en familia y vínculos, advirtió que buena parte de la vida de los jóvenes transcurre fuera de la mirada adulta. “Los chicos están muy solos en el mundo virtual”, planteó en diálogo con LA GACETA.
Mientras las familias suelen conocer los lugares, las personas y las actividades que integran la vida presencial de sus hijos, ese acompañamiento se vuelve más difícil dentro de internet. Las aplicaciones y los grupos privados permiten apostar, transferir dinero y conversar con intermediarios sin salir de una habitación.
Cambios
No existe una señal única que permita diagnosticar una adicción. Schujman recomendó observar las transformaciones repentinas y evitar conclusiones automáticas basadas solamente en el tiempo de uso del teléfono.
“Las señales de alerta son cualquier cambio abrupto en el comportamiento, en la forma de vestir, en el estado de ánimo”, explicó. Entre las posibles manifestaciones mencionó la irritabilidad, el retraimiento y una atención excesiva al celular.
El ocultamiento también puede encender una alerta. “Va a estar con el teléfono y, de repente, va a esconder algo porque sabe que está haciendo algo que le hace mal”, señaló. El gesto no demuestra por sí mismo que exista una apuesta, pero puede justificar una conversación si aparece junto con otros cambios.
Las señales más concretas suelen relacionarse con el dinero: deudas, pedidos frecuentes, transferencias difíciles de explicar, faltantes en la casa o pertenencias que desaparecen. Schujman advirtió que algunos jóvenes “empiezan a endeudarse y empiezan a sacar dinero donde no hay”; en situaciones graves, pueden vender objetos familiares o acceder sin autorización a cuentas bancarias.
Iniciar la conversación
Frente a una sospecha, el primer paso no debería ser esperar una confesión ni convertir el diálogo en un interrogatorio. “Hablar con los hijos es el primer escalón”, sostuvo el psicólogo.
La conversación debería partir de los cambios observados y no de una acusación cerrada. Preguntar qué está pasando, escuchar antes de sancionar y dejar en claro que el objetivo es ayudar puede facilitar que el adolescente cuente una situación que le provoca vergüenza o miedo.
Si las señales persisten, hay deudas o el joven no consigue dejar de apostar, Schujman recomendó recurrir a especialistas. “La ayuda profesional es imprescindible para este tipo de casos, por lo cual que sobre una consulta y no que falte”, pidió.
Romper el silencio
La familia no es el único ámbito desde el cual puede detectarse el problema. Los compañeros suelen advertir antes que los adultos cuánto apuesta un adolescente, cuánto perdió o si empezó a pedir dinero.
“Los chicos tienen que saber que no es ser ‘buchón’, que le pueden estar salvando la vida a un amigo”, afirmó Schujman. Romper el secreto, en ese contexto, no significa traicionar al grupo, sino acercar a una persona que todavía no puede pedir ayuda por sí misma.
El especialista pidió construir una red que incluya a las familias, las escuelas, las amistades y los profesionales. La intervención no debería quedar limitada a controlar el teléfono: también necesita abordar el malestar, las deudas y los vínculos afectados.
Una forma de cuidado
Schujman sostuvo que los adultos no pueden esperar que el adolescente dimensione por sí solo todos los riesgos. “Los chicos no piden ayuda porque se creen inmortales, omnipotentes y todopoderosos”, explicó.
Por eso, atribuyó a los adultos la responsabilidad inicial de intervenir. “Los padres tienen que ser la voz de la conciencia de los hijos y poner el límite que ayuda”, señaló.
Ese límite, aclaró, no debería reducirse al castigo ni a la prohibición aislada. “El límite es amor y cuidado, no es ni castigo ni impedimento”, afirmó. La diferencia está en acompañar, explicar las razones y sostener la intervención cuando el adolescente todavía no cuenta con las herramientas necesarias para frenar.














