Resumen para apurados
- LA GACETA reflejó que caminar en Tucumán sigue siendo un desafío tras 100 años de crónicas sobre carteles y toldos peligrosos sin soluciones definitivas.
- Pese a las reiteradas ordenanzas municipales promulgadas durante décadas, las crónicas urbanas muestran que los riesgos e inconvenientes peatonales se mantienen.
- El problema evidencia una falla histórica en la gestión del espacio público tucumano, que requiere controles efectivos para garantizar la seguridad de los transeúntes.
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“Como todos los males, que tienen su razón de ser en el organismo social, el mal de los toldos tiene su remedio. Para ello basta aplicar severamente la ordenanza que determina su altura. El que un propietario de tienda sea bajo de estatura no le da derecho a que haga las cosas a su medida. Debe tener en cuenta la altura de los demás, ya que, aunque para su uso particular, los toldos afectan el interés general”.
Este párrafo forma parte de una desopilante crónica publicada en LA GACETA el 22 de febrero de 1930, titulada “Toldos que te quitan la cabeza: limitación de estatura”.
Con un estilo alambicado y de a ratos rebuscado, donde el autor pareciera tener más interés en florear su prosa y sus conocimientos que en informar los hechos, algo que no tendría cabida en el periodismo moderno, más directo y sin rodeos, excepto las columnas de opinión o las crónicas más narrativas, literarias o interpretativas.
La nota tarda demasiados párrafos en llegar al asunto que propone el título y el propio autor lo reconoce: “Pero creemos, y con razón, que nos estamos saliendo del tema”.
Sin embargo, los rodeos continúan: “Hemos dicho que en Tucumán todo es paz, pese a sus anhelos de actividad, demostrado por la política y los ladrones, estos con más frecuencia que aquella; dicha paz da por resultado el propósito de hacer nada; es decir, renunciar por completo al vértigo, símbolo de la vida moderna…”
Y así continúa el autor por largo rato filosofando sobre el tironeo de los tucumanos que “han sido unos verdaderos ociosos, enemigos recalcitrantes del laburo” y los que se ajustan a las normas, a la vida moderna y a su vértigo.
Problemas para los altos
Hasta que “¡por fin!” el autor le muerde el cuello al tema. “Entendemos, si no estamos mal de la mollera, que entre las ordenanzas municipales hay una que trata de la altura de los toldos”. Pero regresa el autor a los rodeos infinitos, a partir de reconocer que se trata de una ordenanza vieja: “La vejez merece respeto y contemplaciones…”. “Pero por lo mismo que esta señora es anciana merece un poco de respeto…”. “Los hombres de hoy tienen poca o ninguna consideración con la vejez…”. “Es por esta causa que la citada ordenanza de toldos es objeto de toda clase de irreverencias, teniéndole en el más odioso de los olvidos”.
Y luego realiza una extensa descripción del entoldado, bajos, altos, lindos, feos, sucios y rotos y de las diferentes vicisitudes para circular por las acercas, abundando en ejemplos: “Si un hombre cortés cede a una dama la vereda, y se va cerca del cordón, corre el peligro de perder un ojo con el hierro saliente de un toldo o ser golpeado en la frente o la cabeza y en el mejor de los casos, hacer el ridículo al recoger el sombrero caído”.
En no pocos casos, el autor recuerda que los ambulantes -a quienes denomina viandantes- se suman al problema de circulación. “Y si no es posible poner coto a los abusos de los propietarios de los toldos bajos… que se exija a los habitantes que para andar por las calle tengan una estatura limitada, prohibiéndose, en adelante, un crecimiento mayor que el más bajo de los toldos”.
Cien años después, el entoldado callejero sigue vigente, por ejemplo en zonas como El Bajo. Pero la mayoría fue mutando en aleros metálicos o marquesinas sobre las veredas, toldos con tracción eléctrica, entre otras variantes. Y pese a que han mejorado en altura -no todos- respecto de aquellos que “te quitan la cabeza”, los obstáculos urbanos han proliferado a la par de la frenética actividad comercial tucumana y por una razón central: la publicidad.
Esto empujó al concejal de San Miguel de Tucumán Ramiro Ortega (FR), vicepresidente 1° del Concejo, acompañado por su par Alfredo Terán de Zavalía, a presentar un proyecto de resolución instando al Ejecutivo municipal a retirar la cartelería en desuso o a que se garantice su correcto mantenimiento. Los ediles apelan al cumplimiento de la ordenanza N° 2.114, no sólo por una cuestión de seguridad para peatones y conductores, sino también para frenar el progresivo degradamiento del espacio público, con la instalación de todo tipo de instalaciones, fijas y móviles, lo que además va en detrimento del paisaje urbano que no es más que patrimonio de la ciudad. “Que la introducción en el paisaje urbano de determinados que, por su forma, volumen, naturaleza, distribución espacial, material o color alteran visualmente la estética del entorno, hasta el punto de resultar discordantes, hostiles o faltos de armonía transforma la fisonomía del paisaje de forma invasiva y provoca un impacto visual negativo”.
En un siglo poco ha cambiado respecto de las transgresiones en el espacio urbano tucumano, salvo que ya nadie “hace el ridículo al recoger el sombrero caído”, ni tampoco abundan los hombres corteses que le ceden su espacio a la dama en la vereda.







