Lionel Messi, Sofía Martínez y las nuevas masculinidades
El llanto de Lionel Messi y las especulaciones que volvieron a rodear a Sofía Martínez parecen episodios inconexos. Sin embargo, ambos exponen cómo conviven nuevas formas de ejercer la masculinidad con viejos prejuicios sobre la manera en que hombres y mujeres pueden vincularse.
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Durante varios días, Sofía Martínez volvió a quedar atrapada en una historia que nunca fue una noticia. Desde el Mundial de Qatar 2022, cuando su agradecimiento a Lionel Messi después de la victoria sobre Croacia se volvió uno de los momentos más recordados de aquella Copa del Mundo, alrededor de la periodista empezó a construirse un relato paralelo: un supuesto vínculo sentimental con el capitán argentino. Con el tiempo aparecieron versiones de un enojo de Antonela Roccuzzo, de una presunta prohibición para entrevistar a los jugadores de la Selección e incluso historias inventadas sobre un romance durante un vuelo. Bastó que fuera una periodista mujer con acceso a los jugadores para que aparecieran relatos que difícilmente se construirían alrededor de un colega varón.
Después del partido contra Cabo Verde, Messi la saludó. Se detuvo unos segundos a conversar con ella delante de todas las cámaras. No explicó nada. No salió a desmentir rumores. Simplemente actuó con naturalidad.
Días más tarde, en su vlog, Sofía contó lo que significó ese momento. Dijo que el mejor jugador del mundo -"la persona más importante del mundo", según sus propias palabras- había sido capaz de advertir que una mujer que simplemente estaba haciendo su trabajo la estaba pasando mal por rumores que nunca deberían haber existido. Y que, aun teniendo encima toda la presión de un Mundial, se tomó ese instante para dejar las cosas claras.
No sabemos si Messi pensó exactamente eso. Lo que sí sabemos es que el gesto alcanzó para desarmar, en pocos segundos, una novela que llevaba mucho tiempo gestándose.
Y ahí empezó una conversación mucho más interesante que la del saludo. Unos días después lo vemos a Messi llorando desconsoladamente después de clasificar a la Argentina a los cuartos de final. Llorando sin esconderse. Dejándose abrazar por sus compañeros. Limpiándose las lágrimas con la camiseta.
Las dos escenas, aunque parezcan distintas, hablan de algo parecido: de una manera de ejercer la masculinidad.
El fútbol fue -sigue siendo- uno de los espacios en el que los hombres aprendieron cómo debía comportarse un hombre. Aguantar el dolor. No mostrar miedo. No llorar. Resolver los conflictos desde la dureza. El vestuario funcionó durante décadas como una escuela en la que esas reglas se transmitían de generación en generación.
Por eso la comparación con otra imagen histórica resulta inevitable. En la final del Mundial de Italia 90, Diego Maradona rompe en llanto después de perder contra Alemania. Carlos Bilardo y varios compañeros lo rodean inmediatamente. El gesto siempre fue leído como un acto de protección: había que evitar que el capitán fuera visto llorando.
Treinta y seis años después, nadie intenta tapar a Messi. El abrazo ya no sirve para esconder las lágrimas. Sirve para sostenerlas.
No significa que una época haya sido mejor que la otra ni que los mandatos hayan desaparecido. Basta mirar lo que ocurrió con Sofía Martínez para comprobar que todavía sobreviven muchas formas de mirar a hombres y mujeres desde lugares muy distintos.
En ese contexto, el saludo de Messi adquiere otra dimensión. No porque él se haya propuesto dar una lección, sino porque eligió un camino diferente al de la indiferencia. Y esa forma de actuar también comunica.
Los chicos aprenden de muchas maneras. Aprenden de lo que les decimos, pero también -y sobre todo- de lo que ven. En un país donde el fútbol ocupa un lugar tan importante en la construcción de la identidad masculina, millones de nenes crecen mirando a Messi. Lo imitan cuando gambetea, cuando levanta una copa o cuando festeja un gol. Pero también, aunque resulte menos evidente, aprenden de esos otros gestos. De verlo emocionarse sin vergüenza. De verlo aceptar el abrazo de un compañero. De verlo cuidar a una colega que estaba siendo injustamente expuesta.
Quizás esa sea una de las herencias menos comentadas de Messi. No los títulos, que quedarán escritos para siempre, sino la manera en que ejerce el liderazgo. Sin convertir la sensibilidad en una amenaza. Sin sentir que la empatía le resta autoridad. Sin esconder las lágrimas para parecer más fuerte.
Las transformaciones culturales rara vez llegan con grandes discursos. A veces aparecen en escenas mínimas. Un abrazo. Un saludo. Un hombre que llora delante de millones de personas sin que nadie sienta la necesidad de taparlo. Y millones de chicos mirando esa escena, aprendiendo, quizá sin saberlo, que también existe otra forma posible de ser hombre.







