El cuerpo del deseo – Reseña de “Manchón y cuenta nueva". Antología de relatos sobre abortos. Por Priscilla Hill

03 Dic 2017
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Arte de tapa: Sofía Jatib / Diseño: Patricio Dezalot



“Pero ese feto de las campañas anti-aborto parece un changuito de tres años.

Le falta la bicicleta y estamos hechas”

 

Una amiga, en la farmacia.

 

     El deseo es una ausencia, una sed migrante, un anhelo en fuga y por eso, ocupa un lugar incierto pero vivo en todas las personas. La historia de las ausencias, como toda historia, es acechada por el fantasma de la ficción. Donde en apariencia no hay nada puedo colmar todo mi deseo, inventarme cualquier cosa, imaginar. Pero las formas del deseo no han sido habilitadas para todos los sujetos de la misma forma. El deseo ha sido gozado por algunos, construido, reproducido, enseñado, aprendido. Entonces, a veces no sé si lo que deseo es deseado por mí o por algo en mi lugar que se come mi posibilidad de elegir.

     Cuando Fabricio, el editor de Gato Gordo Ediciones, y responsable de la publicación de esta antología sobre mujeres tucumanas que abortan, me pidió reseñarlo al libro, algo irrefrenable tuvo lugar en mi cuerpo: el deseo. Lo más interesante de ese hallazgo fue la certeza de que, así como yo gozaba con la lectura de esas voces y cuerpas aborteras, ellas, las narradoras de esas experiencias comunes para muchas mujeres, habían gozado en esa praxis revolucionaria que es la palabra libertaria.  Cuando la lectura y la escritura se encuentran emerge un umbral que tiene la fuerza de un trampolín: impulsa, precipita, hace brotar nuevas maneras de existir con las otras, siempre con las otras. Esa es, según entiendo, la refracción más nítida que la lectura de estos textos ha dejado en mí: la sororidad, esa palabra que parece nueva pero que las mujeres, clandestinas en un mundo que parece expulsarnos todo el tiempo como si no fuera nuestro, conocemos desde tiempos ancestrales.

     ¿Por qué el aborto legal, seguro y gratuito en los hospitales públicos aparece como un imperativo sustancial dentro de los feminismos en todo el mundo? Porque su ilegalidad viene a encubrir una siniestra forma de opresión y desigualdad y, como la mayoría de las violencias que se ejercen sobre determinados cuerpos, se trata de opresiones y desigualdades sistémicas. Hay un entramado complejo de relaciones de poder que van desde las etnias, las razas, las lenguas, las clases sociales, la lógica de “castas”, al fin, que teme el despertar de les sujetes para evitar que se conviertan en tales. Las historias sobre abortos que se visibilizan molestan, incomodan, generan la mal llamada por ciertos sectores “lógicas incendiarias” que son, nada menos y nada más, que la exigencia del cumplimiento de los derechos humanos. Todas las mujeres hemos estado, de alguna u otra forma, cerca del aborto. Las que los hemos vivido en cuerpa propia, de manera espontánea o voluntaria, las que hemos acompañado a compañeras, amigas, hermanas, novias, amantes madres e hijas, de maneras más o menos violentas, más o menos traumáticas. Hay un patrón de conducta del cuerpo social ante la posibilidad de las mujeres de optar por no maternar: el silencio, el rechazo, el tabú. Resulta, entonces, mínimamente paradójico, que ante una realidad que miles de miles de mujeres vivimos en todos los países del mundo la práctica del aborto no sea una garantía de los estados. ¿Por qué, de todas las reivindicaciones del feminismo, el aborto es la más polémica en el escenario social? Porque su legalización implica develar que lo que las mujeres de ciertas clases pueden tapar con dinero, las pobres deben pagar con sus vidas. Por eso mismo, los feminismos entienden que una forma de desigualdad esconde miles de otras y por esa comprensión cabal, sistémica, compleja a las mujeres nos han tildado de brujas. El capitalismo define al efecto “dominó” como aquel que genera un impacto en cadena cuando se desata una crisis económica. Me gusta la idea de que las mujeres resignifiquemos esa – y tantas otras palabras. El efecto dominó es la caída de las máscaras de la hipocresía social, de la doble moral que sostiene un sistema tirano. Y al caer una desigualdad la que vuelve al aborto cotidiano una práctica delincuente y clandestina– caerán todas.

     Manchón y cuenta nueva compendia cinco relatos breves sobre abortos en el marco de vidas tucumanas, en la misma provincia que hace unos meses defenestró con prácticas medievales una puesta en escena sobre aborto en el contexto de una marcha por los derechos de las mujeres. Se tomó un acto de ficción, casi paródico, como un atentado contra el status quo y se persiguió a una mujer con amenazas de muerte, violación, incineración, empalamiento, suplicio y otras propuestas tentadoras para un genocida que se toma vacaciones y vuelve renovado. ¿Cómo una ficción mueve tantas fibras? Porque la división tajante entre ficción y realidad es también una farsa. Por eso, los cinco relatos de ficción de este compendio tienen fuerza de verdad. Por eso, y porque algunos están narrados en primera persona, y todes sabemos que la cuerpa es verdad.

 

La socorrida

     El relato inaugural se llama “Un encuentro color rosa”. Esta narradora- personaje, o narradora en primera persona, sabe, como muchas de nosotras, que el rosa es el color del pudor femenino. “Si pronuncio rosa pienso en ‘cosas de nenas’, en la novela mujercitas, Sissi emperatriz seguro que alguna vez se habrá vestido de rosa”, dice la primera de las mujeres. El pretérito imperfecto que emerge rápidamente después de esta introducción permite a esa voz de cuarenta y dos años el retorno a escenas del despertar de la piel, la sexualidad de la primera adolescencia y el deseo en una casa que – como todo tiempo pasado– ya no existe. Esa piel que recuerda los quince años, abandona el rosa y, por un momento, habilita otros colores, sabores, irrupciones del goce y el placer de orgasmos sin penetración, aunque a los hombres la cabeza les estalle. Es que el clítoris es el órgano del placer y sólo existe para eso: tiene ocho mil terminaciones nerviosas. Pero ese recuerdo emerge ante la presencia de una voz que, en el presente de la enunciación del relato, tiene quince: Lucía, que, como la narradora, espera a sus socorristas para abortar. El pretérito es avasallado por ese presente que todo lo asedia y que nos deja ver, otra vez, que el aborto está a la vuelta de la esquina, debajo de la cama, en la cama misma. La voz que narra teme porque entiende que le enseñaron a temer. Siente vergüenza porque debe ser ayudada por mujeres jóvenes y también porque en alguna dimensión tácita de lo real debe haber un archivo infinito de memorias de la vergüenza entre nosotras. Pero en su relato, y en la vida, ella, Lucía y tantas otras socorridas se volverán, de una vez y para siempre, socorristas de otras tantas mujeres. Esa es, quizás, una imagen potente de la libertad. Un tesoro colectivo que no podrá mercantilizarse.

 

La compañera

     Esta voz habla de otra cuerpa a la que acompaña en “Un trámite más”. A falta de uno, aborda la experiencia de una mujer que atraviesa por dos abortos, uno en mejores situaciones que el otro, por razones sobre todo económicas. La vivencia del aborto como trámite es también una conquista, el lado b de una experiencia que, si sucede, se asocia al trauma y a los imaginarios más embadurnados de dramatismo. En ese relato, la culpa, presente por mandato, por tradición y por norma, emerge pero no a raíz del aborto, sino de la maternidad, que más adelante se concreta, como esfera de contradicciones, renuncias, anhelos de hallarse. A su vez, la maternidad de a dos (o más personas) implica responsabilidades que en un sistema patriarcal terminan recayendo sobre las mujeres, con diversas variantes: “extraño tener una mañana para mí, me ayuda, a veces, me colabora, es buen padre, pero viste cómo son los hombres”. En esta concesión pareciera que les hijes son siempre de las mujeres y no una responsabilidad de todas aquellas personas que les crían.

     En otro orden de cosas, la figura de les ginecólogues es siempre, para la mujer abortera, una suerte de monstruo del armario. Un juez o jueza infalible de la moral cristiana que descarga un poder sin fin sobre una mujer “que está en sus manos”. Cuando la mujer, en cambio, se muestra fuerte, cae sobre ella un vaticinio fatal asociado a la imposibilidad de ser felices, llevar vidas maritales dignas, y otros buenos deseos del estilo. La idea de que la mujer gestante – decida o no parir – abandona su autonomía física para transformarse en carne de la ciencia y la observación es casi una condición para la atención médica. Actualmente, y aún a pesar de las leyes como la del Parto Humanizado (25929), la medicalización de los cuerpos, la aplicación de prácticas consideradas hoy métodos de tortura como el legrado en caso de haberse producido una interrupción inducida o espontánea del embarazo, y tantas otras son una realidad tan sólida como los miles de abortos clandestinos en la provincia. Las mujeres cis tenemos poca participación en la toma de decisiones a la hora de parir y/o abortar y somos sometidas a vejaciones medicamentosas sin reparo alguno de su verdadera necesidad. La infantilización de nuestros cuerpos es incalculable. Las mujeres trans, en cambio, deben ingresar en la arena de lucha del sistema de salud para recibir la hormonización que sus transiciones requieren. Ese es el mandato médico, un undécimo mandamiento no escrito pero ejecutado sin vacilaciones.

     Encontrarse en vínculos con hijes es para una mujer muy complejo. No es una experiencia unilateral. Es, digamos, y si nos lo permitimos, como la vida misma. “Es que la maternidad no es un trámite, es una búsqueda. Su búsqueda”. Así se clausura este texto, que también puede ser leído como una pregunta por el deseo.

 

La sepulturera

     Dice Susy Shock, poeta trans, mujer- luciérnaga, que para dar luz hay que prenderse fuego. Éste, el relato más breve de la antología, se sitúa en el interior del interior y como en todos los pueblos chicos, todes se conocen y los funerales son uno de los pocos entretenimientos de la modorra pueblerina, del cual no quieren perderse ni los perros. La caravana ritual que acompaña al féretro recuerda a cierta novela de Onetti, Para una tumba sin nombre, donde todes han presenciado un entierro en Santa María (que es una metáfora de cualquier pueblo del mundo y no un detalle pintoresquista de lo que se supone es una cartografía regionalista). En los pueblos chicos del mundo, todes han visto morir a alguien, por ende, todes han tenido la oportunidad de ser convidades a un entierro.

     ¿Qué es enterrar algo? Darle un fin, permitirle a una extinta existencia ingresar al insodable espacio de la nada. Pero los fines habilitan comienzos y este relato, en clave polisémica, nos permite jugar con esa tensión. Cuatro perfiles llevan un féretro hasta su fin. Cuatro mujeres que bien podrían ser una síntesis caótica – y visceral– de una mujer que morirá para renacer. Cuando intentamos desandar lo que somos porque eso que hemos interiorizado por años ya no nos convence el cerebro ejecuta una serie de puntadas agudas porque también el cuerpo deviene en adicto ante las trayectorias vitales conocidas. La deconstrucción – la muerte para resucitar– es para las mujeres, sobre todo en aquellos espacios donde el escrutinio es una lanza candente en la garganta, una rebelión personal y, por eso, justamente, política. Mirarnos en perspectiva para abandonar eso que creímos ser y que probablemente fuimos deja marcas en la voz, en la piel, en los gestos– esos restos de otras identidades en la propia– y representa una labor dolorosa y transformadora. Y también es una caricia necesaria, una reparación desde nosotras para con nosotras mismas. Enterrarse en el propio funeral, lejos de ser una ceremonia mocosa y cogotuda, llena de gente que pretende hallar en la impostura de dolor de otras personas un guiño para animarse a vivir, emerge en este relato como un orgasmo callejero y total, donde la mujer se reconcilia con su deseo y se siente plena. Se eleva por sobre las voces réprobas que quieren atarla y alcanza la libertad de la sepulturera para nacer y multiplicarse como las raíces.

 

La hereje

     La industria de la maternidad insiste en que las embarazadas son seres deseables, a las que el pelo se les pone brilloso, las tetas flagrantes, la piel de sol pero a las que tocar puede generar algo – no sabemos qué pero por si las moscas, acatamos– en el feto. No se habla de que quizás ese feto devenga en nada y no en niñe, ni siquiera se piensa en las mujeres como en algo no decorativo. No se les pregunta nada por fuera de los lugares comunes. No tienen deseos ni miedos, no sienten que una incógnita les obtura algo en las entrañas y les carcome ciertos recovecos desconocidos. No detestan ese estado físico nuevo que se maquilla con sonajeros y productos cosméticos. Por eso mismo, el estado deplorable en que muchas mujeres se sienten es camuflado por el lenguaje huidizo – y funcional al orden- con el eufemismo coqueto y discreto de “náuseas”. En este relato, la voz en primera persona describe el vómito en todo su esplendor. Una catarata de vómitos diversos, ávidos de reflejar, en una suerte de muestra de los humores de la cuerpa, todas las preferencias culinarias de esa chica que una mañana en una playa de Brasil presiente un embarazo, lo comprueba con dos rayitas rosas en un test y opta por un aborto con pastillas.

     Les incas, en su lengua originaria – el quichua– llamaron chuñar a la acción de trabajar, que refería a una multiplicidad de prácticas. En estados donde las políticas de gobierno no sólo invisibilizan la diversidad cultural y lingüística, sino que aniquilan a los últimos pueblos originarios resistentes en América Latina, no aprendemos en ninguna escuela que chuñar es trabajar. El lenguaje es opaco, pero a veces nos concede ciertas epifanías. El vómito, en el registro de la narradora, es un chuño cotidiano e irrefrenable y es también la intuición de un embarazo que no será, de un aborto decidido y ejecutado con humor. En el siglo XX, un ruso visionario y demente de apellido Bajtin, que ante la carencia de papel de tabaco en las cárceles desde las que produjo muchas de sus obras, se fumó los manuscritos, también escribió un texto sobre las formas en las que los sectores populares desacralizaban mediante la inversión de signos las prácticas de la “alta” cultura. Una de las posibilidades más potentes de lo que él llamó carnavalización es el humor. La risa es siempre revolucionaria por eso se prohíbe y culturalmente es siempre más respetable hablar de deudas que de amor. Este relato, en cambio, es una apuesta por la risa carnavalizante del cuerpo que se pronuncia y elige contar desde el chuño el otro lado de la experiencia de no maternar. “Si me querés, quereme aborto”, dice la hereje y abre un sentido nuevo en donde reivindica lo que se es porque se lo decide.

 

La expectante

     “Expeler” se llama el último relato. Expeler es sinónimo de abortar, de vomitar, de expulsar. Estos verbos – en gramáticas irreverentes- quizás puedan ser metáforas de libertad. Se expulsa no solo la cigota sino también la tradición del silencio. En este relato, que se desdobla entre la primera persona del singular y la del plural en un efecto de sentido interesante, hay una mujer que acompaña a otra en la práctica de un aborto quirúrgico signado – otra vez-  por la clandestinidad, con el aliciente de que se develan en los diálogos y pensamientos de las mujeres la complicidad de la policía, las farmacias, les mediques y les enfermeres, el negociado de fondo, el tabú. “El silencio de la clandestinidad no es igual a cualquier silencio”, piensa la mujer que espera ser atendida, rodeada de otras mujeres temerosas, que sólo olvidan el miedo cuando escuchan la voz de alguna de las otras y se sienten menos solas. Cuando la abortera ingresa a ese escenario de anestesias e ilegalidad, su compañera espera.

     Algo en el relato corta el horizonte de expectativas de la narración: un poema. El poema que se presenta ante la presencia del pentotal y de la inyección.  Cuando pensamos en poesía, nunca la imaginamos de la mano del aborto. Pero toda experiencia vital, si la miramos con sospecha, puede ser una experiencia poética: Colmados frasquillos color ámbar/parecen alambiques destilando amores/ es extraño, que lo que induce al sueño/sea también un despertar disímil/Seré otra dentro de un rato/ Escuché mi voz, esta vez/y para siempre.

     El relato cierra con la voz de la mujer que abortó y piensa en la solidaridad de María, su compañera. Solidaridad horizontal, esa que el feminismo ha comprendido y que realza en las calles como única vía posible para la revolución. Si la rebelión sucede (y sucederá) será a través de los feminismos que entienden que no hay personalismos en las luchas: toda lucha es hermanada en un abrazo indestructible.

     Manchón y cuenta nueva es de las primeras antologías sobre aborto en la provincia de Tucumán. Es también, y sobre todo, una embestida al silencio asesino. Porque estas mujeres entienden que el silencio no es salud. Salud es abortar seguras.

 

Priscilla Hill (Tucumán-Argentina)

Escritora, editora, profesora en Letras, feminista.

 

 

 

Manchón y cuenta nueva (Antología de relatos sobre abortos)

Gato Gordo Ediciones, 2017

35 pag.

Tucumán, Argentina

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