Un cuento que alucina a Tucumán. "Blanco" por Pablo Donzelli

05 Jul 2017
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Pablo Donzelli para Toukouman Literatura.

Pretende hacer participar al lector de un tipo de extrañamiento. Descoloca al lector: una secta que “quiere iluminar la ciudad, los chicos de Pangea”; una sensación de extrañamiento y un rumor a ciertos “locoides” por sus inventos, mediante una serie de materiales y combinaciones inesperadas (luz con luz de luciérnagas) que comparten cierto malestar social con tono alucinado y fantástico. Esta categoría de lo fantástico parece dar cierta comodidad a la escritura de Pablo porque “Blanco” ofrece una resolución con dinámica fantástica; la apresa mediante una bolilla que va creciendo. Mediante prácticas sociales de creencias y con la agilidad de la narración, muestra el comportamiento de la gente y de los medios masivos: la gente, los medios, los científicos y la bolilla que crece  sin explicación y se viraliza por el mundo, mientras la ciudad de Tucumán (nombrada  por los objetos que la habitan y la definen) va quedando en ruinas; como el agua se tragó a los pueblos del Sur; una metáfora de las catástrofes; un modo de refractar al hombre que sucumbe por su propia ambición.

Liliana Masara.

*Para la presentación de 5x5, Ediciones Trompetas Completas.

 

 

Blanco

 

El primero en chocar contra la bolilla fue el changarín Gustavo Prieto. Caminaba distraído por la avenida América al 500 llevando su carro vacío todavía a esa hora de la mañana cuando algo como un dedo que lo señalaba lo detuvo sin contemplaciones. Retrocedió sorprendido porque no había visto a nadie y el carro había pasado sin inconveniente alguno. Cuando prestó atención descubrió a la altura del pecho una bolilla suspendida en el aire. Más precisamente parecía una canica, una de las bolillas más codiciadas por los niños que tienen ese blanco tan fuerte y tan acrílico. Sin miedo la intentó tomar. La encerró en su puño e hizo fuerza para sí. No se movió. Miró preocupado por última vez y siguió su camino.

Una cuadra más adelante le advirtió a una señora gorda que caminaba en sentido contrario: -Cuidado Doña con la bolilla-.

Como era de esperar la señora no le llevó el apunte, quizás debido a que venía reprochándole a una niñita que llevaba de la mano que no se meta los dedos en la nariz, que quedaba feo, mala educación, que qué va a decir el señor y por distraída y por no escuchar los consejos, tuvo ella también que soportar esa sensación de ser increpada firmemente por un dedo invisible. –Diosito santo, virgen María, una bolilla blanca, en el aire, y dura, diosito-.

Los ojos los tenía más como platos que de costumbre. Nerviosamente se refregaba las manos en su ropa. Mientras, la niña notando que ya no se fijaba en ella volvió a meterse los dedos en la nariz.

-Tiene que ser un milagro, sólo puede ser obra de Dios- y salió corriendo gritando la buena nueva con más miedo que otra cosa. Después de repetir diez veces lo que había visto, y segura de estar rodeada de otros tantos curiosos, recordó que su hija había quedado en el lugar de los hechos.

-Llevemos velas -dijo líder y, tanteando que no era de los primeros en la columna, regresó. La idea del milagro divino gustó, todos tocaron la bolilla y se prendieron velas en el suelo ya que no era posible que se sostuvieran en el aire como la esfera.

No pasó más de una hora que ya el lugar estaba rodeado de gente, ya vendrían los medios y una mujer era glorificada por ser la madre del niño muerto dos años atrás por tragarse una bolilla (que no era de las canicas sino de las comunes). Se especulaba con un mensaje, en que allí había que hacerle un santuario, en que desde el nacimiento el niño hizo milagros y que una prima se salvó y que su mirada y ya cada vez que hablaban de la bolilla la nombraban como bolillón porque en todo ese tiempo su tamaño se había multiplicado.

Poco a poco, junto al fuego de las velas, los arrebatos religiosos se fueron consumiendo dando lugar a las cámaras de televisión que primero filmaban la esfera y luego buscaban figuras de lo más famosas posible para que cuente a la audiencia su parecer.

En esto se estaba cuando llegaron los científicos. La esfera tenía el tamaño de una pelota de tenis. Cortaron la calle, rodearon el lugar con cinta amarilla, ahora se trataba de un patrimonio mundial. Comenzaron los experimentos: se la golpeó con un martillo, se midió el sonido, se le pusieron 1000 kilos de toneladas encima, la rociaron con distintos ácidos (hasta con Coca Cola) y finalmente midieron la velocidad de crecimiento.

La única conclusión: multiplicaba su diámetro cada hora.

Para eso ya el ente era el anhelo de los chicos del barrio que la miraban de lejos y la querían para hacer un picadito en la cancha que estaba cerca y que por fin la desocuparon los grandes interesados por el fenómeno.

La noticia recorría el globo y la promesa de los periodistas de un inminente desenlace empezó a correr la misma suerte que el fuego de las religiosas velas. La única novedad era que la pelota seguía creciendo y tiempo después fue tan grande que la parte inferior se acercaba al piso. Un bromista puso unas botellas de vino y fue bien aprovechada por los informantes que transmitieron en vivo y directo y gritaron como un gol el estallido de mil pedazos de vidrio verde.

Llegó al piso y las esperanzas de que empezara a rodar calle abajo se disiparon al notar que su rigidez y su crecimiento constante no cambiaron. Seguía creciendo hacia todas las direcciones.

-¿Hasta cuándo?- preguntó el changarín Gustavo Prieto. Silencio del científico que dejó los instrumentos y miró al cielo. Silencio del periodista que dejó de ser el objeto mediático y pensó en sus hijos. Silencio de los famosos que no paraban de opinar. Y de repente, una batucada de la murga Pechando el camión que buscaba cualquier objeto para sacarle ritmo a ese cristal blancuzco.

-¿Hasta cuándo?- retumbaba por toda la zona, por todo Tucumán, por toda Argentina, por Japón que se sentía a salvo como América con Hiroshima.

La esfera seguía creciendo y ya había atravesado ampliamente los límites del suelo, amén de haber destruido una casa cercana. Era grave lo de la casa para una familia que había quedado sin techo. Era grave la superación de la línea del suelo para toda la humanidad porque de golpe sintió cómo había sido superado, cómo lo que era cero y de allí para el cielo o cero y de ahí al infierno, era lenta pero implacablemente profanado.

La bola era tan ajena como si un personaje de un comic se esforzara por mantener limpia su casa y viniera el dueño de la revista y, partiéndola en dos, destruyera el baño y la sala de estar del cuadro de arriba. Así es cómo el hombre sintió que algo por fuera de su mundo se le interponía. Mejor aún, cómo algo interno, en medio del tercer mundo, empezaba a atropellarlo, un tumor silencioso que primero habita y luego postra al mejor atleta.

El Consejo de Seguridad lo anunció. Desplazada media manzana y socavado el suelo muchos metros, recomendó la evacuación de la zona. Las bombas atómicas solucionarían todos los problemas y las catastróficas especulaciones. El caos fue sólo al principio, pronto la gente se enteró que no eran tantos para aplastarse. En cuatro horas la ciudad y sus alrededores estaban abandonados. Tres aviones cruzaron el horizonte y segundos después tres hongos naranjas se entrecruzaban produciendo una temperatura y un ruido abominable.

Luego la vista fue desoladora, una ciudad en ruinas, el correo, la casa de gobierno, la casa histórica y otros bellos edificios habían desaparecido. Un paredón había quedado de la cancha de San Martín. La de Atlético había sucumbido por completo. El canal del Camino al Perú parecía un tren descarrilado. Desaparecieron los lapachos, los naranjos, las tipas. Un hollín inconcluso, el fuego en el cerro San Javier y en el centro, sublime, pura, límpida y brillante una perla gigante que no había sufrido rasguño alguno e irremediablemente seguía creciendo duplicando su tamaño cada hora.

La humanidad había usado su máximo potencial, le había resultado (según el que la tire) para detener una guerra, había resultado para que no se inicie otra que sería definitiva, pero en esta oportunidad fracasó. El majestuoso quiste avanzaba hacia todas las direcciones desplazando cualquier materia que se le interpusiese.

Se tragó la ciudad, se tragó las montañas por un lado y el lecho del río Salí por el otro, una tras otras las ciudades fueron desapareciendo, los trastornos internos de la tierra causarían catástrofes futuras pero ya no importaban: las hormigas, los monos, el hombre no tenían escapatoria. Ni siquiera una nave improvisada de selectos magnates que con su última soberbia pensaron que la perla detendría su crecimiento en la tierra siendo que fueron alcanzados después de sucumbir la luna.

 

Pablo Donzelli (Santiago del Estero, 1974)

 

*Pablo Donzelli Nació en 1974 en Santiago del Estero. Es psicólogo. Fundó y dirigió la revista Trompetas Completas entre los años 2004 y 2015. Publicó el libro de poesías y cuentos Hemisferio Izquierdo (1999), Las novelas Los Perfectores  (2003), La Sonrisa que Pintó Leonardo (2007) y Jugo (2015) y participó en el libro de cuentos 5 x 5 (2016).

 

 

 

*5x5 y otros libros de Ediciones Trompetas se pueden conseguir Edunt (Crisóstomo 883) o llamar al 154 490626.

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