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Acerca de los testículos

26 Dic 2020
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IMAGEN ILUSTRATIVA

Cuando se piensa en las zonas erógenas de las personas con pene, suele ser justamente este órgano el que se lleva toda la atención. Tal es el falocentrismo que caracteriza a nuestra cultura. Poco se habla en este sentido de los testículos que, estimulados adecuadamente, pueden ser también una gran fuente de placer (algunos prefieren ser suavemente acariciados, otros un poco más fuerte o que se los estiren o estrujen; incluso hay quienes son capaces de alcanzar el orgasmo de esta manera).

Pero repasemos un poco de anatomía: los testículos se encuentran en el interior del escroto -la bolsa que cuelga bajo el pene-. Se trata de dos glándulas ovoides -generalmente uno cuelga más que el otro- de tamaño variable (en promedio cuatro centímetros de longitud y dos centímetros y medio de diámetro), encargadas de la producción de hormonas. Básicamente la testosterona, determinante de los llamados “caracteres sexuales secundarios masculinos” y fundamental en la producción del deseo sexual de todas las personas.

La razón por la que el escroto cuelga es que su temperatura debe ser inferior a la del cuerpo, en dos o tres grados Celsius, para posibilitar la adecuada formación del esperma. De ahí que se ha desaconsejado el uso de ropa interior y pantalones muy ajustados, ya que perjudicarían su producción (y también por esta causa dicen que en la Antigüedad, un método para producir esterilidad temporaria eran los baños prolongados muy calientes). En el momento de la eyaculación, los testículos se acercan al cuerpo. Por eso, para retardarla, algunos utilizan la técnica de estirarlos de modo que se alejen de él.

Testículos y verdad

Curiosamente, palabras como “testificar”, “testimonio” o “testamento” surgen de la asociación entre la verdad y los testículos. Y es que en la historia de la humanidad, los testículos fueron muy valorados, no sólo por ser considerados la fuente de la masculinidad sino porque también lo eran de las futuras generaciones.

En la Biblia, en el libro del Génesis, aparece la expresión “pon tu mano debajo de mi muslo”: para indicar veracidad, se ponía una mano en los testículos del hombre al cual se le hacía una promesa. De esta manera se aceptaba la amenaza de que las generaciones no nacidas se vengarían si había un incumplimiento o si se estaba mintiendo. Por otra parte, a los hombres castrados les estaba prohibido ir al templo porque, según la Ley Mosaica, “el hombre que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado no será admitido en la asamblea de Yahvé”.

Ojo con las Papisas

Si bien la leyenda no ha podido ser comprobada (aunque abundan sus representaciones en el arte), dicen que Juana, una hermosa joven inglesa, se dirigió a Atenas disfrazada de monje y, armada con una licenciatura en filosofía, llegó a Roma, donde el Papa León IV la nombró cardenal. Tras su muerte, Juana fue elegida para sucederlo por sus compañeros cardenales.

Al parecer sirvió como Papa durante dos años, cuatro meses y ocho días, cuando se descubrió que era una mujer y fue lapidada (la mentira quedó expuesta en una procesión, en la que dio a luz a un niño).

Entonces, como garantía de que no ocurriera más un equívoco semejante, pasó a exigirse que los cardenales que votaban estuvieran totalmente seguros de que el futuro pontífice tuviera testículos bajo su sotana. A fin de verificarlo, se construyó una silla especial que tenía un asiento en forma de herradura para que los genitales pudieran ser palpados. Luego de esta comprobación, el encargado de hacerlo le anunciaba al público: “Duos habet et bene pendentes” (en latín, “tiene dos y cuelgan bien”).

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.