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Nuestra anatomía

17 Nov 2019
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Nuestra anatomía

Hasta hace no demasiado tiempo, en las clases de educación sexual, cuando se hacía referencia a los genitales femeninos se mencionaba solamente a la vagina. Y todavía quedan resabios de esta reducción coitocéntrica, vinculada a su contraparte, el pene. En verdad, lo correcto es hablar de “vulva”: un todo mucho más complejo y abarcativo, integrado por diferentes partes: labios externos o mayores, labios internos o menores, clítoris, entrada vaginal, entrada uretral y el monte de Venus. 
Al igual que ocurre con otros rasgos físicos, la apariencia de la vulva es muy variable de una mujer a otra y no existen dos exactamente iguales. En este sentido, el tamaño y la forma de los labios menores es quizás lo que más muestra diferencias individuales, lo cual es absolutamente normal: en algunas son casi inexistentes, en otras son grandes y prominentes (llegando a no estar cubiertos por los labios mayores) y hay quienes tienen sólo uno. Este y otros rasgos que difieren de la típica ilustración de libro –es decir, de esos genitales rosados en forma de corazón, más bien pequeños, uniformes y simétricos- han hecho que muchas sientan vergüenza, absurdamente, por creerse deformes o inadecuadas.

Según pasan los años

Al nacer, la vulva puede aparecer hinchada o agrandada, como consecuencia de haber estado expuesta a los altos niveles de hormonas propios del embarazo. Luego, el tamaño se contrae, al desaparecer el contacto con las hormonas. Al nacer, el clítoris de la niña es proporcionalmente más grande que durante el resto de su vida.
La revolución hormonal que viene con la pubertad produce en la vulva modificaciones importantes: sus tejidos se vuelven más gruesos y elásticos, su coloración cambia y los labios mayores y menores, el clítoris y el himen se vuelven grandes y pronunciados. Pero puede que, al desarrollarse el vello púbico, la chica no advierta lo que está ocurriendo.
Cuando se producen las relaciones sexuales con penetración se genera un cambio no demasiado significativo en la apariencia de la entrada vaginal. Por otra parte el himen puede estirarse o rasgarse, según la fuerza aplicada. Si los músculos vaginales se fortalecen y se desarrollan –o se vuelven más débiles, según el estilo de vida y otros factores- es probable que cambie la apariencia de la vulva.
Con el embarazo, aumenta el suministro de la sangre a la zona, en especial a los labios y el clítoris, que se hacen más grandes. Las venas se vuelven prominentes y visibles. Todo esto puede producir un incremento en la sensibilidad, haciendo que la estimulación produzca más placer o también más molestia.
En el parto, la vagina y la vulva deben estirarse para permitir el paso de la cabeza del bebé, lo cual puede producir desgarros. Para prevenir esto, a veces los médicos efectúan una incisión, llamada episiotomía, cuya cicatriz resultante puede generar cambios en su apariencia.
Cuando llega la menopausia los niveles hormonales disminuyen y, en consecuencia, los tejidos sensibles a ellos –como los labios y el clítoris- disminuyen de tamaño, pero sin llegar a las dimensiones de la preadolescencia. Un proceso normal que no elimina el deseo sexual ni la posibilidad de continuar viviendo una sexualidad satisfactoria.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.