Postergar el placer

29 Jul 2018
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Vanilla Sky

En una escena de la película “Vanilla Sky”, el protagonista, David Aames, un joven atractivo, carismático y multimillonario –interpretado por Tom Cruise- se autodefine como un pleasure delayer. Expresión que podría traducirse como “alguien que acostumbra retrasar o dilatar el placer”. Efectivamente, David y Sofía Serrano –el personaje de Penélope Cruz-, acaban de conocerse y pasan toda la noche hablando, en un clima de seducción muy sutil. Él regula sus palabras y sus acercamientos, en un estado de fascinación total. A la mañana se despiden –ahí recién ella le da un beso profundo, inesperado- pero nunca llegan a acostarse. Él sale a la calle feliz, lleno de energía, saboreando el dolor de tener que separarse de Sofía: sabe que algo muy especial ha pasado entre los dos y que definitivamente van a volver a verse (aunque la historia tomará otro rumbo cuando, minutos después, David sucumba a la tentación y se suba al auto de su amante).

Un experimento

Antes de que el mujeriego David Aames confesara su tendencia a demorar el placer, el tema fue investigado, en los años 60, en un experimento liderado por el psicólogo Walter Mischel, en un jardín de infantes del campus de la Universidad de Standford. Participaron allí un grupo de niños de 4 años. A este experimento hace referencia el psicólogo estadounidense Daniel Goleman, en su libro “La inteligencia emocional”, destacando la capacidad de postergar la gratificación como una característica importante dentro de la inteligencia emocional.

¿En qué consistía el experimento de Mischel? Cada niño entraba en una habitación en la que había un chocolate sobre una mesa. Entonces el experimentador le explicaba que se retiraría durante unos minutos y que él podía elegir hacer sonar una campana cuando quisiera, para convocar al experimentador y comerse el chocolate. O podía –segunda opción- no comerlo y esperar hasta que el experimentador regresara (alrededor de quince minutos después): entonces recibiría dos chocolates.

Algunos niños no tardaron mucho en llamar al experimentador para devorarse el chocolate: eligieron la recompensa menor pero inmediata. Pero otros fueron capaces de esperar los interminables minutos que el adulto tardó en regresar: se taparon los ojos, hablaron solos, cantaron, jugaron con las manos y los pies e incluso intentaron dormir. Pero finalmente, orgullosos y satisfechos, recibieron los dos chocolates.

Inteligencia emocional

El equipo de psicólogos siguió la trayectoria de estos niños hasta que concluyeron la escuela secundaria y pudieron comprobar la gran diferencia emocional y social existente entre los que habían podido esperar y los se habían apoderado del chocolate antes de tiempo. Los primeros eran más seguros de sí mismos y más capaces de lidiar con las frustraciones. Tenían menos probabilidades de derrumbarse o paralizarse en situaciones de tensión, o ponerse nerviosos y desorganizarse cuando eran sometidos a presión. Aceptaban desafíos y procuraban resolverlos en lugar de renunciar, incluso ante las dificultades.

Sin embargo, los que se apuraron en comer el chocolate, mostraron estas cualidades en menor medida y, en cambio, compartían rasgos psicológicos relativamente más conflictivos: más inclinación a rehuir los contactos sociales, a ser tercos e indecisos, a sentirse fácilmente perturbados por las frustraciones, a considerarse “malos” o inútiles y a quedar paralizados por el estrés. Tendían a ser desconfiados, propensos a los celos y a la envidia y a reaccionar de forma exagerada ante la irritación.

Sostiene Goleman: “La capacidad de retrasar el impulso es la esencia de la autorregulación emocional y la base de una serie de esfuerzos, desde comenzar una dieta hasta obtener un título. Algunos chicos, incluso a los cuatro años, habían dominado lo esencial: eran capaces de interpretar la situación social como una situación donde la postergación resultaba beneficiosa, de apartar su atención de la tentación que tenían a mano, y de distraerse mientras conservaban la necesaria perseverancia con respecto a su objetivo: los dos chocolates”.

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Psicóloga, sexóloga clínica y colaboradora de LA GACETA desde hace más de 10 años.