Oscar Jaimet. Soy Soldado (Primera parte)

31 Jul 2018

Esperando una señal. Historia de un brindis hipotético

Monte Dos Hermanas. Noche plena. En una ventisca de nieve, de dientes crujientes y de bocas enardecidas se escuchan muchas interjecciones de dolor pero una sola voz de mando que dice así: ¡qué haces ahí pelotudo! O ¡Muévanse!! O ¡No se vayan! o ¡aguanten carajo!! En la madrugada del 11  de junio de 1982  el hombre sabe que el momento le ha llegado. Parado en medio de la Isla,  Oscar Ramón Jaimet, mayor del ejército argentino, se aferra con uñas y dientes al suyo: imparte órdenes, arenga a sus hombres aterrados por la sorpresa del asalto, pone el pecho a las balas. En suma, defiende a la Patria como un buen soldado.

Los esperábamos de frente con una defensa antitanque pero el ataque vino de costado y estando en primera línea, nos sorprendió a todos y se generó pánico. Tenía que lograr que la tropa no se dispersase para empezar el repliegue hacia Tumbledown.  Le ordenó al subteniente Aldo Franco que nos cubra como retaguardia de combate pero yo esperaba una señal.

Y llegaron dos.

Hace horas los oídos resignados se han acostumbrado a los silbidos de las granadas en el aire,  a las bengalas insidiosas, a la artillería cruzada,  a las ametralladoras histéricas, a la persistencia de los misiles y a toda la parafernalia a la que algunos le llaman guerra y otros simplemente, infierno. La Fuerza inglesa, al mando del teniente coronel Andrew Whitehead y secundada por 600 hombres entre los que se cuentan grupos comandos y regimientos de paracaidistas, van por ellos y no les dan tregua. Atacan por aire, por mar, por tierra con la furia de un dios guerrero vikingo.

No había forma de avanzar, desde el mar, en el lado opuesto a Puerto Argentino, una fragata, el Glanmorgan HMS, nos disparaba sin darnos tregua.

Y entonces sucede algo inesperado: una gran bola de fuego surca el cielo malvinense y un  resplandor celeste enciende la noche negra por la fracción de unos minutos. El misil Exocet Tierra-Mar, disparado desde la posición Argentina, en dirección de “Her Majesty ship” había dado en blanco. Es el manto de la Virgen, me dije, son dos señales, una táctica y otra del cielo. Es lo que esperaba para avanzar.  Entonces, solo entonces, organicé a mis hombres para emprender el repliegue rumbo hacia Tumbledown.

Como siempre sucede, los hechos que condujeron a ese momento capital en que jóvenes ingleses y argentinos asomándose a la vida, se cruzaron en las trincheras, se tejió en grandes salones, rodeados de edecanes y con la aquiescencia de miles de cortesanos solícitos, en medio de paredes enteladas, de muebles de orfebrería, de alfombras exquisitas.

Capital Federal, Argentina. Este hipotético escenario: desde su despacho en la Casa Rosada un general bravucón, mira el perverso ajedrez del poder con preocupación. 90 por ciento de inflación, descontento general, credibilidad en baja, y un sinfín de avatares más le dicen que tiene que pensar en algo y rápido.  Atormentado barrunta soluciones mágicas mientras da el quinto sorbo de la mañana al Johnny Walker Etiqueta Roja.

 

Del otro lado del mundo, en Downing Street una mujer dura como el hierro también hace sumas y restas: su reino esta alborotado y su partido desgastado,  huelgas hostiles en las minas de Carbón la hostigan día y noche y su popularidad ha descendido al quinto subsuelo.

Al creciente descontento laboral, se suma una sensación de amenaza de muerte en el ánimo de los jefes de la marina británica, que ven cómo avanzan los planes de reducción de la flota de guerra, en el contexto de la Guerra fría.

La dama en cambio prefiere el Bells, un whisky escocés al que le agrega, en general, soda durante sus noches en vela que en poco tiempo (ella aún no lo sabe) se multiplicarán.

El hombre mira la plaza vacía y la imagina llena, patriotera, exultante. Muchos argentinos vivando su nombre. El nacionalismo se le pone al rojo vivo al tiempo que la marea de elucubraciones le trae respuestas desde el Atlántico Sur. De repente sus ojos se desplazan a la periferia de las coordenadas y se estacan en un archipiélago olvidado

10 de abril de 1982. Desde el mítico balcón de Evita y Perón, el general, que se llama Leopoldo Fortunato Galtieri, a ochos días del sorpresivo desembarco en Malvinas arenga con voz marcial a una argentina futbolera que confunde Mundial con guerra: ¡Si quieren venir que vengan! Le presentaremos batalla! ¡Ar-gen-ti-na Ar-gen-ti-na! Flamean celestes y blancas miles de banderas al viento. La suerte está echada.

En Londres, la mujer de metal  que bebe escocés con soda, se llama Margaret Thatcher y es Primer Ministro de Inglaterra. Le cuesta encontrar en su mapamundi la geografía de ese país perdido, Argentina, y hace ingentes esfuerzos para familiarizarse con  el nombre de esas minúsculas pertenencias inglesas entre los paralelos de 50º58' y 52º56' latitud sur: The Falklands Islands, repite en voz alta. Agradece su existencia y la de su militar trasnochado y da un nuevo sorbo a su Bells.

Buckingham Palace. La reina Elizabeth de la Casa Windsor toma el té con scones rodeada de sus perros Poodles.

 

Eramos soldados: crónica de un desembarco

¿Dónde estaba usted cuando se anunció el desembarco de Malvinas?            

La pregunta no viene desde el frente, ni desde algún lujoso despacho del poder mundial. Brota desde un departamento luminoso en la mañana tucumana: el Mayor Oscar Ramón Jaimet, héroe de Malvinas, entre otras cocardas, ha aceptado recibirme para relatarme, entre sorbos de café, un pedazo de su historia que es, a la vez, la historia de todos. Me ha saludado involuntariamente con el saludo marcial, y con su voz enérgica me ha dado a elegir el lugar de la charla.

En el comedor así tomo nota. He contestado.

¿Quiere un café? Queremos un café. La bandeja aparece mágicamente a los pocos minutos. Solo entonces la charla se abre.

 

 El 2 de abril de 1982 me encontraba dando instrucción al Regimiento 6 de Mercedes en medio del campo, y escuchó el anuncio por la radio: Hemos recuperado Malvinas. Voy a ver al jefe del Regimiento y empezamos a prepararnos para la guerra

¿Qué pensó en ese momento?

Éramos soldados. Estábamos entusiasmados. Habíamos jurado defender a la Patria hasta morir. Yo estaba dispuesto a morir. Nunca se me pasó por la cabeza no ir aún cuando sabía que era una locura. Yo comparto la causa nacional. En 1982 el ejército inglés ya había renovado todos sus obuses por otros de mayor alcance. Nosotros teníamos los mismos desde 1974.

Volvamos a ese 10 de abril,  minutos más tarde en que el militar arengaba, pletórico, a la multitud desde un balcón. Hace una semana ya, que los hombres en sus cuarteles  se preparan para el combate por la soberanía perdida y olvidada. Paradojas de la historia, en cada confín de este ring geopolítico improvisado el general y la dama, levantan sus vasos de whisky y brindan en el aire paladeando la derrota ajena por adelantado:

Ellos pensaron que Inglaterra no respondería militarmente que EEUU también se abstendría y de participa,  apoyaría a un país americano pero pensar eso fue desconocer absolutamente la historia militar. La soberbia del poder se lamenta Jaimet.

La Union Jack, la misma conocida por su eficaz rapacidad conquistadora, la que venció al mismísimo Napoleón en la batalla de Trafalgar, la que resistió incólume los embates del Tercer Reich, la de la Armada Invencible, esa misma vino por ellos, por los soldados de un ejército periférico que se había atrevido a tocarle la cola al león imperial.

La historia grande la conocemos todos. Soldados argentinos ocuparon las Malvinas el 2 de abril de 1982. El gobierno británico respondió con el envío de una fuerza naval que desembarcó seis semanas más tarde y que forzó la rendición argentina el 14 de junio de 1982. La conjunción de esas dos operaciones secretas militares, conjugada en la “Operación Malvinas”, dio en llamarse operación Rosario y operación Azul y lograron, en su inicio, el objetivo de plantar bandera para seguir con la segunda fase del plan.

La operación de Malvinas fue bien pensada los 3 primeros días. Era ir, tocar y volver y llamar la atención de los organismos internacionales para negociar pero después hubo un súbito cambio de planes.

La defensa es una situación transitoria para ganar tiempo, bloquear el terreno, negar zonas de acceso del enemigo para ganar tiempo y parar la ofensiva. La sola defensa presupone la derrota. La ofensiva presupone la victoria. No sé qué paso en medio que del plan original fue modificado.

Pasó el balcón. Barrunto, elucubro, divago. ¿Pasó el balcón?

Hubo una trampa internacional. Inglaterra necesitaba una victoria y la OTAN colaboró. Argentina cae en la trampa. Después de los 3 días, no nos daba el cuero.

Abril de 1982. Tiempo de descuento, en pocos días este puñado de guerreros bravos que forman el Regimiento de Infantería mecánica General Viamonte, hombres de campo y caballo, de atardeceres y mates, rudos en el arte de la doma y la yerra probablemente, pero poco hechos a la inclemencia del clima insular, se entrenan bajo el mando del experimentado Jaimet. Durante largas jornadas los prepara en las artes de la guerra de noche y los enemigos armados hasta los dientes, en un ámbito donde la ausencia de luz pampeana corroe los ánimos hasta de los más aguantadores. Dentro de poco deberán partir hacia el corazón de las tinieblas.

Cargan con ellos, los laureles que supieron conseguir: el regimiento Piribebuy, creado durante la Primera Junta de Gobierno, luchó victoriosamente en la Guerra de la Triple Alianza con el Paraguay al mando de Luis María Campos. Así que, vestidos con ropajes de glorias, estos soldados y estos jefes, listos para combate, se embarcan a la guerra de sus vidas: Malvinas.

Oscar Jaimet, Rod Stewart y Aristóteles

Aunque Jaimet no lo supiese, todos los momentos de su vida que precedieron al desembarco y sus consecuencias, fueron una lenta preparación para este, el momento  en que un hombre prueba su valor y justifica su razón de ser.

Nacido en Reconquista Santa Fe en 1945 “El 10 de Enero, el mismo día y año que Rod Stewart” acota,  en la adolescencia se trasladó  a la ciudad a hacer sus estudios en el Liceo Militar General Manuel Belgrano de donde salió con una decisión férrea: serviría a las Fuerzas Armadas. En los mismos años en que su ídolo musical probablemente tocaba la guitarra en las calles de Londres y pensaba en el futbolista que no sería, el joven soldado aprendía el oficio del combate: Comando, paracaidista e instructor de Tiro y de tácticas de comando. Nadie como él, para la guerra. No buscada pero a veces insoslayable.

A mí me gustaba el combate. La guerra.  Mi primer destino fue Tartagal en el 66. Mi especialidad era el combate en el monte que requiere mucha resistencia, dureza y adaptación al medio ambiente. Yo no sentía nada.

Comando (busco en el diccionario) El Comando es  un Combatiente de Elite en técnicas de combate, evasión y escape para operar en las retaguardias de las líneas enemigas

En el silencio, una malla invisible de causas y consecuencias se fue urdiendo para que el comando Jaimet encontrase su destino de honor en medio de una geografía remota.

En el 82 mientras que  Roderick David Stewart, su otro yo, hacía estragos con sus meneos sensuales en los escenarios al ritmo «Da Ya Think I'm Sexy?» el ya experimentado soldado pisaba por primera y única vez junto a su regimiento, el suelo malvinense.

Llegamos el 13 de abril con 600 soldados. Yo estaba a cargo de un tercio del regimiento: 170 hombres de la Compañía B Piribebuy. Aterrizamos en Puerto Argentino. Teníamos misiles antiaéreos portátiles de bajo alcance, un buen equipo de abrigo, borceguíes, fusiles Fal. El problema igual no era tanto el armamento sino las fallas del sistema logístico.

 ¿Cómo era Malvinas cuando llegaron?

Era una factoría colonial. Tenían medidor de luz con monedas y cocinas económicas. Vivían en el Siglo XIX. No había árboles. El paisaje era rocoso y las noches muy largas y heladas.

¿Qué pasó entonces?

 Empezaron a impartir órdenes. A los pocos días de haber llegado. Se distribuyeron en un sistema semi-circular. Yo estaba solo allá.

Nosotros esperábamos el desembarco inglés en las playas, 90 kilómetros al norte, pero nos sorprendieron desembarcando en el Puerto de San Carlos y entonces mis hombres y yo quedamos inesperadamente en primera línea.

Miles de documentos de época reposan sobre mi mesa abarrotada: se trata de textos escritos a máquina, de notas de diarios y revistas de la época. También informes del ejército y hasta una bitácora de guerra local llamada “La Gaceta Argentina” Primer periódico malvinense. Hojeo en mi afán de intentar entender esta entelequia de la guerra. “Reseña de los hechos ocurridos entre el 01 al 07 de mayo de 1982”: 0440 hs. Un avión enemigo no identificado ataca el aeropuerto de PUERTO ARGENTINO, arrojando dos bombas de 450 kgs cada una” dice el parte que consigna hora a hora cada episodio de la contienda en medio de crónicas deportivas futbolísticas o automovilistas. Todo sea para mantener el alto el espíritu de la tropa.

“¿Cómo es el enemigo? Las radios, los diarios y revistas que llegan desde el continente informan sobre distintas unidades inglesas que vienen a bordo de la flota enemiga. ¿Cómo son ellos? La respuesta es sencilla: son hombres iguales que usted o yo. Altos, bajos, buenos, malhumorados…no hay ninguno de ellos que reúna las características de Superman, especialmente el de ser invulnerables a las balas. Están armados con fusiles Fal iguales a los nuestros. Ametralladoras MAG, iguales a las nuestras. Lanzacohetes iguales a los nuestros. Morteros iguales a los nuestros. Pero no tienen morteros 120. Abreviado: Usted tiene clara conciencia de las razones por las que está aquí. Usted sabe por qué lucha. Por consiguiente: TIRE A MATAR. Su fuego será eficaz”. Dice otro de los textos.

La mesa esta cada vez más revuelta: flotan papeles amarillos mecanografiados, que dan cuenta de bajas de soldados, barcos, aviones, tanques. Hablan de tácticas y estrategias ininteligibles, exhiben mapas, fotos, noticias del continente y en medio de este mar de palabras naufragan mis memorias de guerra. Tenía 10 años y con mis compañeras de primaria mirábamos a Malvinas como a la inexpugnable Troya. Recuerdo las cartas que escribíamos con ilusión a esos soldaditos imaginarios que se nos antojaban de juguete, recuerdo que nos uníamos a la arenga de la multitud: ¡que venga el principito! provocábamos con conciencia pueril y así festejamos el hundimiento del destructor HSM Sheffield con la misma algarabía que un gol, como lloramos el del Ara Belgrano en manos del submarino nuclear Conqueror, como si se tratase de un penal errado. Y después en pleno triunfalismo nos llegó la realidad crudísima y el velo del templo se cayó.

¿Qué pensaba durante la guerra?

Pensaba en ser justo, lo que siempre ha sido mi obsesión. La disciplina es fundamental en el ejército pero su base es la razón y la justicia. Si no hay razón ni justicia no hay disciplina.

Sostiene Jaimet y su palabra no suena a retórica marcial sino a semántica humanista.

La carrera militar requiere un 80% de conocimiento de humanidades, sociología, historia y un 20 % de técnicas militares.

Me gusta Aristóteles y Santo Tomás dice y me cuenta de sus clases de filosofía a la par de sus estudios en el Colegio Militar. Consulto de nuevo a mi amigo Google, la justicia para Aristóteles. Existen dos justicias para el maestro de Alejandro Magno: la justicia distributiva que consiste en distribuir las ventajas y las desventajas que corresponden a cada miembro de una sociedad, según su mérito y la justicia conmutativa que restaura la igualdad perdida, dañada o violada a través de una retribución o reparación regulada por un contrato.  En el fragor de la lucha el Mayor habrá intentado denodadamente hacer malabares en el fino equilibrio de ambas.

Intento pegar las partes del espejo fragmentado y por eso redacto un inventario. El inventario Jaimet: Fan de Rod Stewart, cultor de la filosofía Aristotélico- Tomista, combatiente de elite, padre y marido. Definiciones concomitantes y opuestas del soldado en su laberinto.

Tres cosas le pedí a la virgen: la primera fue que no quería morir, la segunda que me ayude a ser buen jefe y a dominar el miedo y la tercera ganar la guerra.

Me concedió dos.

Pero así como Malvinas desató demonios también engendró mitos. El de los Gurkas por ejemplo, soldados nepaleses de elites blandiendo sus kukris, cuchillos corvos con los que degüellan salvajemente a sus víctimas.

"Los Gurkas nunca entraron en combate. Estaban muy frustrados porque nuestro Batallón jamás se involucró en una lucha con ningún soldado argentino durante toda la guerra" dice Mike Seear Mike SeearOficial de Operaciones y Entrenamiento del 1er Batallón, 7mo de Fusileros Gurkas del Duque de Edimburgo desarticulando uno de las fantasías más hollywoodense de Malvinas.

No existe Holywood en la guerra  me asegura el Mayor.


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