Marcelo Ruiz. El hombre sin miedo. Primera parte

29 Ago 2017

EL MAESTRO BRU Y LOS 22 ESCALONES

Ni en sus sueños más rocambolescos imagino que su verdugo se vistiese como operario de fábrica: de pantalón ombú y camisa Grafa, el hombre lo esperaba al fondo del pasillo listo para ejecutar la sentencia. El adolescente caminaba hacia el encuentro, triste el ánimo, febril la mirada, como quien va hacia el patíbulo. Un año y medio de clases impuestas por los padres con ese otro profesor le habían enseñado esto: el violín era su yugo. Y justo cuando pensó que la jubilación del catedrático era una súplica atendida por los dioses, Amelia y Gervasio le anunciaron que ahora continuaría sus clases en el Conservatorio de Música con el prestigioso maestro Alfredo Bru. Y no eran tiempos en que un hijo dijese: no gracias, no quiero o dijese no me pueden obligar o paso. En aquellas épocas, los designios de los progenitores eran como los de Esfinge: de cumplimiento obligatorio. Y ese padre, supervisor del Automóvil Club Argentino y amante del tango, y esa madre, técnica de laboratorio en el Hospital de Niños, habían mentado un futuro lleno de acordes musicales para su hijo Marcelo. Y el hijo se entregaba al designio, barruntando por el pasillo de la muerte su mal hado. Ahora en la proximidad, podía oler el perfume pertinaz a Vicerroy del maestro que servía apenas para tapar el vaho a los dos paquete de Pall Mall que se fumaba por día. El reloj estaba clavado en las tres de la tarde, hora en que Jesús entregó su espíritu, lo que, si se piensa, le imprimía a la escena la dosis de dramatismo perfecto.

Me hizo una seña, lo seguí por unas escaleras hasta que llegamos a una sala y saqué mi violín para mostrarle lo que sabía. ¿Qué vas a hacer? Me espeto, sacar el instrumento para tocar,

¿Cuántos escalones subiste? Me pregunto. Desconcertado respondí: no sé, no los conté. Volve y contalos, me ordenó.

22 escalones, dije. Guarda el violín te espero en la próxima clase. Tu horario es de 15 a 17. Nada se hace al pedo en esta vida.

Y esa fue mi primera lección con el maestro. Duró 15 minutos. Pensé: otro suplicio por delante. Marcelo Ruiz, viola de La Orquesta Estable de la Provincia y Director del Taller de Cuerdas del Divino Niño Jesús, se ríe y el estertor de su risa buena sacude la tierra bajo nuestros pies.

Más que lección fue la primera y fundacional de una larga lista de enigmas. Porque eso fue el Maestro Bru, un oráculo silencioso y certero para un discípulo deseoso de aprender a descifrar los secretos del violín. Y los de la vida.

Sentados en Sir Harris, mi bunker personal, con la primera Sprite de una serie, al cabo de varios encuentros abstemios, Marcelo Ruiz, se percibe tan fuera de lugar, como un oso en una nuez. Lo mío no son los bares del centro. Eso si me gustan los sándwich de milanesas en los bares al paso, dirá también. Y si para el adolescente, su maestro lucía en su mente como el ogro devorador de niños de los cuentos infantiles, el mismo, Marcelo, ya adulto, se parece, en cambio, a esos gigantes bonachones estilo Guliver. Un metro noventa, la risa estruendosa, el bigote amigable y una mirada que siempre parece asentir.

Su impetuosa humanidad parece nadar en esa mirada como un pez en aguas claras.


¿Cómo fueron esas clases?

Se entusiasma y los ojos ya luminosos se le encienden aún más (si eso es posible) cuando habla de Alfredo Bru, su Pigmalión. Porque todo gran hombre tiene uno. E ipso facto pasa a enumerar su curriculum, el de su maestro, digo, con tanta precisión que se diría que lo lleva tatuado en la piel del antebrazo:

Era miembro de la mítica Orquesta Sinfónica de la UNT como violinista e intérprete y docente en la Escuela de Artes Musicales de la UNT y en el Conservatorio Provincial. También formó parte del Cuarteto de Cuerdas del Consejo Provincial de Difusión Cultural. Durante los años posteriores a la segunda guerra mundial vinieron a Tucumán, prosigue, algunos grandes músicos que ocuparon sus lugares en la música de cámara. Con el cuarteto de cuerdas de la UNT tocó con Szentgyorgy, Aldo Giovanini, Teodoro Kotzarew, Karbiner y Enrique Grazioli.

Pero el culmen de su carrera llegó cuando, como Director de la Orquesta Sinfónica de la UNT tocó en el Teatro Colón.

La batuta del Colón me la regalaron a mí sus hijos cuenta mientras se expande y da un sorbito de Sprite.

Una vez instalado el personaje en el relato, Alfredo Bru, digo, como buen contador de historias Ruiz estira el suspenso de la respuesta relatando anécdotas periféricas.

Esto se aprende viendo y tocando. Todo el tiempo que yo esté aquí vos vas a estar conmigo, me decía Bru. Al mes empecé a estudiar en verdad el instrumento.

Como si el maestro fuese un Shaolin y Marcelo su pequeño saltamontes las clases transcurrían entre diapasones y quintas y otros aprendizajes algo más sabrosos: los de la vida. En sus encuentros sembraba sentencias y enigmas de manera que los días del aprendiz se volvieron un camino plagado de interrogantes y epifanías.

En la medida en que ames el instrumento vas a ir hacia adelante decía también. Y el me enseño a amarlo.

También me enseño a fumar, me enseño todo. Porque lo sabía todo y hablaba con enigmas como ahora le habló yo a mis alumnos. Hay que mantener a tus alumnos interesados. Mostrarles la zanahoria. Nunca develarles todo al mismo tiempo. El me decía también: la clave es aprender de la experiencia ajena.


Marcelo, coleccionista de sentencias, escuchaba y atesoraba esas palabras en su corazón.

Y un día germinaron.

NIMA SARKECHICK ATERRIZA EN EL DIVINO NIÑO

Sábado 10 de Junio, 17 horas. Ensayo pleno de la Orquesta el Divino Niño Jesús. En una de las salas de clases al costado de la Parroquia homónima, en el Barrio 2 de Septiembre, Avenida Alfredo Guzmán al 700, unos 30 jóvenes tocan los acordes de Libertango del Maestro Piazzola. Reina la foto de Alfredo Bru pero reinan sobre todo la imagen de María del Rosario y del Padre Jorge Gandur. Hay también un cuadro. ¿De quién es? Pregunto. De Gabriela Tolomei. Me pregunto también si estos chicos con la vida en flor, comprenderán el océano de nostalgia y dolor que inundaba al creador del tango fusión cuando la compuso. En todo caso, ensayan con ardor, se equivocan, vuelven a empezar siempre bajo la batuta de Marcelo.

Al lado, desde otra sala una profesora joven, dirige a dos manos, De música ligera de Soda Stereo. Sus pequeños discípulos tienen entre 6 y 10 años calculo y tocan “ella durmió al calor de las masas y yo desperté queriendo soñarla /de aquel amor de música ligera”.

A la salida de las aulas, mientras una madeja de padres y abuelos esperan a que sus pequeños Mozart cumplan con los aprendizajes del día, converso con dos madres, sobre lo que significa la música para sus hijitas: un universo en expansión básicamente. Las susodichas, una estudiante de piano y otra de violín, me miran curiosas desde sus 10 años, sus anteojos, sus peinados prolijos y tirantes, su fervor infantil, de ese que hace todo posible. Son menudas y movedizas por lo que van y vienen y vienen y van mientras me estudian con ojos inquisidores. Las madres orgullosas, les cuentan que estoy ahí porque escribo sobre la vida de Marcelo y su creación más querida: el Divino niño de las que ellas forman parte. Les cuento también de la visita que llegará.

Paréntesis y flash back. El tema es que ese mismo jueves 15 de junio, el pianista franco-iraní Nima Sarkechik ha tocado Brahms en el Centro Cultural Virla y nos ha dejado a todos con el corazón en andas. El mismo día La Gaceta en una entrevista de Tucumanos consigna que el exquisito pianista es un multiplicador de la música clásica especialmente en ambientes algo hostiles como los campos de refugiados. Y entonces: Hola Nima, quisiera que conozcas un lugar que te va a encantar. Que si, que avísame, que toma mi teléfono, mi face, etc. Me dice y se hunde de nuevo en la marea de sus adoradores. Pienso que tal vez podrían tocar juntos en septiembre, cuando vuelva.

Así que aquí estamos esperando al Mesías, las nenas alborozadas y expectantes, las madres atentas. Les muestro a las músicas nobeles un videíto del pianista ejecutando su especialidad, Brahms. Pegan gritos de algarabía e invitan a unirse a un amiguito. Un pianista franco-iraní debe sonar de lo más estrambótico para estos jovencitos. Una de ellas me confiesa que su favorito es Frédéric Chopin. Las madres ahora me hacen señas y me señalan a un abuelo, hombre etéreo y de mirada honda. Apuntan: es un ejemplo, todos los sábados sin faltar a uno, trae a sus tres nietos a los ensayos y ahora lo invitan a unirse al grupo. El hombre me cuenta que él quiere que sus nietos conozcan la música. Que cuando era joven un día fue al San Martín y que no se olvida. Las madres lo miran embobadas. Como si estas mujeres-Penélopes no hiciesen lo suyo trayendo a sus hijas contra viento y marea, todo para que un día, un teatro lleno se emocione con la forma en que tocaran el violín, que llaman el instrumento, o tal vez los dulces sonidos que surgirán de un pianoforte.


El instrumento, el instrumento el instrumento el instrumento, el instrumento, el instrumento, el instrumento, el instrumento: los niños dicen instrumento y los jóvenes lo repiten. También las madres, los abuelos y los maestros también la usan. Y cuando abren los estuches los veo sostener el violín como a un niño Jesús entre sus brazos frescos. El instrumento. El sacro Santo Instrumento.

Son las 17, 30 horas y Nima no llega, los niños tocan y tocan, los jóvenes tocan y tocan y por un momento las notas oscuras de Ceratti se escapan de sus pentagramas y se fusionan con los acordes tristes del tango jazz de Piazzola. Pero el francés no aparece. Le digo a Marcelo: te pido disculpas…tal vez no venga. Marcelo, el hombre temerario, sonríe confiado y mis ansiedades se desmoronan como azúcar: ¿Cuál es el problema? ¿Cuál?

Es que Marcelo es un hombre sin miedo.

Entonces me hundo en las conversaciones con las madres, en el entusiasmo de los aprendices y hasta en la tristeza de Astor, cuando de repente veo emerger del horizonte de la avenida que da al canal a Nima y Claudia su “petite amie”.

Chicos está llegando el pianista del que les hable, anuncia Marcelo. Y es ahí donde los chicos frotan el violín como jóvenes Aladinos y aparece el omnipresente Luis Fonzi con su hit: Libertango cede lugar al ritmo chicle de la canción del momento: Despacito/Quiero respirar tu cuello despacito /Deja que te diga cosas al oído / Para que te acuerdes si no estás conmigo, el sol centroamericano se cuela entre los sones de los violines entusiastas y el sol calienta los corazones. Hasta dan ganas de bailar.

Sarkechik tiene el tipo iraní y habla un tucumano afrancesado aprendido entre ensayos y amores. Es bajito pero de presencia rotunda, de esas que llenan con su carisma los ambientes que ocupa o que más bien coloniza. Como un Adelantado del Rio de la Plata el tipo clava sus banderas ni bien llega con esa sonrisa capaz de abrir el Mar Rojo. Un soplo de revolución francesa que nos atropella. Los chicos lo miran con avidez, como si hubiese aterrizado un astronauta en medio del Canal.

Ni bien entra, Marcelo lo presenta, él se presenta, los chicos lo saludan y en cuestión de segundos acuerdan en tocar juntos en Septiembre y con el previo compromiso de ensayo previo. Ahora el gigante bonachón y el pianista trotamundos se pasean en visita turística por las instalaciones. Acá las futuras nuevas salas de ensayo. Muestra orgulloso Marcelo señalando edificaciones que se levantan al fondo del terreno mientras algunos chicos los siguen y se llenan de orgullo también. Clic clic. Explotan los celulares en el afán de congelar el momento Kodak. Sarkechik va, toca unos acordes de piano con una niña, habla con otros, saluda a todos, se saca selfies, pregunta, se interesa, como Claudia. Marcelo le cuenta sobre más sobre los proyectos y sobre los avances. Tenemos ahora un nuevo piano, se exalta, solo falta arreglarlo pero ya se dará. Sin miedo, siempre Marcelo avanza sin miedo.

Y pensar que esto empezó hace 10 años en la sala parroquial donde los niños aprendían catequesis y que el bueno del Padre Jorge Gandur cedió al profesor Ruiz a fin de cumplirle el sueño a Natalia Armas. Porque esa poderosa niña de 10 años fue la que encendió la llamita que se volvió un incendio forestal. Eran un puñadito y ahora entre la Orquesta de jóvenes y la inicial suman alrededor de 80, reflexiona.


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