Laura Terán, la africana. Segunda parte: De safaris y misiones

05 Abr 2017

La palabra safari significa viaje en suajili, la lingua franca de África centro-oriental dice Wikipedia. Hacer un safari es viajar en suma. Moverse de un lugar a otro, buscar nuevos horizontes o tal vez moverse sin ni siquiera tener un rumbo fijo. Laura pensó que el safari empezaba en un camión rodando por África del Este después de su tarea en las misiones. Otra vez se había equivocado.

El safari  empezó en el mismo momento en que puse el pie en Nairobi y fue el viaje del Bishop, Dolores  y yo por la Diócesis de Ngong.

Antes una palabra sobre la Diócesis y sobre el Obispo. Atravesada por Parques Naturales, poblaciones Maasai, animales salvajes y sabanas, con el  monte  Kilimanjaro y las colinas del Ngong  de fondo y el Lago Victoria regando sus tierras, la Diócesis cuenta con 27.000 km cuadrados. Y si servir a tierras tan vastas parece una tarea brava, es un camino de rosas si nos remontamos al origen de esta historia: en 1959 la tribu Maasai quien en un principio había vedado el acceso a los ingleses a sus tierras del sur de Kenia, convoca a la Iglesia para hacer frente a los desastres provocados por las sequías y las enfermedades, plagas estas más nocivas que los mismos colonos. Ante estas tragedias silenciosas había que construir hospitales, dispensarios y escuelas y para ello, envían  a un sacerdote y un catequista.  En ese entonces “Diócesis” era un significante vacío: ninguna comunidad constituida había allí que pudiese llamarse así, ni siquiera Parroquia o Feligresía. En ese año de 1994, luego de un trabajo comprometido  y durable las comunidades religiosas florecían en las diferentes Misiones y la Diócesis era una gran familia que acogía y abrazaba a los habitantes locales. Gracias a la Obra de este sacerdote incansable surgido  la  Orden misionera St. Joseph’s Missionary Society of Mill Hill, los Maasai empezaron a sentir un poco de amparo ante tanto desgobierno mientras veían asomar un horizonte educativo en el paisaje desolado de su porvenir: una escuela secundaria para las jóvenes, con modalidad de internado y una escuela secundaria para varones. También Jardines de Infantes.  

Y ahora sobre el Obispo.

Dos guerras habían atravesado la vida de Colin Cameron Davies: la Primera que llevó a la familia a refugiarse en Temperley, pleno conurbano bonaerense  y la Segunda, en donde perdió a un hermano y cuyo fin lo había sorprendido entrenándose en Canadá para la contienda como piloto de la RAF (Royal Air Force). Así es como este hombre de Fe, luego de tantas batallas privadas y públicas se encontró, gracias a los planes de Dios, con Laura en la periferia del mundo, un punto de la recta donde se une el amor al prójimo y la Providencia Divina.

Yo tenía una granja en África a los pies de las colinas del Ngong…esas palabras, las primeras de Lejos de África de Karen Blixen, habrán sonado como mantras en la mente de Laura ni bien el Subaru echó a rodar por las rutas rudas de Kenia. Claro que pronto se estrellarían como castillos de sal contra la pared de otras realidades, carentes de tramas románticas bajo mil soles esplendidos, pero ricas de otra riqueza. La riqueza de lo que es. La verdad desnuda del continente y su belleza descarnada.

Jambo y Karibu, dos palabras suajili que significan Hola y Bienvenido fueron las más oídas de las bocas aún extrañas de sus anfitriones. Y es así como se sintieron desde el momento uno: abrazadas por esta tierra cálida y por sus buenas gentes.

¡Vamos a la Misión de Rombo, hay un bautismo!  Anuncio sin más el Bishop y sin más emprendieron un viaje en medio de la aridez de la sabana.

Nunca me voy a olvidar de mi primer encuentro con un animal en su hábitat natural. Fue una jirafa que encontramos en el camino  a la Misión de Rombo y tenía los ojos tan dulces que aún los recuerdo. Días más tarde empezaron a aparecer los monos.

Sin embargo aún no había llegado el carozo del viaje.

 Al cabo de un rato manejando llegamos a la misión y lo que vi allí no me lo olvido más: Había un bautismo de un miembro de la Comunidad Maasai y ahí estaban pintados, vestidos y ornamentados con abalorios. Tocaban el bongo, bailaban, celebraban con un sentido de fiesta y alegría desconocido para mí en un bautismo. Una de las cosas que más me impacto fue la generosidad: nosotros damos lo que nos sobra, en África comparten lo que tienen. Esa es la verdadera prueba de amor al prójimo.

¿Quiénes son los Maasai? Me pregunto mientras Laura  absorbe su jugo de naranja  y yo mi copita de vino blanco, rituales de nuestras charlas de verano. En casa voy a Google: Compuesta de aproximadamente 880.000 de personas las tribus Maasai viven entre Kenia y Tanzania y su actividad económica gira alrededor del ganado que les provee leche, carne y sangre además de cuero para realizar sus vestimentas. Para ellos la vaca es sagrada y también la tierra que habitan. Su organización social está ligada a la guerra y tienen muchos bailes rituales y danzas. Viven en asentamientos llamadas manyattas.

Y ahí estaban en comunidad,  guerreros y festivos y eran como emisarios humanos del mensaje divino que finalmente le develaban a Laura los famosos planes de Dios: Yo fui a África por los animales pero cuando conocí la obra del Bishop y a su comunidad de Maasai comprendí que también tenía otra misión: la de la solidaridad con el que menos tiene.

¿Cómo siguió su estadía en la Diócesis?

Siguió de safari en safari y de Misión en Misión. El primer safari que hice con el Bishop y Dolores, además de pasar por la Misión de Rombo, incluyó una visita al Centro de investigación de elefantes de Cynthia Moss en el Parque Nacional Amboseli. Resulta que el Obispo sabía de mi fascinación por la obra de Cynthia y sin terciar palabra, de camino a otra de nuestras misiones, desvío el auto y arremetió por caminos impracticables ignorando incluso carteles que decían “No entry “. El quería que la conociese.

Música clásica, carpas níveas, elefantes merodeando y Martin Colbec, un documentalista de la BBC. Si el cielo se parece a algo terreno, esto debía ser para Laura lo más cercano. Cynthia y Martin fue a buscarla. La conocí. ¡¡No lo podía creer!!!

Cynthia Moss es una newyorkina que trabajaba en la prestigiosa revista Newsweek y un día dejó todo para instalarse en el mismo corazón del continente africano para entender a los elefantes y poder cuidarlos. Laura la había agregado a su panteón personal hacía un rato y conocerla era mucho más de lo que podía llegar a anhelar.

De todos los animales el que más me gusta es el elefante. Tiene una organización social compuesta de unidades matriarcales de por vida, muy parecida a la de los humanos.  Cuando los machos llegan a la pubertad son expulsados de la manada para que no haya consanguinidad entre ellos. Son muy solidarios, andan en manada y tienen capacidades ligadas a los seres humanos como el duelo, el altruismo, el juego y la adopción.

Laura se apasiona hablando de los elefantes y sus maravillas como quien habla de un familiar.

Los elefantes se comunican con sonidos. Lo pudimos comprobar con mis hermanos Esteban y Rody y mi mama. Salíamos para hacer el primer safari de la mañana y observamos un manada de elefantes guiados por la Matriarca Echo cruzar el camino. Atrás quedo una elefanta con su cría pequeña de unos 6 meses que no podía cruzar porque había una zanja muy grande que se extendía a lo largo del camino. Nos dimos cuenta que la elefanta pidió ayuda porque todos los elefantes que ya habían cruzado e iban en fila india y se quedaron quietos, mientras la matriarca Echo moviendo sus orejas y comunicándose por infrasonido dio la orden para que otra elefanta acudiera a la ayuda. Esta llegó hasta donde estaba la madre con la cría y la dirigió para que siguiera caminando a lo largo del camino hasta que terminase la zanja. Fue increíble ver como los elefantes que estaban de espalda a la escena volvieron a empezar a caminar una vez que el bebé pudo cruzar, eso demuestra que los elefantes se comunican entre sí además de los mensajes corporales con las orejas, la trompa y sonidos que llegamos a escuchar sino también por infrasonido que pueden tener un alcance de hasta 8 km.

Pero a pesar de la fascinación, no se podía perder el rumbo de lo que había que hacer y lo que había que hacer era ir a la Misión de Lemkinsem a repartir comida.

En la ruta recogieron a dos guerreros Maasai con sus lanzas y sus abalorios de guerra y de asombro en asombro llegaron a la misión: se había declarado emergencia nacional en Kenia por la sequía y nosotros llevábamos mercadería para repartir entre los más vulnerables es decir los niños y los viejitos. Sin embargo, las familias que habían sido elegidas, le dijeron al consejo de ancianos que querían compartir la comida entre todos, un gran gesto de generosidad entre ellos. Solo personas que entienden el significado profundo de la palabra compartir ralean su porción de sus hijos para repartirlo entre todos. Esa es la verdadera caridad, compartir lo que tenemos y no dar lo que nos sobra.

Recuerdo que otra de las tareas que el Obispo nos asignó fue buscar a una futura novia en su boma para llevarla al pueblo del novio donde la ceremonia de la boda Maasai se llevaría a cabo. Partimos a las cinco de la mañana y llegamos a las siete.

El novio la había ido a buscar a la manyatta como se acostumbra y a pagar la dote con ganado a su suegro. El matrimonio había sido arreglado entre los padres muchos años atrás. Entramos a la Manyata y estaba el novio con los dos testigos pintándose con grasa colorada mientras la novia estaba dentro de la boma de sus padres, había recibido de ellos la bendición con leche y pasto, que le auguraban un buen porvenir. Ella era todavía una niña, tenía unos 14 años y salió caminando despacito adornada con sus mejores collares. Las Maasai son sometidas a la ablación por lo que la novia- niña tenía dolor de cuerpo y de alma. La subimos a la camioneta y comenzó a llorar y a vomitar, ella sabía que durante dos años no volvería a su pueblo y que ya casada debía someterse a la autoridad de su marido. Afortunadamente yo iba en la caja porque en la cabina la novia no dejó nunca de llorar ni de vomitar.

Fue mi primera boda maasai. A la novia-niña la dejamos esperando bajo un árbol mientras los festejos se realizaban en el centro de la aldea. Ella no formó parte.  Fue allí donde encontré al niño rodeado de moscas y le saqué una foto. Al llegar mandé la foto al concurso Internacional del Arte Fotográfico y gane el premio Riboon Fiaph.

Y como siempre se vuelve al punto de partida, volvamos a la imagen inicial de esta historia: la de la mujer del bidón de agua: Otra tarea que nos encomendaron en el primer viaje fue buscar al Padre Alejandro de la Misión de Lenkimsen que estaba enfermo de malaria y debíamos trasladar a Nairobi. Mientras esperaba que estuviese listo atrape la segunda imagen que decoraría por años mi cuarto: la de la mujer del agua. Con el tiempo, me volvería a cruzar con ambos en diferentes circunstancias.

Y entonces llegó la segunda y verdadera razón del viaje. Claro que para ese entonces las cosas habían cambiado y ya nada era lo que solía ser. Ni la estancia en las misiones representaban un preludio altruista ni el safari era ese viaje exótico rodando por las sabanas a la caza de los cinco grandes. Si safari significa viaje pues el viaje había comenzado en el mismo momento en que el Bishop Colin las pasó a buscar para mostrarle África o el milagro cotidiano de darlo todo por el prójimo. Bajo esta luz este segundo safari, el esperado, se había re-significado: decidí que lo que recaudase con la exposición de fotos sería destinado a la Diócesis, es decir, a  los Maasai.

 ¿Y cómo fue la segunda parte del viaje?

Fue todo lo que esperaba y más. Fue recorrer Uganda, Ruanda, Tanzania  y volver a Kenia durante 50 días en camión,  comprar en los mercados , dormir  en carpa en la intemperie  mientras veía brillar los ojos de las hienas en la oscuridad y escuchaba los rugidos de los leones, el llamado de África. Fueron muchos amaneceres y atardeceres de película.

Y fueron también miles de fotos  logrando lo imposible: atrapar el esplendor de la sabana  en un rectángulo de papel.

¿Te sentiste en riesgo?

Si, en un momento dado,  durante el safari en camión acampamos en una Iglesia y nos encontramos con otro camión de turistas. El guía canadiense de la otra excursión conocía a alguien de nuestro contingente así que confraternizamos y decidimos seguir juntos el viaje acompañándonos para cruzar el Lago Victoria y el Parque Serengeti en Tanzania pero a los dos días los perdimos de vista. Luego nos enteramos  que uno de los canadienses había muerto cuando  una tribu los había atacado con arcos y flechas.

 

¿Qué fue lo que más te fascinó de la experiencia con los animales?

La experiencia con los gorilas. Soñaba con ir a Ruanda para pasar solo una hora observándolos.  Tenía miedo de no lograrlo porque sufro de Fibromialgia, una enfermedad que afecta  la  resistencia física, entre otras razones  porque genera insomnio y para llegar a ellos había que caminar mucho. Sin embargo lo logré.

La perseverancia, una virtud propia a su naturaleza, se había expandido en su interior hasta lo inimaginable gracias a  figuras femeninas que obraban en su espíritu como deidades tutelares. Karen Blixen, por caso,  Cynthia Moss más tarde y por supuesto la temeraria Dian Fossey, aquella zoóloga americana que dejó todo y se instaló en las laderas selváticas de las montañas de Virunga  entre el Congo y Ruanda, a observar para preservar luego a los gorilas de montaña, los más grandes del mundo. Asesinada cruelmente por cazadores furtivos a quienes combatía, su libro Gorilas en la niebla fue también llevado al cine e interpretado por Sigourney Weaber.

De repente unas ganas inusitadas de conocer a los gorilas me toman por asalto, voy a google y tipeo,  como conocer a los gorilas de Ruanda. Un sitio llamado DE VIAJE me da algunos tips:

Solo viven aquí, en una zona protegida, y el Parque Nacional de los volcanes, en Ruanda, permite observarles en excelentes condiciones. En el parque solo se visitan ocho familia de gorilas, ocho personas por día durante una hora para que su vida sea lo más natural posible”.

Sigo leyendo y me entero que el modo de llegar es un trekking en el que hay que atravesar espesos bosques guiados por rangers. Encontrarlos puede llevar horas, y una vez que se encuentran, el guía que  los conoce a todos,  advierte con vehemencia no mirarlos a los ojos ni señalarlos con el dedo. Como si de Luises XIV africanos se tratase.  Un tal Paco, español, cuenta “Son emocionantes. Durante una hora puedes ver una familia de gorilas vivir en libertad. Descubres como está organizado el grupo con un poderoso espalda plateada que es el macho dominante. Juegan, comen, descansan, se cuidan rodeados por una vegetación exuberante donde zumban las abejas y vuelan mariposas”.  Dian Fossey los conocía a todos y cada uno. Ya tengo ganas de ir.

Fue por lejos la mejor experiencia animal, tienen los mismos gestos humanos agrega Laura y le creo.

Cazadores furtivos. Cazadores furtivos. Cazadores furtivos. Laura se agita cuando los nombra y los nombra como  los argentinos nombramos a la inflación: como un mal endémico, que nos corroe cada día. Cazadores furtivos. Cazadores furtivos. Los mismos que presumiblemente mataron a Dian Fossey a machetazos. Los mismos que exterminan a pesar del celo de los ambientalistas a los elefantes. El problema me resulta tan remoto como la misma peste de malaria. Dos demonios sin embargo que azotan la vida humana y animal en el continente como si aún estuviésemos en el siglo XIX. Cazadores furtivos, cazadores furtivos…la oiré decir una y otra vez:

El problema de la caza furtiva en África del Este es mucho más complejo de lo que se cree porque hoy implica dinero para financiar al terrorismo de Al- Shabbad que opera en Somalía. En China y EEUU se prohibió la venta de marfil del elefante y el rinoceronte. El Príncipe William de Windsor es el portavoz de esta lucha y también Leonardo Di Caprio colabora mucho.

Y llegó el tiempo de volver a casa incluso cuando a esa altura el significado de la palabra “volver” y “casa” tambaleaba en su mapa semántico.  La Laura que volvió a Tucumán no era la misma de la que había partido. Era una Laura atravesada por la experiencia africana. Había conocido   a los gorilas, las montañas de Virunga y la sabana, a los elefantes y a Cynthia Moss, a  las hienas y fundamentalmente al Obispo Colin y sus queridos Maasai.

Para colaborar con las diferentes acciones solidarias que lleva adelante Laura Terán, pueden escribir a [email protected] o comunicarse al +54 9 381 500 0307

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