Ni Google tiene tantos datos como los porteros de edificios

26 Jul 2016
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Luis Tosar en "Mientras duermes" (2011)

  No sabemos nada de nuestros vecinos. Nada. Yo me acuerdo que siendo chico uno sabía de memoria el padrón electoral de los vecinos del barrio. Y si se terminaba el azúcar o la yerba mi madre me decía “andá con una taza y pedile a doña Negra”.

  Era un placer ir. Doña Negra me hacía pasar y no sólo me daba lo que iba a manguear sino que me invitaba gaseosa. O se rompía el zapato un sábado a la tarde y el pedido era “fíjate si ya cerró el taller don Pablo. Y si ya cerró andá hasta la casa y pedile que te lo cosa”.

  Y el tipo sin chistar lo hacía y todavía le enviaba saludos a mi familia. Pero hoy todo cambió. Lo único que sabemos es que no estamos solos en el edificio. A veces, compartiendo el ascensor, intercambio un buen día o algún comentario sobre el clima.

  Esa es la comunicación hoy. A la que baja de chaqueta blanca le digo doctora y en realidad puede ser una psicópata disfrazada. No sé el nombre de ningún vecino. Toda la información que uno quiere o no saber se canaliza por una sola boca: la del portero.

  Un tercio de mi vida llevo vivida en edificios y estoy convencido que ellos saben todo. Todo y de todos. Son del nivel de Google. Saben qué hacen, con quién se acuestan, qué comen, qué compran, si deben a quién y cuánto.

  “Hola, buen día ¿frío no?” “Y sí. Al del 5 to. C le cortaron el cable ayer”. Regreso del Diario y el del otro turno me baraja con “¿y cómo va a estar el tiempo mañana? La del 4 to. A se va a morir de frío porque le acaban de cortar el gas. Y ya debe 2 meses de expensas”.

  Llamo el ascensor. El tipo me sigue. No se aguanta está atragantado por contarme otro chisme. Y así es. “El doctor del 10 B subió medio borracho. Y casi se cae”. Subo. Llego a casa y me pregunto ¿qué les dirán de mí? No lo sé. No quiero saber.

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