La experiencia redonda (parte I)

11 Abr 2016

(Lo descripto en este texto ocurrió entre los días 7 y 18 de octubre de 2015)

El patio de una tabaquería inglesa anclada en pleno micro centro porteño nos alberga. Claudio estará en Europa los próximos tres meses y su vuelo parte en unas horas. Mi compañero entiende la amistad como un valor supremo y en su eterno anhelo por perfeccionarla busca la anécdota constantemente, como un punto de partida para los recuerdos; las vivencias en común son el pegamento más resistente que ha encontrado en cuanto a relaciones humanas se refiere, quizás por eso decidió convertirse en un especialista moldeador de momentos compartidos, adhiriéndoles a estos un plus memorable. Ahí estamos, debatiendo su itinerario y los posibles paraderos baratos. Se cuelan en la charla George Orwell y Ernest Hemingway, dos que supieron disfrutar del viejo continente a pan y cebolla. Claro está que eran otras épocas, pero hoy existen variantes.

Claudio tiene una cuenta en Couchsurfing; una comunidad de viajeros en red que se trata, básicamente, en ser un extraño y dormir en hogares ajenos cuando se está lejos y viceversa. Piensa estrenarla del otro lado del charco. Me cuenta de Fabien, un francés que alojó en su adolescencia, rememorando aquellas sensaciones que produce el hecho de hospedar a un extranjero y verlo inmerso en un círculo personal; mostrarle a ese alguien el micro sistema al que uno pertenece. “Se redescubren un montón de cosas”, define.

Ya de vuelta en Tucumán me decido. También tengo perfil en “Couch” y quiero activarlo. Entre las solicitudes con las que soy notificado semanalmente está la de Cristóbal. Un chileno que según detalla en su descripción “es” viajero, soñador, músico/productor y eterno aprendiz. Su fotografía muestra a un tipo presumiblemente albino, con gafas de marco negro, muy flaco y con una melena que brilla. Aparece posando en diferentes paisajes, con distintas personas. Tiene muchas referencias positivas y a ojo de buen escrutador luce confiable. Me comunico e intercambiamos números de teléfono, planea quedarse cuatro noches.

Cristóbal emprendió viaje hace diez meses con el afán de recorrer el continente llevando a cabo su proyecto como documentalista e investigador: Latiendo America.  Pretende desentrañar la identidad musical de la mayor cantidad de regiones latinoamericanas que estén a su alcance, guardando registro en material audiovisual. Nombra unos cuantos artistas y de inmediato comienzo la gestión.

El primero en la lista es Lucho Hoyos. El primer paso entonces es Juan Martínez Romero. Cercano a mí, cercano a Hoyos. “Lucho tiene muy buena onda, dalo por hecho”, advierte “Juanest” mediante audio de Whats’app.  Con Juanest nos conocemos hace veinte años pero existe un vínculo hace mucho menos tiempo. Pareciera que Juanest nunca se equivoca, conquistando cada espacio que ocupa con su humanidad, deslizándose por la línea del horizonte con una mirada analítica que puede arder. Se digiere lento, no es apto para hipersensibles, pero Juanest tiene con qué y no anda con vueltas.

Es jueves y el viajero llegará cerca del mediodía. El horario es incierto porque cubrirá a dedo el trecho Santiago del Estero - Tuc. A media mañana recibo un llamado confirmando la reunión con Lucho Hoyos, resulta que el cantor toca esa misma noche e incluye a Juanest como invitado. La agenda dice que deberemos presentarnos una hora antes del inicio del show para conocerlo e interactuar.

Son las dos de la tarde y Cristóbal está cerca gracias a un camionero generoso, acordamos entonces una esquina céntrica como punto de encuentro. A 40 metros de distancia distingo una cabellera traslucida que sin dudas es de él. Nos saludamos bajo la sombra de un edificio, dividimos los bultos y emprendemos la marcha a casa.

Atravesamos la plaza Independencia mientras intento empapar a Cristóbal de los datos que considero necesarios, él observa con atención y asiente. A medida que avanzamos noto la postura catedrática de mis explicaciones guiadas por el orgullo y comienzo a preguntar; una de las cuestiones que más le importan al visitante es la educación, absolutamente privada en su país, american style. Resulta que una vez graduados, los universitarios trasandinos disponen de un año libre hasta comenzar a pagar el crédito que les permitió estudiar, en este caso una carrera de producción musical, y ese lapso atraviesa Cristóbal; aun así baraja la posibilidad de continuar educándose pero esta vez sin pagar, quizás en Córdoba… no puedo entonces evitar derramar información sobre la oferta académica de Tucumán.

El trayecto adopta un sesgo de tranquilidad, los transeúntes avanzan con paso desacelerado entre las filas de autos estacionados, almacenes de contabilidad a papel y lápiz, la pausa de barrio sur nos permite apreciar el afamado jardín de la ajada república. Llegamos a un edificio sobresaliente, en el departamento B del octavo piso una anciana hojea libros sobre la mesa de la cocina. Hago la presentación y ya no necesito intervenir. Mi abuela se expresa con esa franqueza aguda de la vejez, rápido informa a Cristóbal de sus noventa años, sus seis hijos, dieciocho nietos, y misma cantidad de bisnietos, su más acabada obra en vida.

La tarde transcurre hasta llegado el momento de accionar. Caminamos hasta Managua donde nos esperan los músicos en un auditorio aun vacio. Hoyos y Martínez Romero ubicados en la mesita central nos invitan a sumarnos, Lucho aprieta la mano con firmeza mirando a los ojos. Es un tipo robusto de rostro bonachón y rulos grises. La conversación fluye, Lucho muestra mesura, no larga sentencias, escucha y habla con criterio. Menciona a los pilares del folclore vernáculo: Hermanos Nuñez, Chivo Valladares, Pato Gentilini. No se permite inmutarse, solo cambia de postura en el momento de corregir a Juanest. Si, Juanest falla. “Que te pidan tocar es lo más lindo que hay. Que alguien te quiera escuchar es la razón por la que uno hace música. No puede molestar”, sostiene el artista.

La charla se interrumpe porque es menester probar los instrumentos. Lucho ordena sus guitarras, afina y calienta la garganta con unas cuantas estrofas, luego le otorga lugar a su invitado, vuelve a la mesa y suelta un mimo para con las aptitudes de Juanest; “Es difícil encontrar una voz como la que tiene Juan, muy particular”, son las palabras del autor, decoradas con un trago de cerveza negra. Minutos después considera oportuno desatar su arte.

Lucho ocupa la única silla sobre la tarima y da rienda suelta a una performance amalgamando su notable destreza como guitarrista y un desparpajo al cantar con el que traslada la emoción emanante en él. A mi oído mundano para con el folclore le gustan versiones libres de El Humahuaqueño y la Oma, y otro tanto de poesía del autor de igual innovación y calidad. Destaco “Cinco Corazones”, un bolero brutalmente honesto que pertenece al disco Bicho de Ciudad del 2002 registrado a nombre de Alsina/Hoyos. Por supuesto incluye “Juntarnos”, tema recientemente escogido para musicalizar el bicentenario patrio.

Lucho es un transgresor a las raíces que aggiornándose  componiendo, o componiendo aggiornándose construyó su carrera… y como usualmente le ocurre al que se sale del molde, debe resistir una carga extra.

En una tregua ocurre el momento Juanest. El moreno de caminar resuelto suelta unas zambas capaces de doblar rodillas. Un vozarrón de otro género se adecua perfectamente al folclore que dispone la ocasión y así el público se lleva una sorpresa de calidad. Luego Lucho remata la presentación recibiendo aplausos cálidos y felicitaciones. Al recuperar su lugar en la mesita, documentalista y músico pactan una nueva cita con mayores formalidades, sellado el pacto nos despedimos.

De retirada Cristóbal observa la vitrina con discos que se exhibe en el pasillo y ubica material de Francesca Ancarolla, artista chilena referente en fusión latinoamericana y jazz. Con mi comprovinciano coincidimos en que probablemente pasó por Managua en algún momento y nosotros no nos enteramos.

Caminamos hasta el Alto de la Lechuza, peña fundada en 1940 sobre la esquina de Marco Avellaneda y 24 de Septiembre, recinto que reunió a los más grandes, hoy notablemente disminuida.  No alcanzamos a ubicarnos cuando nuestro amigo cantor asciende otra vez a escena y con completa naturalidad logra ensamblarse a Álvaro Rodríguez, colega de repetidas noches pasadas; “Es todo un Gardel”, bromea Cristóbal. Somnolientos decidimos volver, moción no acatada por Juanest, que va a prolongar el paseo un rato más. Una vez en casa, masticamos unas galletas con mermelada.

El viernes acomete con responsabilidades para mí y ahí está nuevamente Juan Estanislao tendiendo una mano,  organizando para Cristóbal un almuerzo de empanadas y guitarras en El Portal, en el que ocurren cosas como estas… (Continuará)                                                                                                                                                                          

Don Comegente en las voces de Juanest Martínez Romero y Alvaro Rodríguez

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