22 Julio 2007 Seguir en 
"Es el principio de la seducción", afirma Carlota Beltrame, cuando trata de explicar el abecé de la instalación con la que acaba de ganar el primer premio de Artes Visuales del Museo de la UNT (MUNT). Cuenta Carlota que la obra premiada nació de su vocación ecológica. "Una vez encontré unas pieles en casa Y, como no me gusta usarlas, decidí hacer una obra con ellas. Hice varias cosas, y se me ocurrió hacer pelotitas de piel de zorro, de visón, de nutria. Me encantó verlas como objetos: todo el mundo las toca, son muy sensuales. Y las guardé en cajitas. El día en que fui a entregar las pelotitas, me dije que si las dejaba en el suelo, la gente las robaría. Decidí que iba a mostrar la pieza en su embalaje, sin sacarla de ahí. La pieza se llama "Ocho cajas en el piso con pelotitas de piel que no pueden verse". Y son muy lindas, pero no se pueden ver. Sin darme cuenta, surgió la tensión entre algo que uno desea ver, pero no puede. Es el principio de la seducción", explica.
En esta provincia, en la que la reciente toma de la Facultad de Artes no ha logrado empañar una tradición gloriosa en el campo de la plástica, Carlota es parte de una generación de artistas y teóricos que se han sumergido en los códigos estéticos del siglo XXI. Las llamadas "artes emergentes" -dice- no anulan el placer de descubrir la huella de la mano de Rodin arrastrándose sobre la arcilla.
- Las instalaciones plantean otro modo de concebir las formas...
- Los artistas ópticos empezaron a darse cuenta de que pasaban mucho tiempo diseñando el trabajo antes de hacerlo. Y de pronto se dieron cuenta de que los procesos mentales comenzaban a ser más importantes que el objeto propiamente dicho. Eso se profundiza con el arte mínimo -que consiste en un máximo de eficacia con un mínimo de recursos- y se exacerba con el arte conceptual, donde el arte -la pieza- es la idea.
- ¿Lo emergente ha sepultado a la obra clásica?
- No, para nada. No se ha perdido la intimidad de la mano del artista que goza haciendo. Es un placer descubrir la huella de la mano de Rodin arrastrándose sobre la arcilla. Lo mismo pasa con el pincel. Eso no se ha perdido. Es como García Márquez y Borges: uno nos sumerge en la maravilla del lenguaje, el otro nos envuelve en la maravilla de la idea.
- ¿No se ha perdido la dimensión metafísica del arte en aras de una dimensión casi doméstica?
- El arte contemporáneo no cree en la trascendencia. Por eso, opera sobre lo contingente: lo que pudo no haber sido pero es. Y se presenta con la fragilidad de aquello que puede perecer en cualquier momento. Cuando Mapplethorpe se presenta con su cara muriendo de sida, de lo único que habla es de "ya estoy muriendo". Muchísimos artistas se han mostrado con su enfermedad. Ojo, también hay cantos a la vida.
- ¿Hay espacio en Tucumán para concursar el llamado "arte emergente"?
- Mucho tiempo ha estado Tucumán sin salones. Recién con el Salón Carlos Navarro, que fue muy digno, Tucumán comienza a tener apertura hacia los nuevos lenguajes. Después apareció el salón del MUNT, que antes fue del Virla, y que se inicia como multidisciplinario por consejo de Jorge Figueroa, que está dedicado de lleno a las nuevas tendencias, al arte emergente. El año pasado ya apareció el Salón del Timoteo Navarro, que es más tradicional porque sólo se dedica a pintura, y que se orienta a las tendencias dominantes, lo cual no tiene nada de malo. Creo que un museo tiene que definir su propia política. Nosotros disponemos ahora de dos museos dedicados a las artes visuales. El Museo provincial ha intentado con Rubén Kempa definir una política hacia lo emergente, en tanto que la última gestión es más conservadora. Yo creo que el museo más importante de la ciudad tiene que tener una política hacia lo emergente.
- ¿Cuál es el riesgo de apostar a lo emergente?
- El riesgo es que se esté apostando hacia algo que en un futuro no va a ser legitimado. Pero lo que hay que tener en cuenta es que la estética de un momento no es el gusto de ese momento. Un gestor cultural es una persona que tiene que estar necesariamente más adelante que su propia comunidad. Muchas veces hay gestores culturales que avanzan un poquito más y son sacrificados, porque no son comprendidos. Tal vez eso no suceda en las grandes ciudades, donde apuestan a lo nuevo por una necesidad de renovación. Y además, se hacen así muy buenas inversiones. Se compra obra barata de un artista que dentro de cinco años será cotizado. Pensemos, por ejemplo, en Sandro Pereira, un niño mimado que ha sido beca Kuitca, lo que significa estar bendecido. Hace unos años, en la sala de San Martín al 200, yo curé tres muestras y expuse "El novio", de Sandro Pereira. A esa obra la tiene ahora en su colección Mauro Herlitzka, que es asesor del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Y acá lo odiaban. Los directivos de ese momento se decían "qué es eso".
- ¿Qué valores tiene la obra de Pereira, por ejemplo?
-Ironía y ternura. Un museo es la representación ampliada de la memoria de una comunidad. La memoria es lo que queda de un proceso que a veces es muy largo, y a veces se desdibuja. Cuando nosotros veneramos objetos, es porque de alguna manera nos sentimos reflejados e identificados en esos objetos. A veces, ciertas comunidades crean un museo en forma espontánea. Lo ves en Tilcara, o en Cafayate. Tal vez no tengan un valor estético las piezas que conforman esos museos, pero tienen un valor simbólico para la comunidad.
- ¿Han cambiado los valores estéticos en el arte contemporáneo?
- Las diferentes generaciones se reconocen en cosas diferentes. Eso nos pasa a los padres con nuestros hijos. Y eso les pasa también a los viejos pintores respecto de los nuevos artistas que van emergiendo. La obra de un Sandro Pereira, de un Pablo Guiot o de una Rosalba Mirabella no pone en peligro el valor de Lobo de la Vega. Cada uno, en su momento, ha representado algo para nuestra comunidad. Y nuestra comunidad valora ambas cosas. Ahora, no siempre la gente está preparada para ver lo que está pasando en el momento. Pasó con Piazzolla, y pasa con los artistas jóvenes de Tucumán. Lo que pasa es que un gestor cultural tiene la obligación de saber mirar.
- ¿Cómo es posible que en Tucumán no haya un mercado de arte, con tanta producción?
- No hay un mercado, pero muchos jóvenes venden obras a un precio muy accesible a coleccionistas. Pero no hay un mercado del arte porque Tucumán tiene otras dicotomías muy extrañas: por ejemplo, tiene una clase pensante generadora de productos culturales muy rica, pero tiene a su vez una clase empresarial que casi no consume esos productos. No arriesga. Un empresario tucumano prefiere comprar un terreno antes que una obra de arte. Y una obra de arte es una gran inversión. Por eso, Constantini (el empresario que hizo construir en Buenos Aires el Museo de Arte Latinoamericano Contemporáneo) lo tuvo como asesor a Marcelo Pacheco, que le decía qué comprar y qué no comprar.
- ¿Hay buenos espacios de exhibición en Tucumán?
- Son muy pobres, todos. Hay muchas limitaciones para el montaje, y son espacios muy contaminados visualmente. Ahora hay un espacio nuevo, La Punta, que dirige Pablo Guiot. Es una casita pintada de blanco, muy humilde, pero muy digna, y que es el mejor lugar para exponer.
- Hace un par de semanas desapareció del Museo Timoteo Navarro un cuadro de Policastro. ¿Podría haber pasado en cualquier museo?
- Hay quienes ironizan y dicen que eso no es un museo. Y produce cierto dolor, pero creo que tienen razón. Un museo es una institución muy compleja, que tiene mucha gente trabajando: un equipo de investigación, por lo menos un curador y curadores invitados; un equipo de montajistas, un equipo de restauradores, el depósito perfectamente refrigerado. Aquí no tienen nada de eso. Simplemente se abren las puertas, con criterios curatoriales sin ninguna coherencia. Y es rol del director de Artes Visuales advertir cuál es la función de un museo.
- ¿Rescata algo de la política cultural provincial?
- No quiero ser muy criticona. Lo que sí he visto con sorpresa ha sido el Mayo de las Letras, y creo que el Septiembre Musical ha recuperado algo de la dignidad que habíamos perdido. Pude escuchar a Marta Argerich, a Bruno Gelber. Pero mi mirada crítica está puesta en lo mío, en las artes visuales.
- Usted es docente en la Facultad de Artes, ¿qué posición tuvo ante la toma del establecimiento por parte de los alumnos?
- Yo he estado personalmente en contra de la toma. Porque hemos empezado con una medida muy extrema cuando se podía discutir. En segundo lugar, yo valoro mucho el estudio, y estoy muy agradecida de haber ido a una universidad pública, gratuita y laica. Entonces, cuando veo que los chicos pierden su tiempo de esa manera, me duele en el alma. Están perdiendo un tiempo muy valioso. Y a veces les cuesta ver que la carrera de Artes es una carrera de muy baja empleabilidad. Tanto si quieren ser artistas como si quieren ser investigadores, en ambos casos necesitan buenas notas, y edad, además de una obra buena, que se hace produciendo.
- ¿Se puede vivir del arte?
- Es difícil, y hay que trabajar mucho. Pero se puede vivir del arte con absoluta dignidad. De hecho, he podido criar a mi hijo con la carrera que yo he elegido.
En esta provincia, en la que la reciente toma de la Facultad de Artes no ha logrado empañar una tradición gloriosa en el campo de la plástica, Carlota es parte de una generación de artistas y teóricos que se han sumergido en los códigos estéticos del siglo XXI. Las llamadas "artes emergentes" -dice- no anulan el placer de descubrir la huella de la mano de Rodin arrastrándose sobre la arcilla.
- Las instalaciones plantean otro modo de concebir las formas...
- Los artistas ópticos empezaron a darse cuenta de que pasaban mucho tiempo diseñando el trabajo antes de hacerlo. Y de pronto se dieron cuenta de que los procesos mentales comenzaban a ser más importantes que el objeto propiamente dicho. Eso se profundiza con el arte mínimo -que consiste en un máximo de eficacia con un mínimo de recursos- y se exacerba con el arte conceptual, donde el arte -la pieza- es la idea.
- ¿Lo emergente ha sepultado a la obra clásica?
- No, para nada. No se ha perdido la intimidad de la mano del artista que goza haciendo. Es un placer descubrir la huella de la mano de Rodin arrastrándose sobre la arcilla. Lo mismo pasa con el pincel. Eso no se ha perdido. Es como García Márquez y Borges: uno nos sumerge en la maravilla del lenguaje, el otro nos envuelve en la maravilla de la idea.
- ¿No se ha perdido la dimensión metafísica del arte en aras de una dimensión casi doméstica?
- El arte contemporáneo no cree en la trascendencia. Por eso, opera sobre lo contingente: lo que pudo no haber sido pero es. Y se presenta con la fragilidad de aquello que puede perecer en cualquier momento. Cuando Mapplethorpe se presenta con su cara muriendo de sida, de lo único que habla es de "ya estoy muriendo". Muchísimos artistas se han mostrado con su enfermedad. Ojo, también hay cantos a la vida.
- ¿Hay espacio en Tucumán para concursar el llamado "arte emergente"?
- Mucho tiempo ha estado Tucumán sin salones. Recién con el Salón Carlos Navarro, que fue muy digno, Tucumán comienza a tener apertura hacia los nuevos lenguajes. Después apareció el salón del MUNT, que antes fue del Virla, y que se inicia como multidisciplinario por consejo de Jorge Figueroa, que está dedicado de lleno a las nuevas tendencias, al arte emergente. El año pasado ya apareció el Salón del Timoteo Navarro, que es más tradicional porque sólo se dedica a pintura, y que se orienta a las tendencias dominantes, lo cual no tiene nada de malo. Creo que un museo tiene que definir su propia política. Nosotros disponemos ahora de dos museos dedicados a las artes visuales. El Museo provincial ha intentado con Rubén Kempa definir una política hacia lo emergente, en tanto que la última gestión es más conservadora. Yo creo que el museo más importante de la ciudad tiene que tener una política hacia lo emergente.
- ¿Cuál es el riesgo de apostar a lo emergente?
- El riesgo es que se esté apostando hacia algo que en un futuro no va a ser legitimado. Pero lo que hay que tener en cuenta es que la estética de un momento no es el gusto de ese momento. Un gestor cultural es una persona que tiene que estar necesariamente más adelante que su propia comunidad. Muchas veces hay gestores culturales que avanzan un poquito más y son sacrificados, porque no son comprendidos. Tal vez eso no suceda en las grandes ciudades, donde apuestan a lo nuevo por una necesidad de renovación. Y además, se hacen así muy buenas inversiones. Se compra obra barata de un artista que dentro de cinco años será cotizado. Pensemos, por ejemplo, en Sandro Pereira, un niño mimado que ha sido beca Kuitca, lo que significa estar bendecido. Hace unos años, en la sala de San Martín al 200, yo curé tres muestras y expuse "El novio", de Sandro Pereira. A esa obra la tiene ahora en su colección Mauro Herlitzka, que es asesor del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA). Y acá lo odiaban. Los directivos de ese momento se decían "qué es eso".
- ¿Qué valores tiene la obra de Pereira, por ejemplo?
-Ironía y ternura. Un museo es la representación ampliada de la memoria de una comunidad. La memoria es lo que queda de un proceso que a veces es muy largo, y a veces se desdibuja. Cuando nosotros veneramos objetos, es porque de alguna manera nos sentimos reflejados e identificados en esos objetos. A veces, ciertas comunidades crean un museo en forma espontánea. Lo ves en Tilcara, o en Cafayate. Tal vez no tengan un valor estético las piezas que conforman esos museos, pero tienen un valor simbólico para la comunidad.
- ¿Han cambiado los valores estéticos en el arte contemporáneo?
- Las diferentes generaciones se reconocen en cosas diferentes. Eso nos pasa a los padres con nuestros hijos. Y eso les pasa también a los viejos pintores respecto de los nuevos artistas que van emergiendo. La obra de un Sandro Pereira, de un Pablo Guiot o de una Rosalba Mirabella no pone en peligro el valor de Lobo de la Vega. Cada uno, en su momento, ha representado algo para nuestra comunidad. Y nuestra comunidad valora ambas cosas. Ahora, no siempre la gente está preparada para ver lo que está pasando en el momento. Pasó con Piazzolla, y pasa con los artistas jóvenes de Tucumán. Lo que pasa es que un gestor cultural tiene la obligación de saber mirar.
- ¿Cómo es posible que en Tucumán no haya un mercado de arte, con tanta producción?
- No hay un mercado, pero muchos jóvenes venden obras a un precio muy accesible a coleccionistas. Pero no hay un mercado del arte porque Tucumán tiene otras dicotomías muy extrañas: por ejemplo, tiene una clase pensante generadora de productos culturales muy rica, pero tiene a su vez una clase empresarial que casi no consume esos productos. No arriesga. Un empresario tucumano prefiere comprar un terreno antes que una obra de arte. Y una obra de arte es una gran inversión. Por eso, Constantini (el empresario que hizo construir en Buenos Aires el Museo de Arte Latinoamericano Contemporáneo) lo tuvo como asesor a Marcelo Pacheco, que le decía qué comprar y qué no comprar.
- ¿Hay buenos espacios de exhibición en Tucumán?
- Son muy pobres, todos. Hay muchas limitaciones para el montaje, y son espacios muy contaminados visualmente. Ahora hay un espacio nuevo, La Punta, que dirige Pablo Guiot. Es una casita pintada de blanco, muy humilde, pero muy digna, y que es el mejor lugar para exponer.
- Hace un par de semanas desapareció del Museo Timoteo Navarro un cuadro de Policastro. ¿Podría haber pasado en cualquier museo?
- Hay quienes ironizan y dicen que eso no es un museo. Y produce cierto dolor, pero creo que tienen razón. Un museo es una institución muy compleja, que tiene mucha gente trabajando: un equipo de investigación, por lo menos un curador y curadores invitados; un equipo de montajistas, un equipo de restauradores, el depósito perfectamente refrigerado. Aquí no tienen nada de eso. Simplemente se abren las puertas, con criterios curatoriales sin ninguna coherencia. Y es rol del director de Artes Visuales advertir cuál es la función de un museo.
- ¿Rescata algo de la política cultural provincial?
- No quiero ser muy criticona. Lo que sí he visto con sorpresa ha sido el Mayo de las Letras, y creo que el Septiembre Musical ha recuperado algo de la dignidad que habíamos perdido. Pude escuchar a Marta Argerich, a Bruno Gelber. Pero mi mirada crítica está puesta en lo mío, en las artes visuales.
- Usted es docente en la Facultad de Artes, ¿qué posición tuvo ante la toma del establecimiento por parte de los alumnos?
- Yo he estado personalmente en contra de la toma. Porque hemos empezado con una medida muy extrema cuando se podía discutir. En segundo lugar, yo valoro mucho el estudio, y estoy muy agradecida de haber ido a una universidad pública, gratuita y laica. Entonces, cuando veo que los chicos pierden su tiempo de esa manera, me duele en el alma. Están perdiendo un tiempo muy valioso. Y a veces les cuesta ver que la carrera de Artes es una carrera de muy baja empleabilidad. Tanto si quieren ser artistas como si quieren ser investigadores, en ambos casos necesitan buenas notas, y edad, además de una obra buena, que se hace produciendo.
- ¿Se puede vivir del arte?
- Es difícil, y hay que trabajar mucho. Pero se puede vivir del arte con absoluta dignidad. De hecho, he podido criar a mi hijo con la carrera que yo he elegido.
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